La entente

Sánchez no es (solo) un oportunista: tiene un designio fijo. Y para desarrollarlo necesita blanquear al nacionalismo

Ignacio Camacho
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Desde la moción de censura, en la política española no sucede realmente nada. Gestos, declaraciones, ruido, postureo: propaganda. En el centro-derecha, Cs trata de digerir su desconcierto en silencio y el PP anda enredado en unas primarias tan mal improvisadas que están sacando a flote sus miserias orgánicas. En la izquierda, el PSOE carece de masa crítica para gobernar y disimula esta debilidad con sobreactuaciones publicitarias. Pero hay algo que parece empezar a dibujarse en el tiempo-basura de estas huecas semanas: el tanteo mutuo de socialistas, populistas y nacionalistas en busca de una entente, de una alianza.

Ésa va a ser la tónica de los meses que le queden a este mandato. Y probablemente el debate central de las próximas elecciones, el argumento de referencia, el marco. Aunque a Sánchez lo que de verdad le gustaría es un pacto de gobierno con Ciudadanos, sabe que no podrá obtenerlo si Rivera adelanta al PP y obtiene un resultado que le permita disputar el liderazgo. Por tanto, lo que busca es un bloque de mayoría alternativa que de momento lo sostenga en el poder y que pueda revalidar a medio plazo. Esa idea está desde 2015 en sus cálculos y lo único que puede estropearle los planes es que el separatismo catalán vuelva a plantear un desafío abierto contra el Estado.

Por eso muestra tanto empeño en cuidar ese flanco. Por eso hace la vista gorda ante los desplantes de Torra y por eso utiliza a Pablo Iglesias como interlocutor de los líderes secesionistas encarcelados. Por eso intenta blanquear al independentismo dándole trato de guante blanco. Por eso promete retirar los recursos de inconstitucionalidad que molestan a los nacionalistas catalanes y vascos. Se trata de tejer complicidades, de ir anudando futuros lazos. Su continuidad en el poder durante los próximos años depende de los aliados con que pueda contar para trazar en torno a la derecha –se trate de un partido o de dos– un nuevo cordón sanitario.

Cualquier planteamiento de oposición –si es que esta oposición recupera alguna vez el pensamiento estratégico– debe tener en cuenta que el presidente no se mueve sólo a base de oportunismo. Puede ser un táctico del que no quepa esperar ninguna coherencia de palabra ni de principios –un rasgo que sus rivales ya deberían de haber percibido–, pero tiene un proyecto de poder y una contundente determinación para perseguir sus objetivos. Ese carácter contumaz le convierte en un mal enemigo al que los adversarios han de medir desde la observación completa de su recorrido. La trayectoria de Sánchez, su resistencia contra su propio partido, no se entiende sin una asombrosa fe en sí mismo. Es un error descomunal pensar que va a conformarse con ser presidente un ratito; detrás de sus gestualidad maniobrera hay un designio, un propósito fijo. Y si el centro-derecha no lo descifra pronto se lo va a encontrar desarrollado por capítulos.

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