François Hollande (c), junto a John Kerry y Federica Mogherini, y otros participantes este domingo en la conferencia de París
François Hollande (c), junto a John Kerry y Federica Mogherini, y otros participantes este domingo en la conferencia de París - EFE

La comunidad internacional renuncia a presionar a Israel en el proceso de paz

Ante la inminente llegada de Trump a la Casa Blanca, representantes de 70 países evitan pronunciarse sobre los asentamientos y otros asuntos de fondo

Corresponsal en París Actualizado: Guardar
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La Conferencia internacional de París, en la que este domingo participaron representantes de 70 Estados, a muy distinto nivel, convocados por François Hollande para relanzar el diálogo entre Israel y los palestinos, terminó apoyando la solución de dos estados. Pero evitó cualquier acción o presión concreta sobre Israel, desguazada preventivamente por el jefe de la diplomacia norteamericana, John Kerry, pese a la actitud más «agresiva» manifestada previamente por Barack Obama cuando dejó que el Consejo de Seguridad condenara los asentamientos.

La inminente llegada de Donald Trump a la Casa Blanca contribuyó a desactivar cualquier tema «inflamable» (asentamientos, fronteras, estatus de Jerusalén...). Y Kerry se había apresurado a «tranquilizar» al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, informándole telefónicamente de que, tras el ecuménico y retórico comunicado final, la conferencia no tendría ninguna «prolongación» práctica. Es decir, que no habría otra reunión del Consejo de Seguridad para presionar a Israel.

Aceptado el principio de una conferencia internacional desde hacía meses, los participantes renunciaron a tomar cualquier iniciativa que pudiera «interferir» de forma brusca en la futura diplomacia de Trump. Los representantes de Naciones Unidas, la UE, la Liga Árabe, la Organización de la Conferencia Islámica, el G20, la élite diplomática mundial, prefirieron «abstenerse» evitando cualquier resolución que molestase a la futura administración norteamericana. España estuvo representada por el secretario de Estado de Exteriores, Ignacio Ybáñez Rubio. El ministro, Alfonso Dastis, se encontraba de viaje oficial en Arabia Saudí con los Reyes.

Netanyahu había denunciada la «inutilidad» de la cumbre, saludada con «esperanza» por Abás

Meticulosamente negociado, el comunicado final de la cumbre hilvana un modesto rosario de piadosas recomendaciones para el diálogo y la paz, con la propuesta en primer lugar de la «abstención de acciones unilaterales que prejuzguen el resultado de una negociación pacífica sobre las fronteras, Jerusalén y los refugiados». Fingiendo desconocer la realidad cruel de las crisis superpuestas en la zona, los participantes en la cumbre advierten «solemnemente» que «no reconocerán ningún tipo de acción unilateral».

El comunicado final de la cumbre termina reafirmando el apoyo a la solución de dos Estados (Israel y Palestina), tal y como recomiendan Francia y otros países, hasta ahora sin éxito. Y pese a ser tan ligero el comunicado, el Reino Unido manifestó sus reservas pues teme que pueda «endurecer» las posiciones. Y el primer ministro israelí condenó abiertamente la conferencia, en su habitual línea dre rechazar cualquier mediación internacional en el conflicto.

Antes siquiera de que comenzase la conferencia, Netanyahu había denunciada con franqueza brutal la «inutilidad» de la cumbre, saludada con «esperanza» por Mahmud Abás, en nombre de la Autoridad palestina. La diplomacia francesa llevaba años intentando «convencer» a Israel de los bien fundado de su proyecto de mediación. En vano. Desde Tel Aviv, la Francia de Hollande es percibida como una aliada incondicional de los palestinos, sin ningún respeto hacia su gesticulación mediadora.

Con extremo pudor, la conferencia fingió no escuchar ni recordar las ideas, ni condenar las propuestas y posibles proyectos de Donald Trump, comenzando por el eventual traslado de la embajada de los EE. UU. desde Tel Aviv a Jerusalén. El secretario de Estado norteamericano y el presidente francés, en cuarentena ambos, evitaron entrar personalmente en un terreno tan inflamable, dejando que fuese el ministro francés de Asuntos Exteriores, Jean-Marc Jean-Marc Ayrault, quien lanzase una «advertencia» al nuevo presidente norteamericano.

