Editorial ABC

Notre Dame, un símbolo de Europa

El incendio es una tragedia, pero también la ocasión de medir su verdadera importancia, reconstruyéndola como símbolo de la recomposición de la unidad de Francia y Europa

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Pocos lugares hay en el mundo que concentren un significado tan profundo de la historia de Europa como la catedral de Notre Dame. No en vano, era el edificio más visitado de toda la Unión Europea. El incendio que ayer destruyó parte de este templo cristiano ha llenado de una inmensa tristeza no solo a los parisinos y los franceses, sino al resto de europeos, estremecidos ante un suceso tan inesperado como trágico. La pérdida de la catedral de París, consumida por las llamas ante los ojos de una audiencia global, logró vertebrar los sentimientos de un continente entero, tan divergente en algunos aspectos pero unido ante las llamas que consumían uno de los símbolos más impresionantes de nuestras raíces culturales y espirituales comunes.

Desde el siglo XII, cuando comenzó su construcción, hasta la actualidad, la catedral de Notre Dame ha formado parte del paisaje de una de las ciudades más importantes del mundo, y entre sus muros ahora abrasados han discurrido algunos de los episodios más relevantes de la historia de Francia y de Europa. Napoleón inició allí su consagración como emperador como primer paso para intentar dominar el continente. Además de Victor Hugo, cientos de escritores, poetas, pintores o cineastas de todo el mundo han glosado en sus obras este soberbio monumento de la Cristiandad. Todos los europeos estamos vinculados con Notre Dame de algún modo. Para miles de millones en todo el mundo, es un símbolo de Europa.

Habrá tiempo de analizar las causas de esta tragedia y de medir si la respuesta de las autoridades parisinas fue la más adecuada, teniendo en cuenta la pavorosa dimensión de las llamas. Que al menos se puedan sacar lecciones prácticas para preservar lo que quede en pie y para proteger el resto de los monumentos de la capital francesa.

Esta sacudida emocional tendrá seguramente un reflejo en la vida social de un país, como Francia, que atraviesa un periodo complicado. El presidente Emmanuel Macron estaba a punto de hacer una intervención solemne para afrontar el problema que representa la persistencia de la protesta de los «chalecos amarillos» cuando se desató el incendio. Es posible que ante la presencia imponente de las cenizas de Notre Dame se vean las cosas de forma diferente. La solidez de una sociedad se basa en la fortaleza de sus símbolos y de sus tradiciones. El incendio de Notre Dame es una tragedia para todos, pero también la ocasión de medir su verdadera importancia, poniendo en marcha cuanto antes su reconstrucción como símbolo de la recomposición de la unidad de Francia y de la unidad de Europa..