El fracaso de la Primavera Árabe cinco años después de su estallido

Lo que comenzó como una revolución popular contra corruptas tiranías se ha convertido en una pesadilla de guerras civiles, yihadismo y más dictadura

Corresponsal en JerusalénActualizado:

Todo fue tan rápido, romántico y exitoso al comienzo, como demoledor es el balancecinco años después.Ben Ali, en Túnez, Hosni Mubarak, en Egipto, Muamar Gadafi, en Libia y Alí Abdulá Saleh, en Yemen, perdieron sus puestos y, en el caso de Gadafi también su vida, por las protestas que tomaron las calles de sus países durante la Primavera Árabe.

Bashar al Assad resiste como presidente de una parte Siria, un país roto por la guerra, y en Bahréin, los Al Jalifa se aferran al trono blindados por el apoyo militar de Arabia Saudí.

La prioridad de los movimientos sociales y políticos –y de los países occidentales que vieron con buenos ojos las movilizaciones populares– fue acabar con estas dictaduras del mundo árabe, pero como ocurrió en Irak tras la invasión de EE.UU. y la caída de Sadam Husein, no había un plan consistente para el día después. El vacío de poder ha abierto la puerta a grupos como los yihadistas de Daesh, presentes en cinco de los seis países que protagonizaron una Primavera Árabe que algunos expertos califican hoy de «invierno islamista» con la bandera negra del Daesh cada vez más presente.

La primera piedra

El 17 de diciembre de 2010 un vendedor de fruta del sur de Túnez se suicidó a lo bonzo para protestar por su miserable situación y, sin saberlo, tiró la primera piedra del muro tunecino levantado por Ben Ali durante 24 años. Esta semana se cumple el quinto aniversario de la espantada del dictador a Arabia Saudí con su familia, justo 28 días después del inicio de las protestas masivas en el país. El dominó árabe estaba en marcha y la siguiente pieza en caer fue Hosni Mubarak, cuyos 30 años de gobierno en Egipto se derrumbaron en 18 días de manifestaciones. Luego estalló Libia, al mismo tiempo que empezaban las primeras movilizaciones en Siria, Yemen o Bahréin… las calles árabes bullían de energía al grito de «el pueblo quiere que caiga el régimen», grito de guerra que mostraba el hartazgo de millones de personas con unos sistemas anclados en satrapías de los años setenta. Así se encuentran estos seis países cinco años después de aquella primavera revolucionaria.

Túnez, acosado por Daesh

A primera vista es el mejor parado de todos los protagonistas de la Primavera Árabe. El país ha celebrado dos elecciones parlamentarias, promulgado una nueva Constitución que limita los poderes del presidente. Y las fuerzas políticas, incluidos los islamistas de Ennahda, participan del juego democrático tanto desde el poder como desde la oposición. Pero la transición política está seriamente amenazada por los problemas económicos y, sobre todo, por el auge de Daesh, que en 2015 realizó dos atentados contra turistas en el museo del Bardo de la capital (22 muertos) y en la playa de un hotel de Susa (37 muertos). Dos golpes que suponen una catástrofe para un sector que representa cerca del 7% del PIB y genera casi 400.000 empleos directos e indirectos. Túnez se ha convertido además en estos cinco años en la principal cantera de yihadistas extranjeros para la guerra en Siria.

Egipto, vuelve el Ejército

La caída de Mubarak abrió las puertas a una elecciones libres y los Hermanos Musulmanes se impusieron en la urnas por un estrecho margen en 2012. Pero el mandato del primer presidente elegido de forma democrática de la historia del país, Mohamed Mursi, duró apenas un año. Un golpe militar del general Al Sisi, con parte de la población a su favor, acabó con Mursi y miles de seguidores de la hermandad en prisión y condenados a muerte. Un golpe al que el Ejercito trató de dar un aspecto legal con unas elecciones en junio de 2014 que ganó el propio Al Sisi.

La represión del régimen actual es superior incluso a la que impuso Mubarak y se enfrenta a la amenaza de Daesh en el Sinaí. Además de los ataques casi diarios contra las fuerzas de seguridad, el grupo mató en noviembre a 224 personas tras derribar un Airbus 321 de la compañía rusa Metrojet que cubría la ruta entre Sharm al Sheij y San Petersburgo.

Libia, el caos

Más que revuelta popular, Libia vivió una guerra en toda regla para acabar con las cuatro décadas de gobierno de Gadafi. Guerra en la que la OTAN intervino a favor de los sublevados. Cuando los milicianos de la ciudad costera de Misrata lincharon hasta la muerte al dictador en Sirte, declararon la «liberación» de Libia. Pero, muerto Gadafi, estallaron las costuras tribales de un país que hoy cuenta con dos gobiernos, uno en Tripoli y otro en Tobruk y con cientos de milicias que son las que imponen la ley sobre el terreno. Los esfuerzos de Naciones Unidas para formar un gobierno de unidad no han fructificado y Libia es un caos, un tablero en el que Egipto, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos apoyan al gobierno de Tobruk, al que reconoce también la comunidad internacional, y Turquía y Qatar hacen lo propio con las autoridades de Trípoli. Desde sus costas parten decenas de miles de inmigrantes a Europa y la producción de petróleo no llega ni a la mitad de los 1,6 millones de barriles que producía cada día hasta 2011. Daesh ha aprovechado el caos para ganar terreno.

Siria, la guerra interminable

El país vive el quinto año de una guerra en la que más de 200.000 personas han perdido la vida, hay 7,5 millones de desplazados y otros 4,5 millones han tenido que buscar refugio fuera del país. El régimen no escuchó las peticiones de reformas que le llegaban de la calle, y desde el primer momento acusó a los manifestantes de ser «terroristas». Las manifestaciones no tardaron en convertirse en auténticas batallas y el país se fue partiendo poco a poco hasta quedar dividido en tres partes, una bajo control del Gobierno, otra al norte en manos de los kurdos y una tercera donde mandan los grupos armados de la oposición, entre los que destacan el Frente Al Nusra, brazo de Al Qaida en Siria, y Daesh, cuyo bastión es Raqqa y toda la frontera con Irak.

Yemen, choque sectario

Yemen fue el primer país que echó a su dictador, Alí Abdulá Saleh, por medio de un plebiscito que acabó con Mansour Hadi como presidente. Pero Saleh nunca acabó de aceptar su destino y, gracias al apoyo de gran parte del Ejército y de los milicianos hutíes –secta dentro del chiísmo– dio un golpe militar que obligó a Hadi a buscar refugio en Arabia Saudí. La respuesta de Riad llegó en marzo de 2015 en forma de una guerra abierta a base de bombardeos contra unos hutíes a los que acusan de ser «agentes de Teherán».

Bahréin, represión de chiíes

Las fuerzas de seguridad de la dinastía suní Al Jalifa viven en estado de alerta desde 2011. Pese a la fuerte represión, la mayoría chií de la isla sigue pidiendo reformas y aprovecha cualquier ocasión para echarse a las calles del pequeño reino del Golfo. Los líderes de la oposición están encarcelados y a muchos activistas se les ha retirado la ciudadanía. Los manifestantes piden un primer ministro independiente de la familia real, pero los Al Jalifa, con el apoyo político y militar de Riad, se niegan a hacer reformas de calado. Estos cinco años de revueltas han dilapidado la imagen que tenía Bahréin, considerado hasta 2011 uno de los lugares más abiertos del Golfo.