Lola Santiago

JUAN MANUEL DE PRADA
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SE nos ha ido Lola Santiago, corazón hecho vuelo, latido hondo que asomaba en sus poemas deseoso de brindarse, deseoso de alzar una y otra vez el vuelo, deseoso de gritar al aire su dolor y de encontrar en el aire la venda que curase sus heridas. Se nos ha ido Lola Santiago, gaviota del instante, golpeada por el golpe de viento de un infarto, a ese valle tembloroso donde discurre «un agua cristalina e inexorable, bajo murmullos de pájaros candorosos y humildes». Así había imaginado Lola Santiago esa región que nos aguarda, al final del camino, «cuando ya nada exista»; y así quiero imaginarla en esta hora, rodeada de pájaros, hecha pájaro ella misma, prendida en la brisa que la alivia de los sordos vendavales de la vida.

Lola Santiago, que había cultivado casi todos los géneros literarios, era sobre todo poeta, poeta por encima de todas las cosas; y en su poesía, que era a la vez melancólica y desgarrada, había un ímpetu de donación, un anhelo de fundirse con la vida, con su infinita belleza y su infinito sufrimiento. La conocí hace ya muchos años, por mediación de su hermano Santiago Castelo, y en ella descubrí enseguida, bajo su estampa de robusta encina y su vozarrón recio, una sensibilidad riquísima, que tenía a la vez la levedad de la nieve y el ímpetu de la sangre. No era la suya, como dice el tópico, una «sensibilidad a flor de piel»; era una sensibilidad que rasgaba la piel y se hacía pujante herida, candente herida nunca cicatrizada. Lola Santiago respiraba siempre por la herida de esa sensibilidad en carne viva; y en su respiración, que podía ser quejumbrosa o alborozada, había siempre un fondo de humanidad invicta, de humanidad hecha trizas pero dispuesta siempre a ponerse en pie y echar a andar.

Ese meollo de aterida humanidad, de sensibilidad riquísima y doliente, asomaba en cualquiera de sus páginas. Lola Santiago rehuía la fanfarria de las plazas públicas y buscaba el abrigo de los jardines más escondidos, allá donde su voz sonaba más pura, más escueta y transparente, más ensimismada en su timbre. Y la voz de Lola Santiago sonaba siempre con el timbre del amor, que era el gran asunto de su poesía: un amor a veces medicinal, pero casi siempre devastador, que se retorcía sobre un lecho de ortigas, que buceaba hasta quedarse sin aire, que se calcinaba en una hoguera de ausencias, hasta rescatar ese aliento quebrado en donde se contienen las verdades más recónditas y esenciales. Lola Santiago había nacido para amar; toda ella era alma hecha corazón, alma sacrificial que busca entregarse toda, sin reticencias ni tapujos, corazón de intrincada riqueza que pugnaba incesantemente por abrazar el mundo. Y en esa pugna incesante ha acabado por entregar su latido.

Pero esa entrega no es una rendición. En un hermoso soneto contenido en su poemario Pulso roto, Lola Santiago escribe: «Dame Señor, vivir en la esperanza/ de tu amor que redime y que sosiega/ vuelto mi corazón tibia mudanza/ en su latir callado de sed ciega.// Entre zarzales te he buscado, presa/ de pasiones sin gozo, ya vencida,/ y amarguras traídas en promesa/ que han abierto lo ancho de mi herida». Hoy esas palabras adquieren una resonancia premonitoria y son el responso que acompaña su tránsito hacia ultratumba. Aquella sed ciega de amor que la obligó a internarse entre zarzales, dejándose jirones de corazón en cada espina, se está colmando ya en el único manantial que nunca deja de fluir. Lola Santiago, poeta del amor expuesto a la intemperie, mujer de sensibilidad exacerbada, desafiante de pasiones que osaron decir su nombre, ha volado a la región donde su corazón sangrante al fin encontrará la medicina que lo restañe. Descansa en paz, amiga, ahora que el latido hondo de tu palabra puede por fin nombrar el misterio que no cesaste de buscar en vida.

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