El síndrome del capitán Achab

IGNACIO CAMACHO
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HACE algo más de un par de años se extendió por la opinión pública capitalina la idea de que Zapatero se parecía a Adolfo Suárez. La comparación beneficiaba al actual presidente, menos eficaz que el líder de la Transición y menos dotado para la cirugía política, pero tenía un fondo de semejanza objetiva: se trata de dos dirigentes intuitivos, maniobreros, pragmáticos, improvisadores, escurridizos, de escasa formación intelectual y potente olfato aventurero. La diferencia esencial es que Suárez resolvió muchos más problemas de los que contribuyó a crear, a pesar de lo cual acabó su etapa en la Moncloa desbordado por una crecida de desconfianza general y señalado como un obstáculo para la normalización de un país a la deriva. Una sensación de alarma, cercana al pánico, que aproxima de nuevo su perfil al de este Zapatero nervioso y contrariado, con claros síntomas de bloqueo político, aislado y autista, incapaz de hacer frente a la crisis y falto de determinación y soluciones para afrontar la responsabilidad del liderazgo.

Como aquel Suárez de los primeros 80, Zapatero aparece ya como el principal impedimento para la recuperación económica y la estabilidad nacional. No sólo carece de crédito para tomar imprescindibles medidas de ajuste, sino que se ha manifestado tajante y reiteradamente contrario a ellas. Ha destruido con su levedad los mecanismos de cohesión del Estado. Provoca zozobra y desconfianza en los mercados de deuda, único sostén posible del desquiciado gasto público, y contribuye a aumentar el riesgo-país con una contumaz negativa a interpretar los síntomas de peligro de insolvencia. Atrincherado en un círculo pretoriano desoye advertencias razonables de personalidades socialdemócratas, y se muestra iluminado en su designio como el capitán Achab de «Moby Dick», atado al palo mayor de su propio inmovilismo. Parchea como puede -que puede mal- las situaciones críticas y empieza a contemplar graves disidencias y enfrentamientos en su mismo partido. Ya no encuentra siquiera eco para sus demasiado repetidos trucos de ilusionista, que se disipan ante la gravedad de unas circunstancias dramáticas. El clamor de unas elecciones anticipadas o de un gobierno de concentración empieza a abrirse paso en una sociedad política dominada por la inquietud. Y entre los suyos cunde la preocupación por un verosímil descalabro que deje al socialismo español herido para una larga etapa.

Nada indica, sin embargo, que vaya a parecerse también a Suárez en la forma en que éste accedió a resolver su colapso terminal, apartándose para evitar males mayores al darse cuenta de que se había convertido en un tapón que obstruía todas las salidas posibles. Más bien existe la sensación de que en su visionario mesianismo considera que todo el mundo está equivocado y que sólo él posee la clave de la deriva correcta. Y aunque ya no le queda nadie por engañar todavía permanece dispuesto a engañarse a sí mismo.