JAIME GARCÍA
La foto de la semana

¡Uhf, qué calor!

No es que esté en peligro la especie humana, pero hay riesgo de que una generación, que balbucea ahora en las guarderías, se tropiece con que el piso que ocupan, la Tierra, esté bastante más deteriorado de lo que se encontraba cuando nacieron

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El ser humano es de los pocos mamíferos que puede sobrevivir con cincuenta grados y, en alguno de los Polos, con temperaturas de 44 grados bajo cero. Dentro de un mismo territorio, en el Sahara, se puede pasar de los veintiún grados bajo cero hasta casi los sesenta grados, que es la temperatura a la que suele estar el agua caliente cuando nos duchamos en invierno. Esta capacidad de adaptación es la que nos ha permitido no desaparecer como especie en la época de las glaciaciones. En realidad, nos encontramos al final de la última glaciación del cuaternario, que concluyó hace «tan sólo» 12.500 años, pero hubo cuatro o cinco glaciaciones anteriores.

Este tipo de perspectivas les viene muy bien a tipos como Donald Trump para levantar las manos y decir que ellos no tienen nada que ver con la conclusión del Cuaternario. En realidad, el cambio climático es muy posible que no se deba de manera exclusiva a las emisiones de gases, desertización y demás destrozos causados por los inquilinos, pero tampoco estos factores son inocentes, y está claro que contribuyen al aumento de las temperaturas. Teniendo en cuenta que las sociedades están dirigidas por políticos, cuyo horizonte más lejano es el de las próximas elecciones, me caben escasas dudas de la inquietud que les pueda causar lo que suceda dentro de medio siglo, cuando ellos ya no van a ser ni siquiera candidatos.

A pesar de que comparar la cronología de las glaciaciones con los años de vida de una persona es algo así como tratar de medir diferencias entre el elefante y la hormiga, lo cierto es que hay ya una generación que recordamos una etapa escolar, donde la nieve era visita habitual, y que lleva más de cincuenta años sin acudir y ayudar a que las navidades sean blancas. Ese cambio tan evidente en un corto periodo de tiempo sí es un signo revelador de que no estamos ante un fenómeno que lleva el sosiego de medir en decenas de milenios, y que debería preocupar más allá de las enfáticas declaraciones de unas intenciones que siempre se aplazan.

No es que esté en peligro la especie humana, pero hay riesgo de que una generación, que balbucea ahora en las guarderías, se tropiece con que el piso que ocupan, la Tierra, esté bastante más deteriorado de lo que se encontraba cuando nacieron. Por eso, me produce ternura y blanca envidia ese niño/a que neutraliza el calor con la fresca humedad, en ese bosque de tallos de agua que conforman un paisaje onírico, ese jardín de un rocío que parece perpetuo, y donde el agua fabrica espejos para verse a si misma, en un narcisismo tan natural que resulta bello. Sí, sí... Pero ¡Uhf, qué calor!