El día que el Emperador Carlos V fue portada de ABC en el 400 aniversario de su muerte

La guinda en el particular homenaje del diario al heredero de Juana fue una entrevista de «Cándido» al filólogo e historiador Ramón Menéndez Pidal

«Su idea no era la de ganar nuevos reinos, sino la de unirlos a todos por la "santa fe católica"», recalcó el historiador

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«En el acontecimiento de los pueblos hay un momento en el cual le llega a España su mediodía. La luz vertical ha ahuyentado a las sombras. La epopeya española cristaliza en idea cesárea. Es aquel momento en que Carlos “es hecho, por la gracia de Dios, Rey de Romanos y Emperador del mundo"». Así comienza la entrevista que Carlos Luis Álvarez «Cándido» realizó al historiador Ramón Menéndez Pidal el 21 de septiembre de 1958. La guinda del particular homenaje del diario ABC en el 400 aniversario del fallecimiento de Carlos, que incluyó una Tercera escrita por el académico José María Pemán y cerca de veinte páginas dedicadas a distintos aspectos de la vida de Su Cesárea Majestad.

«Cándido», y por tanto ABC, eligieron al maestro Menéndez Pidal por su elocución y su «fecundidad sin orillas», tal vez creyendo que sería fácil charlar un rato con un anciano que ese año había cumplido 89 años. Nada más lejos de la realidad; el vital y longevo historiador (murió con 99 años) hizo sudar la gota gorda al joven redactor de ABC antes de dejarse alcanzar. Como el mismo Cándido describe en el texto, el periodista acudió a Asturias, a una aldehuela de Ribadesella (Linares), a encontrarse con el maestro, pero, cuando «casi lo veíamos», Don Ramón regresó a Madrid al sentirse ligeramente enfermo. Aquí, en su famoso chalet en Chamartín, que hoy conserva una eminente placa recordando su huella en el barrio, tuvo lugar finalmente la sosegada conversación entre Don Ramón y Carlos Luis Álvarez.

[ Consulta aquí completo el periódico del 21 de septiembre de 1958]

Carlos Luis Álvarez Álvarez (Oviedo, 14 de enero de 1928 — Madrid, 15 de agosto de 2006) fue un escritor y periodista español que desarrolló la parte central de su carrera en ABC, donde acostumbraba a firmar con el seudónimo de «Cándido» en homenaje al personaje del cuento de Voltaire. Durante esos años ejerció como enviado especial del periódico en India y distintos países europeos y africanos. Recibió el Premio «Luca de Tena», en 1961, y el Premio «Mariano de Cavia», en 1976, así como el Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes, en 2001.

Ramón Menéndez Pidal es uno de los tótem de la historiografía española. Filólogo, historiador, folclorista y medievalista español, este miembro de la Generación del 98 centró sus estudios en la figura, tanto literaria como histórica, de El Cid, así como en el ideario imperial de otro personaje clave en la Historia de España, Carlos V. Frente a las tesis alemanes, Menéndez Pidal adjudicó a Alfonso de Valdés, Pedro Ruiz de la Mota y Antonio de Guevara, consejeros castellanos de Carlos V, el papel de inspiradores de la idea imperial. Una idea que el historiador aglutina –también en la conversación con Carlos Luis Álvarez– bajo el concepto de «paz entre cristianos, guerra contra infieles».

—¿Cuáles son —preguntamos— los fundamentos esenciales de la idea imperial de Carlos?

—La noción imperial, tal como la concibió el César desde muy temprano, hundía sus raíces en la antigüedad, aunque luego fuera adaptada a las circunstancias. Los romanos ya la poseyeron. El «imperio» resultaba de la unión de todas las gentes por los lazos de la divinidad, de la sangre, de la cultura, y, en definitiva, por los lazos de todas las humanas manifestaciones. Y el «emperador», así, había de ser la cabeza suprema de la familia universal. Carlos, elaborando a su modo las doctrinas entonces discutidas, reconoció que el Imperio no le daba ningún derecho a los Estados que no había recibido por herencia. Su idea no era la de ganar nuevos reinos, sino la de unirlos a todos por la «santa fe católica». Esto es de una evidencia meridiana. Para defender a la cristiandad y extenderla, estaba dispuesto a emplear, son palabras suyas, «mis reinos, mis amigos, mi cuerpo, mi sangre, mi vida y mi alma». Carlos deseaba el « imperio de paz cristiana», pero la guerra entre cristianos era vitanda.

—¿Hasta dónde influyó Gatinara (Mercurino Gattinara) en aquella idea?

—Las ideas del canciller Gatinara eran sustancialmente disímiles a las del Emperador. Gatinara, como usted sabe, era piamontés, y varios autores afirman que la idea imperial de Carlos se debe a él, Gatinara acompañó al César durante doce años. Pues bien, la idea del canciller era, simplemente, lo que entonces se llamaba la «Monarquía universal», esto es, un solo Monarca que aspiraba al dominio efectivo del mundo, idea que implicaba el deseo de adquirir nuevos Estados en guerra con los vecinos. Por otra parte, Quintana, el secretario de Fernando el Católico, escribió un documento, quizá por orden del cardenal Adriano, dirigido a Carlos, todavía príncipe. En él se contienen ideas idénticas a las que el Emperador propugnó más tarde, y desde luego contrarias a las de Gatinara y a las de los consejeros flamencos del César.

