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La Tercera de ABC

El milagro del Prado

«Va a cumplir el museo del Prado sus dos siglos de existencia. El libro de Calvo Poyato nos recuerda sus últimas zozobras y rememora otros entrañables episodios de Memoria Histórica que conviene recordar para poner las cosas en razón, como pedía Quevedo»

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La damnatio memoriae del franquismo no empezó, como algunos creen, con la Ley de Memoria Histórica de 2007. Comenzó mucho antes, recién muerto el Caudillo, cuando el cabildo de la catedral de Jaén decidió devolver al anonimato del archivo, hurtándola de la exhibición pública, una de las más preciadas piezas de su museo diocesano: la carta enmarcada en plata en la que el invicto caudillo Franco le notificaba la recuperación de la sagrada reliquia del Santo Rostro, hallada milagrosamente en un garaje de Villejuif Bicetre, a las afueras de París, como parte de un alijo de objetos de plata saqueado por las «hordas marxistas» al comienzo de la Guerra Civil. En la citada carta Franco escribía: «El Caudillo, con sus propias manos, cambió el cristal de la sagrada reliquia que estaba roto».

Este episodio me ha venido a la memoria con la lectura del último ensayo del historiador y novelista José Calvo Poyato «El milagro del Prado» en el que relata la epopeya, o quizá tragicomedia, del salvamento de los cuadros del Museo del Prado llevados por el gobierno de la república primero a Valencia, después a Figueras y finalmente a Ginebra, de donde fueron restituidos a su origen en 1940.

Haciendo historia diríamos que los cuadros de la que se precia en ser la primera pinacoteca del mundo se han salvado de milagro, a lo largo de su asendereada existencia, no una sino tres veces.

La primera sería cuando gran parte de la colección origen del museo estuvo a punto de perecer en el incendio del Alcázar Real, la Nochebuena de 1734, del que se pudieron salvar, a veces arrojándolos por las ventanas, mil y pico cuadros de primeras firmas (Tiziano, Tintoretto, Ribera, Velázquez, Durero, Leonardo…), pero pereció víctima de las llamas un tercio de la colección.

La segunda vez que peligraron los cuadros del Prado fue a raíz de la invasión francesa de 1808. Como es sabido los generales napoleónicos arramblaban con cuanto les venía a la mano, desde cálices de sagrarios hasta recetarios de venerables monasterios (origen de la famosa receta faisan á la mode d’Alcantra que no es sino nuestra muy extremeña «perdiz a la manera de Alcántara»).

Fue la Reina María Isabel de Braganza, segunda esposa de Fernando VII, la que, durante una visita al monasterio de El Escorial, para evaluar los daños producidos por la reciente ocupación francesa, encontró un conjunto de cuadros pertenecientes a la colección real que los franceses no habían tenido tiempo de trasladar a su proyectado Museo Napoleónico de París. Muchos de ellos estaban allí desde que los habían evacuado «provisionalmente» del incendio del Palacio Real ocurrido más de medio siglo antes.

Contemplando aquellos tesoros, entre los que figuraban, polvorientas y algo maltratadas, las mejores obras de Tiziano, Rubens, Velázquez y otros maestros de las escuelas italiana, flamenca y española, Isabel concibió la idea de exponerlas en público para disfrute de sus súbditos. Esa fue la idea germinal del Museo del Prado que la Reina no pudo ver inaugurado porque falleció poco antes.

La tercera vez que peligraron los cuadros del Prado fue cuando el gobierno de Largo Caballero, en trance de abandonar la capital amenazada por el ejército rebelde, decidió llevar consigo los tesoros artísticos de la capital, entre ellos las principales obras del Prado. Obraba en ello contra el criterio de la Office International des Musées, partidaria de proteger las obras in situ, y contra la opinión de los técnicos consultados, que se manifestaban de la misma opinión: unas instalaciones a prueba de bombas.

Ignorando estas autorizadas opiniones el gobierno republicano siguió un criterio eminentemente político y llevó consigo los cuadros del Prado en su penosa huida, deficientemente protegidos y transportados, en pleno invierno, en traqueteantes camiones, en muchos casos apenas guardados de la intemperie por una lona.

El tesoro artístico español que pasó la aduana suiza para ser depositado en el palacio de la Sociedad de Naciones de Ginebra se componía de 1.868 cajas, que contenían lo mejor del Prado, de otros museos, de tesoros catedralicios y de colecciones particulares.

El esclarecedor libro de Calvo Poyato rememora minuciosamente ese azaroso y dañino traslado en el que, por poner un ejemplo, el lienzo de Goya Los fusilamientos de la Moncloa se desgarró en varios fragmentos cuando el camión que lo transportaba sufrió un accidente al pasar por Benicarló, el pueblo en el que el desengañado presidente Azaña escribía su famosa velada en la que denunciaba entre los enemigos de la República los desmanes, la indisciplina y los fines subalternos que menoscabaron la autoridad del Gobierno.

Es de señalar que la responsable temporal del traslado de los tesoros del Prado fue la intelectual María Teresa León, pareja del poeta y activista Rafael Alberti, con el que, mientras otros se batían en las cercanas trincheras de la Casa de Campo, organizaba frívolas fiestas de disfraces en su incautado palacio de los marqueses de Heredia Spínola.

Los Alberti fueron el epítome de aquellos milicianos a la violeta que retrataba Juan Ramón Jiménez, en su libro Guerra en España: «No tenían convencimiento de lo que decían. Eran señoritos, imitadores de guerrilleros, y paseaban sus fusiles y sus pistolas de juguete por Madrid, vestidos con monos azules muy planchados. El único poeta, joven entonces, que peleó y escribió en el campo y en la cárcel, fue Miguel Hernández...».

También retrata ese ambiente de alegre y despreocupada retaguardia Agustín de Foxa: «Hace veinte días una radio comunista se incautó de la casa familiar (…) armaron una gran juerga con el vino de Lanciego y un miliciano se puso mi uniforme de diplomático para bailar con una putita que vestía un traje de noche de mamá. Luego se acostaron en nuestras camas. Aún siguen allí».

Va a cumplir el museo del Prado sus dos siglos de existencia. El libro de Calvo Poyato nos recuerda sus últimas zozobras y rememora otros entrañables episodios de Memoria Histórica que conviene recordar para poner las cosas en razón, como pedía Quevedo.

Juan Eslava Galán es escritor.