Solo Ayrault declaró, al margen de la conferencia, que el traslado de la embajada a Jerusalén sería una «provocación de graves consecuencias»

Al margen de la conferencia, en una entrevista, Ayrault declaró que, a su modo de ver, trasladar la embajada de EE. UU. a Jerusalén sería una «provocación de graves consecuencias». Jean-Marc Ayrault apenas tendrá cien días cortos para seguir discutiendo con los responsables de la nueva diplomacia norteamericana: deberá abandonar su cargo tras la elección de un nuevo presidente francés en mayo. Su «advertencia» puede percibirse como una «machada final».

Quizá esa situación de ministro de Asuntos Exteriores sin futuro permitió a Ayrault utilizar un lenguaje público de rara franqueza, en una conferencia diplomática internacional regida por la divisa de la más extrema prudencia: «Cuando se es presidente de Estados Unidos, no se pueden tomar posiciones tan radicales, sobre la capital del Estado de Israel ni sobre cuestiones parecidas. Se trataría de una decisión unilateral, cuando se intenta crear las condiciones de una paz deseable. Un proyecto de ese tipo tendría graves consecuencias».

Desde el punto de vista del jefe de la diplomacia francesa, la franqueza brutal de Trump tiene la dimensión de una «ruptura» que tendrá peligrosas consecuencias de fondo, si llegara a confirmarse: «No solo privaría a Washington de toda legitimidad, para jugar un papel en la resolución del conflicto: también destruiría por completo la posible solución de dos Estados».

Hollande esperaba que esta conferencia fuese la guinda de su mandato presidencial, que debe concluir dentro de cien días. Y, como convocante de la reunión, continuó machacando en el hierro frío de sus posiciones de principio: «Abandonar la solución de los dos Estados es un riesgo, para la seguridad de Israel y de Oriente Próximo. El inmovilismo es una trampa engañosa, que puede tener consecuencias peligrosas. No soy un iluso, claro está: la paz solo puede ser el fruto de negociaciones bilaterales».

La sombra de Trump en París

La «franqueza» y buenos deseos del presidente Hollande apenas tuvieron un eco modestísimo en el comunicado final de la cumbre. Ni el representante de la Administración saliente en Washington, ni los representantes de Naciones Unidas, ni la UE, desearon seguir a Francia en el vidrioso terreno de un doble enfrentamiento con Israel y con el nuevo Gobierno norteamericano. Antes siquiera de instalarse en la Casa Blanca, la sombra de Donald Trump ejerció sobre la «conferencia fantasma» un tutela silenciosa pero imperiosa.

Sin el peso ni la determinación imprescindibles para influir en Oriente Medio, la UE y los Estados europeos parecen anticipar la hostilidad del presidente Trump a unas solitarias iniciativas francesas muy alejadas de las más palmarias relaciones de fuerza. Y no desean anticipar el riesgo de tensiones imprevisibles.

A cien días de la próxima elección francesa, el fracaso e inutilidad de la Conferencia también parece iluminar el pantanoso paisaje de la diplomacia nacional, queFrançois Géré, director del Instituto Francés de Análisis Estratégico (IFAE), resume de este modo:

«Ha sido una conferencia fantasma porque, desde el principio, se sabía que no tendría ningún contenido real. Para conseguir un éxito siquiera mínimo o simbólico, hubiese sido necesario que los occidentales tuviesen algo que ofrecer. Pero Europa no tenía nada que ofrecer. Y EE.UU. está cambiando de política. Hoy por hoy, nos guste o no nos guste, solo Rusia, Turquía e Irán tienen algunas cartas por jugar en Oriente Medio. Convocando esta conferencia, Hollande ha ilustrado el descarrío de la diplomacia francesa. Incoherente, a fuerza de ser irrealista. Desacreditada, a fuerza de ser parcial, en Siria y el Líbano. La diplomacia de Hollande se puso ella misma fuera de juego, escogiendo «aliados estratégicos» como Arabia Saudí o Qatar, que es una forma como otra de apoyar a los suníes más sectarios, poco dispuestos a colaborar contra el terrorismo salafista. La diplomacia francesa necesita una reorientación de fondo, una vuelta a la imparcialidad y el pragmatismo, para romper con las sospechas de descrédito insignificante. Francia todavía tiene una imagen internacional positiva. Pero debemos cambiar. La Conferencia de París ha sido inútil e insignificante».