Libia se prepara para sus priemros comicios tras la era Gadafi - afp
Primeras elecciones democráticas

Las milicias amenazan el desarrollo de los comicios en Libia

La incapacidad del gobierno de transición para controlarlas sumada a las reivindicaciones del este del pais y los conflictos tribales suponen un escollo para la celebración de la «fiesta democrática»

l. de vega
enviado especial a trípoli Actualizado:

El fantasma de la violencia planea sobre los comicios que, por primera vez en casi medio siglo, se celebran hoy en Libia. Las milicias que el país ha heredado de la guerra civil del año pasado, las reivindicaciones de los habitantes del este y los enfrentamientos tribales en algunas ciudades de la inmensa zona que ocupa el desierto son vistos como la principal amenaza de una jornada que para los libios debería ser la fiesta democrática con la que dar –un poco más- la puntilla al gadafismo. Los hay que temen incluso ante la posibilidad de que seguidores del régimen depuesto aprovechen la jornada para llevar a cabo ataques o acciones de sabotaje.

Un helicóptero que llevaba material electoral fue atacado con artillería antiaérea en la tarde de ayer cerca de Bengasi, en el este del país. Dos centros donde se almacenaban papeletas y urnas han sido asaltados y quemados en los últimos días en esa misma región, donde los ciudadanos reclaman mayor número de escaños de los 60 que les han asignado en la Cámara que hoy eligen. Bengasi, segunda ciudad del país y germen de la revolución que puso fin a la dictadura de Mumar Gadafi, ha sido también últimamente escenario de ataques al gobierno provisional, a la Cruz Roja o a la caravana en la que viajaba el embajador británico. Algunos grupos han llamado al boicot de los comicios y cada vez cobra más fuerza el movimiento a favor de que la región se convierta en un estado federal, para el que ya tienen nombrado incluso su propio consejo.

Ciudades como Sebha, en el centro del país, o Kufrah, en el extremo sureste, son escenario cotidiano de una violencia tribal y de las milicias que arroja de manera habitual decenas de muertos. A Kufrah ni siquiera podrán llegar los observadores extranjeros, llegados principalmente de la Unión Europea y del estadounidense Centro Carter.

La capital, Trípoli, vive más o menos en calma pero tampoco está exenta de incidentes, protagonizados casi siempre por unas milicias que más que desafiar a la autoridad han acabado por erigirse ellas mismas en un poder fáctico. Hace pocos días decenas de hombres armados tomaron el aeropuerto, que estuvo cerrado durante unas horas, para presionar por la detención del responsable de uno de estas facciones. Otros se plantaron en la capital y ametrallaron la casa del primer ministro para poner así de manifiesto sus reivindicaciones. Entre la población se ven menos armas que a finales de 2011, pero casi nadie ha entregado el kalashnikov o la pistola con la que se armó durante la guerra y con frecuencia desenfundan por una simple discusión a pie de calle.

«Tenemos cierta relación con el Ministerio de Defensa, pero no estamos a sus órdenes», afirma Khaled Magariaf, un brigadista de la conocida como milicia del Mártir Ahmed Hawas de Trípoli. Magariaf viste un uniforme del Ejército de Estados Unidos tan falso como las gafas de sol Cartier que luce. El kalashnikov es de verdad. De los 400 miembros del grupo casi todos, excepto medio centenar, se han ido integrando en la Policía o el Ejército. Este antiguo trabajador de una empresa petrolera, como muchísimos libios, no deja, al menos de momento, el limbo de la milicia y seguirá vigilando las instalaciones del recinto ferial tripolitano.

Los cientos de grupos armados incontrolados suponen en la práctica unas Fuerzas de Seguridad paralelas aunque, para no echar más leña al fuego, el gobierno transitorio trate casi siempre de no considerarlas en público como el verdadero escollo que representan. El Ejecutivo no tiene capacidad para actuar contra ellos, reconocen varias fuentes extranjeras consultadas. En todo caso, todo lo que se haga para desarmarlos o intergralos debe hacerse con cuidado, pues son estas milicias las que principalmente echaron abajo al régimen.

En ciudades como Misrata o Zintan son sus miembros los que imponen el ordeno y mando, y el que quiera llegar hasta allí, sea nacional o extranjero, ha de acatarlo. En sus feudos guardan verdaderos arsenales, con hasta armamento pesado en forma de misiles o carros de combate, que se niegan a entregar. Jamal Alamami, químico de 47 años, afirma que Libia «es un estado sin ley y sigue habiendo la misma corrupción que antes. O más». «Misrata es un estado federal, al menos a nivel de la seguridad», dice abiertamente de la tercera ciudad del país, cuyos milicianos adquirieron fama por soportar un intenso asedio de semanas del Ejército durante la guerra.

Amnistía Internacional (AI) entiende que las milicias «ensombrecen» los comicios, según un informe hecho público esta semana por esta ONG de derechos humanos. Mantienen unas 4.000 personas detenidas de forma ilegal, practican torturas y tienen noticias de que al menos veinte detenidos han muerto estando en sus manos. Además, los choques entre diferentes bandos «enquistan aun más las divisiones regionales, tribales y étnicas». El Ministerio del Interior reconoce que en Trípoli se han integrado en las Fuerzas de Seguridad cuatro de las milicias, lo que supone una «ínfima parte», según AI. «Las autoridades libias continuan minimizando la gravedad de los reiterados abusos contra los derechos humanos por parte de las milicias», añade el informe. La ristra de acusaciones ocupa casi 80 páginas.

A pie de calle, aunque para muchos votar será una verdadera fiesta, otros no esconden su desazón ante las autoridades que han tomado el relevo al frente del país. «Los políticos no cumplen con su palabra», se queja el químico Alamami refiriéndose especialmente a Mahmud Yibril, que lidera el partido Fuerza Nacional, la formación mejor situada a pie de calle de las consideradas liberales. Yibril fue ministro de Economía de Muamar Gadafi antes de integrar la revolución en febrero del año pasado y ser alzado como primer ministro del gobierno transitorio. Pero Alamami considera que Yibril fue de los que dijo que una vez superada la etapa de la revolución dejaría paso a otros y no aprovecharía el tirón para tomar las riendas del país. «Soy musulmán, pero la mayoría de mis clientes, mis amigos, mi familia y yo somos de Yibril», dice Saleh, un taxista que asegura que Libia con él al frente irá “mía-mía” (al cien por cien).

Yibril, probablemente el político más conocido en la Libia actual, es visto además dentro y fuera del país como la alternativa más factible a las victorias islamistas que ha habido en Túnez y Egipto y que podrían revalidar en Libia. Pero por muy liberal que sea vista esta formación por algunos, no se ha apartado de la senda que marca el Islam y por la que discurren la práctica totalidad de los más de 130 partidos que concurren a los comicios. Además de Fuerza Nacional, el partido de los Hermanos Musulmanes y el del exyihadista Abdelhakim Belhajd son los que más aparecen en las quinielas.