Los retratos de los marqueses, obra de Francisco Pradill, en un salón de la Casa de América
Los retratos de los marqueses, obra de Francisco Pradill, en un salón de la Casa de América - ABC

La auténtica historia de los fantasmas del Palacio de Linares

Una demanda de filiación destapa la existencia de una rama familiar no reconocida de los marqueses

MadridActualizado:

Cuenta una leyenda que en la actual sede de la Casa de América habitan los espectros de los primeros marqueses de Linares -José de Murga y Reolid (1833-1902) y Raimunda de Osorio y Ortega- y de una niña que supuestamente era hija del matrimonio. Según el relato, José confesó a su padre, el comercial Mateo de Murga y Michelena, haberse enamorado de una chica humilde llamada Raimunda, hija de una cigarrera del barrio de Lavapiés. Al escuchar el nombre de la joven, Mateo de Murga prohibió a su hijo cualquier contacto con la muchacha y para asegurarse de que zanjaba aquella relación, le envió a estudiar a Londres. Pero la distancia no impidió que el joven José terminara por conocer las razones de su progenitor para impedir su romance: Raimunda era su hermana, fruto de una relación extramatrimonial de Mateo de Murga con la cigarrera. Pese a todo, José y Raimunda consiguieron una bula papal, «Casti convivere», con la que podrían vivir juntos, aunque en castidad. Sin embargo, engendraron a una niña, Raimundita, a quien emparedaron al poco tiempo de nacer para que el incesto jamás saliera a la luz. Y su fantasma comenzó a vagar por las estancias del palacio.

Pagos por silencio

Y hasta ahí una leyenda que durante décadas ha circulado por Madrid. Lo que sí es cierto es que junto a los marqueses de Linares crecieron dos niñas, a las que reconocían como sus «ahijadas». Una de ellas se llamaba Raimunda Avecilla y Aguado, y pasaba por ser la hija del abogado del marqués, Federico Avecilla y Delgado, y de Raimunda Aguado y Cabañas. En 1892, Raimunda Avecilla dio a luz a Aniceta María Ana de Jesús de la Santísima Trinidad, fruto de una aventura con su padrino: el marqués de Linares. Aniceta murió en 1946 y ahora su nieta, Dolores Martínez, ha presentado una demanda de filiación en un juzgado de primera instancia de Madrid contra los herederos de los aristócratas. La principal beneficiaria en su día fue Raimunda Avecilla, la madre de Aniceta, quien todos los meses acudía a la casa de Bartolomé Carrasco Poza, el encargado de las tierras que el marqués tenía en Baeza (Jaen), para entregarle una cantidad de dinero. «Mi abuela (Aniceta) llegó a Baeza en 1904, cuando tenía 12 años. Ya había terminado el colegio en Linares y en ese momento la herencia del marqués ya estaba repartida», cuenta Dolores en conversación telefónica con ABC. «Siempre iba con su madre, Raimunda Aguado y Cabañas, y pagaban a Bartolomé por su silencio. Él tenía dos hijas de la edad de mi abuela, que se criaron como señoritas mientras Aniceta -a quien llamaban Dolores- hacía las labores de una criada», afirma Dolores Martínez. Esas tierras que Anicenta labraba junto a Carrasco «eran unas propiedades que José de Murga quería que en el futuro heredase Aniceta». Aunque al no reconocer el marqués a la niña, se quedó sin nada.

Dolores Martínez, la demandante
Dolores Martínez, la demandante - ABC

Dolores Martínez lleva diez años recabando documentos sobre los orígenes de su abuela. Asegura que su madre, Amalia Jodar Cruz (1928-1992), «nunca habló» sobre este asunto con gente que no fuera de la familia. «Pensaba que nos podían matar si lo contábamos». Antes de morir, Amalia se cortó un mechón de pelo y se lo entregó a su hija. «Cuando vio que iba a morir sin hacerle justicia a su madre, me pidió que lo guardara». Una muestra de ADN que podría servir para demostrar la filiación. «Ella tenía miedo, yo no. No reclamo dinero, solo quiero que se sepa la verdad sobre lo que le ocurrió a mi abuela. Todos se aprovecharon de ella, es una historia muy triste». Las últimas conversaciones con los Carrasco han sido muy tensas: «Me dicen que qué busco ahora, que si busco el dinero que ellos no tienen. Y que deje a los muertos en paz».

A lo largo de estos años, Dolores ha hablado con los descendientes de los marqueses. Desde Alicia Villapadierna, nieta de Raimunda Avecilla, y su marido Ricardo Arranz, así como Antonio Martín de Santiago-Concha -el último marqués de Linares, quien falleció el pasado mes de marzo- y los descendientes de Carrasco. «Alicia siempre me dijo que no sabía nada sobre el tema, que no llegó a conocer a su abuela, y me puso en contacto con parientes suyos. Todos ellos conocen la historia de mi familia, porque además conocían a los Carrasco, pero ellos siempre lo han negado y nunca me han dejado explicarme».

«La mataron en vida»

Precisamente en 1992, el Palacio de Linares reabrió sus puertas tras una larga rehabilitación. «Mi madre no llegó a visitarlo porque murió meses antes. Fui con mi marido y salí de allí mala, porque en una foto de la marquesa yo vi a mi madre, se parecían muchísimo». En su empeño por querer saber toda la verdad sobre la familia de su abuela, Dolores se puso en contacto con el Vaticano para intentar confirmar si los marqueses de Linares eran hermanos, tal y como dicta la leyenda: « Mandamos una carta y nos contestaron diciendo que no habían encontrado ninguna bula papal».

También escribió a Santiago Miralles, el director de la Casa de América, pero no tuvo respuesta. «Los fantasmas existen, porque no descansan. La ‘‘niña fantasma’’ me imagino que será mi abuela. Ella nació en el Palacio y después la mandaron a Linares a estudiar y, de ahí, a Baeza». Al llegar a Baeza, Juan Pedro Cruz Moreno, el sacerdote de la Iglesia del Santísimo Salvador, redactó unos documentos que decían que a la niña la habían abandonado en la puerta de iglesia y que a los ocho meses había muerto: «La mataron en vida». Dolores tiene ese documento, también la otra partida de nacimiento que le hicieron a su abuela para casarse, donde aparecía con el nombre de Dolores, en lugar de Aniceta. «Le pusieron también una fecha de nacimiento falsa, decían que había nacido en 1904, cuando la herencia del marqués ya estaba repartida». Además de pensar que su abuela no ha descansado -«no pudo decir nada nunca, ni hablar con nadie de su familia; la mataron en vida»-, Dolores identifica su historia con la de La Cenicienta. «Mi madre me contaba todas las noches ese cuento, y siempre me decía: ‘‘Hija, La Cenicienta tuvo un final feliz, pero tu abuela no lo pudo tener’’».