PERFIL
El último rodeo de Joe Biden, un veterano al rescate de América
El demócrata será presidente tras su tercer asalto a la Casa Blanca, con una ambición nunca disfrazada que justifica ahora, a sus casi 78 años, como una «lucha por el alma de América»
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«We love Joe!». Una mujer de mediana edad grita el «¡amamos a Joe!» y levanta sus dos pulgares hacia el cielo en la escalera del 2446 de la avenida North Washington, en Scranton . Cae una manta de agua fría de otoño sobre ... la ciudad de Pensilvania en la que nació ese Joe, Joe Biden . Ella es una familiar de Ann Kearns , la actual propietaria de la casa en la que se crió el candidato demócrata a la presidencia de EE.UU.
Es una vivienda común, como las hay a millones en todo el país. Estructura de madera, tejado de dos aguas, entrada para el coche y jardín cuidado. Encaja en el molde del «Joe clase media», «Joe tipo común», con el que el candidato ha hecho su amplísima carrera política, casi de medio siglo.
«Es un tío normal», dice Tom Owens detrás del mostrador de Hank Hoaggies, un local de bocadillos y gominolas que es una institución en el barrio coqueto en el que se crió Biden. Es el lugar típico en el que se fotografían los candidatos, el negocio de vieja escuela que les emparenta con sus raíces. Se comen un bocadillo, bromean con los vecinos.

«Él es como la gente de aquí», insiste Owens. «Decente, compasivo, leal a su familia y amigos. Una persona honesta. Igual que cuida de sus vecinos cuidará del país».
Biden solo pasó los primeros diez años de su vida en Scranton, una ciudad de pasado glorioso minero. Cerca de su casa natal están las mansiones y palacetes de los gerifaltes que se enriquecieron con el carbón. Biden y sus amigos jugaban entre pilas de escombros de las carboneras.
«Scranton vs Park Avenue»
La familia Biden dejó Scranton cuando su padre, cuya carrera en los negocios fue una montaña rusa, encontró un trabajo como vendedor de coches en Wilmington ( Delaware ). Pero Joey no perdió la conexión con Scranton, donde seguían sus amigos, que guardó para toda la vida, y buena parte de su familia. Ahora necesita esa conexión. Biden realizó toda su carrera política en Delaware pero se vende como un candidato de Scranton. Pensilvania es determinante para la elección y necesita recuperar la confianza de la clase media deteriorada que Trump sedujo hace cuatro años. En la caravana electoral, ha repetido hasta la saciedad que la elección es «Scranton vs Park Avenue», en referencia a la avenida lujosa de Nueva York con la que relaciona a Donald Trump.
Scranton y el barrio donde se crió son la cara de la América con la que Biden busca presentarse ante los votantes. Entre la alfombra de hojas caídas, en los jardines de los vecinos no se ven carteles de «Black Lives Matter» junto al de Biden-Harris, sino de apoyo a la policía. Es el EE.UU. demócrata moderado, de misa dominical -la iglesia de Biden, que podría ser el primer presidente católico desde JFK , está a unas pocas manzanas-, patriótico, de buenos modales, valores familiares y civismo.

«Scranton ama a Joe», se lee en muchos carteles, también en la que fue su casa. Hasta esta campaña electoral, convulsa, desarbolada por la pandemia de Covid-19, llena de acusaciones de corrupción por parte de Trump, Biden era un político querido. Fue un senador popular durante décadas y la cara amable de la Administración Obama para muchos republicanos. Algunos decían que hubieran votado a Biden en 2016, si él hubiera sido el candidato y no Hillary Clinton , despreciada dentro y fuera de su partido.
«Queredme menos y votadme más», podría haber respondido Biden si conociera los proverbios de la política española. Va a por su tercer asalto a la Casa Blanca, después de dos fracasos estrepitosos. Si las encuestas aciertan, esta intentona podría ser la vencida.
Político de carrera
Cuenta David Walsh , un amigo de la juventud en Wilmington, que su padre le preguntó una vez a Biden que quería ser de mayor. «Presidente de EE.UU., señor», respondió el muchacho. Biden no fue un estudiante brillante. No logró admisión en las grandes universidades de las que suelen salir los presidentes de EE.UU. (en el caso de Trump, Wharton). Pero le sobró el arma fundamental para la política: ambición. De niño, atrevido y carismático, la utilizó para superar su tartamudez, de la que hoy todavía queda algún rastro. Como veinteañero, puso a trabajar pronto esas cualidades para arrancar su carrera política. Tras un paso breve por la abogacía en Wilmington, ganó un puesto de representante local en su distrito de Delaware. Pero él buscaba plazas más grandes. No se veía peleando recalificaciones de suelo urbano. Quería discutir tratados con líderes internacionales.
Tuvo la osadía de presentarse a senador de EE.UU. por Delaware , un cargo de gran peso político. Tenía solo 29 años y la edad mínima es 30, que cumpliría poco después de la elección. Se enfrentaba a un peso pesado del partido republicano, Caleb Boggs . Biden era desconocido, pero atractivo, fresco y enérgico. Ganó por sorpresa y por la mínima.
Esa elección definiría su carrera: la de un político popular atravesado por la tragedia. Pocas semanas después de ganar, su mujer y su hija murieron en un accidente de coche. También viajaban sus dos hijos varones, Beau y Hunter , que sobrevivieron. Biden juró su cargo de senador en el hospital donde les atendían.

El drama le hizo conocido en todo el país. Le conectó con el votante, le humanizó más que cualquier visita a un restaurante popular. Durante años, se pasaba horas en el tren cada día desde Washington para poder dormir junto a sus hijos. Ganó las reelecciones a senador una después de la otra.
Candidato frustado
Sobrado siempre de confianza, buscó la presidencia en 1988. Sucumbió a las primeras de cambio tras descubrirse que había plagiado un discurso de un político inglés. En 2008, se topó con la historia y Barack Obama . Su candidatura naufragó en la primera primaria, los caucus de Iowa . Pero Obama le rescató como rostro del «establishment», del demócrata de toda la vida, para ser vicepresidente, un puesto que muchas veces es el trampolín a la Casa Blanca.
En 2016, las cartas estaban marcadas para Hillary Clinton. Poco antes, había vuelto el drama, con la muerte por cáncer de su hijo Beau, su heredero político, fiscal general de Delaware y con una prometedora carrera por delante. Entre la factura emocional de esa tragedia y la obviedad de que el partido estaba con Clinton, Biden dio un paso al costado.
Tenía 73 años y parecía el adiós a los sueños presidenciales que arrastraba desde niño. Trump y el clima convulso de EE.UU. le abrieron la puerta otra vez. Biden -la cara cívica de la política- regresaba como en el último rodeo del «cowboy» para «luchar por el alma de América».

La historia se repitió en las primarias: Biden no era el candidato más solvente, ni el más enérgico, ni el más en forma. Pero quizá el único que podría derrotar a Trump. Aglutinó al «establishment», convenció al voto negro y, finalmente, el sector izquierdista de Bernie Sanders concedió. Era el «mal menor» para contentar a las diferentes corrientes, atraer a independientes, y tratar de evitar la reelección del multimillonario neoyorquino.
Impulsado por la gestión de Trump de la pandemia , en medio de una polarización política brutal, Biden por fin lo ha conseguido. Es una infusión de manzanilla en un país desquiciado, al que Trump ha atiborrado de cafeína. A sus casi 78 años, con el aspecto de un patricio venerable, ha perdido energía pero no ambición. Y volvió a Scranton, una ciudad como tantas de EE.UU., para para postularse como un presidente normal para un tiempo no corriente.
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