De izq. a drcha, Tino Torres, Marta Ortega y el jinete Gonzalo Testa
De izq. a drcha, Tino Torres, Marta Ortega y el jinete Gonzalo Testa - JP

El adiós de Marta Ortega a Tino Torres, el hombre que la enseñó a montar a caballo

La equitación española llora la muerte del jinete sevillano, el profesor de hípica de la hija de Amancio Ortega

MadridActualizado:

A pocos les sonará su nombre, no era un jinete del que se conociesen sus hazañas fuera de las pistas como otros más mediáticos que acaparan las revistas del corazón. Sin embargo, en los mentideros hípicos era una celebridad. Tino Torres, fallecido el pasado lunes 28 de mayo a los 57 años como consecuencia de un cáncer de pulmón contra el que llevaba luchando tres años, no tenía un apellido detrás tan sonado como el del hijo de José Bono o como el de la hija de Bruce Springsteen, pero tenía una cualidades innatas para montar a caballo. Como él solía decir a las personas que poseían este don, «tenía buen corazón». Fue uno de los grandes a nivel nacional e internacional, con una larga trayectoria a sus espaldas: bronce en el Campeonato de España Absoluto del año 2000, oro en la Copa del Presidente del Gobierno en las ediciones de 2002 y 2009, entre otros muchos logros deportivos.

Su dilatado currículum, unido a su particular deje, su discreción y su garbo, como buen andaluz que era, conquistaron al mismísimo Amancio Ortega. Sus caminos se cruzaron cuando Torres empezó a dar clases de equitación una vez a la semana en el centro hípico coruñés de La Garrocha, en la misma época en la que una jovencísima Marta Ortega -tan solo era una niña-, se iniciaba en el mundillo ecuestre con los ponis. No tardó mucho en descubrir que eso era a lo que quería dedicarse toda su vida -pese a que ahora se ha tomado un tiempo alejada fuera de las pistas para centrarse en su papel como futuro del imperio textil-. Ortega, que no puede negarle nada a la niña de sus ojos, decidió construirle en el año 2000 su propio club, Casas Novas, donde él mismo se deja ver los fines de semana. Un club que estaba destinado solo para su hija y su sobrino, Antonio Rodríguez Ortega, el retoño de Dolores Ortega y Juan Carlos Cebrián; aunque, como todo lo que ha hecho el empresario en su vida, acabó convirtiendo el centro en un referente de la hípica mundial.

Torres se convirtió pronto en su mano derecha, bajo el que delegó la dirección del club y la carrera ecuestre de Marta como mentor. Con él llegaron los primeros caballos, de los que aún hoy guarda especial cariño en su corazón. Es el caso de la yegua «Maggy», que posteriormente pasó a su primo, con la que cosechó sus primeros éxitos en los campeonatos.

«En mi corazón»

Marta tuvo otros profesores, sobre todo a raíz de la marcha de Torres del club tras tomar la decisión de mudarse a Barcelona, pero ninguno como él. Los lazos y los recuerdos que les unían, ya no solo como mentor y alumna, sino como amigos, ha llevado a la hija de Amancio Ortega a sentir profundamente el fallecimiento. «Me siento agradecida por haber compartido tanto tiempo contigo. Decirte adiós es una de las cosas más difíciles de mi vida, pero la mayoría de nosotros no dejaría en un millón de años la huella que has dejado tú en este mundo», escribió Marta esta semana en su cuenta de Instagram con mucho pesar.

La heredera de Inditex quiso agradecer todo lo que aprendió gracias a él a nivel hípico y personal: «Gracias a ti, no solo aprendí amar a los caballos, sino también a luchar por lo que amo. Por siempre y para siempre, en mi corazón». Unas palabras que comparte el resto del mundo hípico. Su recuerdo será imborrable.