—La «Monarquía universal», ¿no es un producto típicamente renacentista?

—En efecto. Un producto triunfante en el momento en que empieza a concretarse la idea imperial de Carlos V.

—La idea del Emperador, entonces, ¿no implica, dialécticamente, una crítica de la razón de Estado?

—Sí. Sobre aquel paisaje en ebullición, en el que cada uno de los Estados afirmaba egoístamente su sustantividad y proclamaba como única razón la suya, Carlos realiza su idea. Idea intransigente con la división espiritual de Europa.

Mientras hablamos procuro observar a don Ramón. La erudición no entorpece en él a la elocuencia. Mommsen dijo de sí mismo, no con mucha verdad, que «los capullos no se hicieron rosas –abrumados de infolios y de prosas–». En los libros y ahora mismo en las palabras de nuestro interlocutor la erudición y la inmensa cultura florecen de hermosas cadencias expresivas. Hombre es éste capaz de síntesis perfectas. Luego su rostro, sobre el que el hondo pensamiento ha trazado surcos.

Luego sus manos, que son todo un mundo de expresión, y ellas mismas parecen especie inteligente. Luego su barba blanca y gris, que no logra ocultar del todo un gesto leve de cansancio, pues este poderoso anciano tiene ya ochenta y nueve años.

—¿Qué dosis de erasmismo —continuamos preguntando— hay en la idea imperial de Carlos? Los hermanos Valdés, ¿moldearon de alguna manera aquella idea?

—Erasmo y el emperador coincidían en la idea de renovar la cristiandad. Carlos deseaba la unidad cristiana, en la cual no podría incluirse naturalmente la corrupción. Clemente VII fué, como se sabe, una complicación en la política imperial, y Alfonso de Valdés, secretario de cartas latinas del emperador y adherido totalmente al pensamiento erasmiano, explicó los motivos del saco de Roma por las huestes de Borbón.

El «Diálogo de las cosas ocurridas en Roma», de Alfonso de Valdés es, además, uno de los más bellos monumentos de nuestra lengua. A través de un diálogo entre Lactancio y un arcediano se da noticia de cómo el Emperador «ponía los deberes católicos o universalistas del imperio por encima de los intereses del Papa mismo». Valdés dice que «todo lo ha permitida Dios por el bien de la cristiandad».

La tarde va cayendo. La penumbra resbala mansamente por las vidrieras. Todo es ahora un poco más lejano, pues en este instante maniqueo que es la penumbra, la lejanía parece ser la sustancia misma de las cosas.

Resumimos ahora uno de los párrafos más significativos de una comunicación, aún inédita, que él presidente de la Real Academia presentará en París, dentro de algunos días: El Emperador más universal, el último que rigió el Imperio de tipo augustiniano y a la vez el primero que poseyó el imperio del Nuevo Mundo fué Carlos, un flamenco, que, educado en oposición política a las ideas de sus abuelos españoles, se adhirió a ellas con inflexible firmeza. Su Corte en Bruselas, durante sus últimos años, no puede retenerle. Renuncia a los lugares juveniles y emprende un viaje penoso, resuelto a pasar su vejez; y a morir en tierra española, abrazado a los ideales político-religiosos de los Reyes Católicos.

Don Ramón nos hace ver ese detalle postrero del Emperador. Ya en edad proyecta, cuando el hombre anciano gusta de retomar y permanecer en los lugares de su infancia, Carlos emprende su viaje a Yuste. Podríamos llamar a esto «prueba psicológica» de la hispanización del Emperador.

—Ha hablado usted, Don Ramón, de los abuelos españoles de Carlos. ¿Pueden encontrarse en ellos gérmenes de la idea que visitó después al César?

—Cuando el César proclama que defenderá la cristiandad, invoca a sus antepasados. Solamente uno de ellos proclamó en su testamento con igual energía la necesidad de defenderla: su abuela Isabel la Católica. Pero aún hay más. La idea absoluta de la equidad y de la Justicia, ese sentido del deber que todos reconocen en Carlos, es herencia de Isabel. En cuanto a Fernando, si su nieto deseaba ardientemente la «paz cristiana», el Rey Católico deseaba también la paz «como la salvación de su ánima».

—¿Puede usted decirnos cuál es la diferencia radical entre Império, según lo concebía Carlos, e imperialismo?

—Imperio es el de la paz cristiana de Carlos, imperialismo es la «Monarquía universal». El canciller Gatinara era imperialista.

—Permítame usted querido maestro, una última pregunta. Si examinamos la Europa en que vivió Carlos, encontramos los siguientes hechos: un bloque occidental agrupado en torno a una nación guía, España, y frente a este bloque, una amenaza oriental, la del turco. Hoy, ahora mismo, el bloque occidental se agrupa también en torno a una nación, Norteamérica, y la amenaza oriental es igualmente peligrosa, ¿Tendría alguna aplicación eficaz la idea imperial del César?

—El mundo padece hoy el angustiado anhelo de hallar un principio unificador de los pueblos, y en este empeño ecuménico, como ya he escrito en otra ocasión, el ejemplo de abnegada consagración al deber político y moral que nos dió el hispanizado César podrá servir de norte a todos los gobernantes de buena voluntad.

Es el fin de la conversación