NIETO

La TerceraEntender el islam

«En el judaísmo y el cristianismo hay un fuerte elemento privado, de conciencia y ética personal; el islam, por el contrario, es, antes que nada, una religión colectiva y una forma de vida. No concibe dogmas complicados ni misterios impenetrables para la inteligencia humana, como la religión cristiana»

ESCRITORActualizado:

Después del necesario duelo por los inocentes asesinados en París se impone la reflexión. Si hemos de convivir con el islam deberíamos esforzarnos en conocerlo. En el judaísmo y el cristianismo hay un fuerte elemento privado, de conciencia y ética personal; el islam, por el contrario, es, antes que nada, una religión colectiva y una forma de vida. No concibe dogmas complicados ni misterios impenetrables para la inteligencia humana, como la religión cristiana. Antes bien es una religión diáfana que estimula una relación rectilínea entre Dios y el creyente, sin interposiciones. Las creencias del islam son simples y claras: Allah creó el mundo y lo rige hasta que determine su fin. Allah se comunica con la Humanidad por medio de una serie de emisarios o profetas que empiezan con Adán y acaban con Mahoma.

Para convertirse al islam basta con recitar la chahada (profesión de fe): «No hay más Dios que Allah y Mahoma es el enviado de Allah» delante de dos testigos y aceptar los cinco deberes (ibada) del islam: oración cinco veces al día (salat), ayuno en el mes de Ramadán (sawm), limosna a los pobres (zakat) y peregrinación a la Meca (hichcha). Otros artículos de fe imponen la creencia en los ángeles (mala’ika); en la infalibilidad del Corán y algunos libros de la Biblia (kutayyiba), aceptar la predestinación en los asuntos terrenales (al-qadr), creer en la otra vida (al ajira) y en el Día del Juicio Final (yawm al din).

Cinco pilares se reconocen en el islam: profesión de fe o chahada («No hay más Dios que Allah y Mahoma es su profeta») y los cuatro ibada o deberes. Podría añadirse, como sexto pilar, el yihad que literalmente significa «esfuerzo en el camino de Allah» y a menudo se traduce por «guerra santa», aunque la guerra es solo una de las manifestaciones visibles de ese esfuerzo. Algunos musulmanes estiman que el esfuerzo es la lucha íntima y personal del musulmán para resistir las tentaciones de Satanás (Iblis), pero otros interpretan que es la «guerra santa» contra los enemigos del islam, los que no aceptan la verdad de Mahoma, recordando que el propio profeta extendió la religión por la espada cuando conquistó La Meca y que la grandeza histórica del islam se basó primordialmente en la conquista de casi todo el mundo conocido por las tribus árabes salidas del desierto y unificadas por el credo común. En tal sentido, el prestigioso Diccionario del Islamismo interpreta yihad como: «Una guerra religiosa contra aquellos que no creen en la misión de Mahoma. Es un deber religioso, establecido como una institución divina en El Corán y en las tradiciones, con el propósito de promover el islamismo y proteger del mal a los musulmanes».

El islam es ecuménico. Allah no es sólo el Dios de los musulmanes, sino el de toda la Humanidad. Por eso aspira a propagar su verdad aunque en ocasiones tenga que imponerla con argumentos más fuertes que los de la mera persuasión. Para estos efectos, el mundo se divide en islámico, o dar al-Islam, «la casa del islam» y dar al-harb, o «casa en guerra», el mundo no islámico, lo que está por conquistar. Esto explica la reivindicación de al-Ándalus como territorios que un día fueron musulmanes y por lo tanto deben regresar al islam, como repetidamente advierte Ayman al Zawahiri.

Los musulmanes se rigen por ley coránica (chari’a) «lo que está prescrito», basada en el Corán, y en los hadices, o tradiciones. El contacto con el derecho europeo en la época colonialista, a partir del siglo XVIII, atemperó la chari’a, pero los nuevos nacionalismos islámicos, con sus versiones radicales, no siempre concuerdan con la doctrina occidental de los Derechos Humanos. De hecho las organizaciones musulmanas de Francia se negaron a suscribir la Convención Europea de Salvaguarda de los Derechos del Hombre y Libertades Fundamentales (4, XII, 1950) en desacuerdo con varios artículos y especialmente con el que consagra «el derecho de toda persona a cambiar de religión o de convicción».

Algunas voces alarmistas, de las que conviene hacer oídos sordos, ven en el multiculturalismo un resquicio ideológico por donde se introducen la intolerancia y el fin de la igualdad ante la ley. ¿Es posible la convivencia armónica de una democracia occidental y la teocracia islámica? ¿Debe un estado moderno, con sus leyes igualitarias, admitir emigrantes que no respetan esas leyes ni la igualdad de todos los individuos ante la ley? ¿Debemos ser tolerantes con los intolerantes? «El estado laico no es negociable -advirtió el presidente Chirac-. No se puede aceptar que algunos se amparen en una concepción desviada de la libertad religiosa para desafiar las leyes de la República o cuestionar los logros fundamentales de la sociedad moderna como la igualdad de los sexos y la dignidad de las mujeres».

«El multiculturalismo acrítico, el antirracismo manipulado por la victimización de quienes en el fondo no defienden sino un neorracismo diferencialista, representa una gran trampa en la que las administraciones caen para no ser acusadas de ultraderechismo -escribe la filósofa Rosa María Martínez Magda-, que añade: la debilidad de una derecha que no quiere ser acusada de racista y la complacencia de una izquierda que buscan encontrar nueva savia a su desorientación ideológica, conforman un estado teórico de fragilidad extremadamente susceptible al chantaje moral y al descalabro político».

«La imagen de los pueblos islamistas de hoy es turbadora -acusa Sánchez Albornoz-. No puedo detenerme a registrar su todavía triunfante barbarie. Es cruel el desnivel entre su vida cultural y su estatus político respecto a los que gozamos los occidentales. Del Irán hacia occidente hallamos pueblos tristemente sojuzgados por caudillos o tiranos, crueldades, estulticia, barbarie. Desconocen todo lo que constituye la esencia del demoliberalismo, básico en la vida de los pueblos de Occidente».

Si atendemos a tan autorizadas opiniones el panorama puede parecer preocupante, pero ¿qué culpa tiene la inmensa mayoría de esos musulmanes pacíficos, cordiales, laboriosos e íntegros que llegan a nuestras ciudades sin más ánimo que ganarse la vida honradamente al tiempo que nos enriquecen con la diversidad cultural que aportan?