La semana negra

IGNACIO CAMACHO
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Esta semana convulsa, trastornada, peligrosa, tremenda, ha recordado a los peores momentos del peor Suárez. Aquellos días de hace treinta años en el que país sin timón parecía irse por el sumidero de la zozobra. Con clamor de elecciones anticipadas, voces de gobierno de concentración y rumor de mociones de censura. Con una prensa unánime en el vapuleo de un Gobierno desaparecido, titubeante, colapsado. Con el pánico desatado a un crack económico , con el paro rampante, la deuda en el aire y los especuladores jugando al pim-pam-pum con la Bolsa. Y con un presidente atónito, bloqueado, ausente, enrocado sobre sí mismo y dando palos de ciego. Una sensación general de deriva, de caos inminente, de rumbo perdido. Esa clase de atmósferas espasmódicas que agitan Madrid -«el pequeño Madrid del poder»-, que dice Javier Cercas- hasta ponerlo en estado de shock.

Comparado algunas veces con Suárez por su audaz desparpajo, nunca Zapatero se le había parecido tanto. No al Adolfo intrépido que salía indemne de los escollos más arriscados de la política, sino al que acabó hundido en el descrédito y la desconfianza. Al que provocaba la conspiración de los suyos y generaba un clima de errático desasosiego. Sí, hay tres diferencias esenciales con aquellos días trémulos: ni ETA, ni los militares ni la inflación constituyen una amenaza desestabilizadora. Pero lo que aproxima estos días críticos a aquel enero del 80 es la figura de un presidente aislado, desorientado, aturdido, falto de pulso y de criterio, incapaz de hacerse con el timón del Estado. Un dirigente cuestionado por propios y extraños en su capacidad fundamental de ejercer el liderazgo.

No por casualidad han sido los guerristas quienes, apegados aún al mecanismo mental de la Transición, han desempolvado la idea de un Gobierno transversal para estabilizar un país desnortado. Aunque el zapaterismo ha tratado siempre de impugnar la Transición como marco de referencia democrática, también en eso ha fracasado: los esquemas de aquella época continúan funcionando de manera eficaz en el subconsciente colectivo de los españoles. Y la idea de unos pactos de Estado al estilo de los de la Moncloa flota en la melancolía del imaginario nacional como idealizada solución para una emergencia.

No habrá tal. Es demasiado tarde. Se han roto en estos años demasiados consensos para reconstruir puentes. Zapatero está solo, sostenido apenas por la cada vez más dubitativa guardia pretoriana de los sindicatos, a expensas de su propia inconsistencia sin recursos. Esta semana atroz lo ha retratado: enfrascado en la frivolidad de una falsa plegaria ante los cristianos de Washington mientras el país se despeñaba por un barranco de quiebra. Y aún preguntaba perplejo -a González, el del BBVA- cómo es posible. Es posible porque cuando no se sabe gobernar hasta las soluciones se convierten en problemas.