Miguel Poveda: «Ser catalán no es contagioso, no destiñe»
Miguel Poveda en concierto - efe
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Miguel Poveda: «Ser catalán no es contagioso, no destiñe»

Miguel Poveda, ángel del flamenco que además gusta de aventurarse por otros cielos de la música, no suele tener lo que se dice veranos relajadísimos. Es cuando más trabaja, uncido a los conciertos

anna grau
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Se nos proclama adorador sin complejos del sol. Carga sus pilas personales con energía solar. En cuanto puede se escapa a la playa o, en su defecto, a la piscina, «para que no parezca que todo el mundo está con su buen colorcito y que yo vengo de cantar en Siberia». Chico playero tenemos, pues. ¿Y de qué tipo de playa? Le tira la Costa Brava, donde además pasó veranos inolvidables de niño. Pero fuera de ese perímetro sentimental se queda con las playitas de arena fina y pegajosita, tipo las de más al sur o directamente las del Caribe.

Miguel Poveda se enfunda un bañador que ni sea tipo slip, «que me da corte», ni llegue hasta los tobillos ni tenga un estampado de pantera. «Algo discreto, que se me vean las piernas morenitas», coquetea tímido. Y allá que se va con la toalla y con las chanclas. ¿Un libro o el periódico para leer? «No, me llevo mi música». Ni siquiera en un iPod, la tiene toda metida dentro del teléfono. La suya, suya, si está grabando y tiene que repasar algo; y si está verdaderamente y benditamente relajado, pues de alguno de sus artistas favoritos: Michael Bublé (tiene un perro llamado Bublé en su honor), Chavela Vargas, Lucho Gatica, Francisco Céspedes…

Nada de mojitos, tintos de verano o ni siquiera cañitas en la playa. Tira a base de agua clara y de muchísimos granizados de limón. Este chico se cuida, la voz y otras cosas, y asegura que jamás bebe alcohol de día, pues le marea. Como mucho se permite una «copita» después de cenar, generalmente en formato gin tonic, sin exigencias ni caprichos de marcas de ginebra o de tónicas de diseño o de complementos botánicos. « A mí lo que me echen, no soy exigente, además ya no tengo edad de trasnochar mucho...», se lanza, elegíaco. Tiene ni uno menos ni uno más que 41 años.

Por enterarnos y para animarle comentamos que la crisis no parece afectarle a él, que tanto trabaja. Admite que no se puede quejar, que desde luego mal a él no le va, pero que habas cuecen en todas partes: «Se hace muy complicado sostener toda una empresa, un equipo de personas, pagar los impuestos». Él a veces va como artista contratado, pero muchas otras veces arriesga el cuello como empresario. Y es muy consciente de que al público le cuesta pagar según qué entradas en este momento. « Y aun así tenemos buena respuesta», se alegra.

Comentamos su versatilidad como artista, la misma que le ha valido tanta admiración, tanto interés de públicos muy distintos, y también alguna que otra crítica de gentes ansiosas de mayor purismo. Poveda matiza que su manera de experimentar es tocar varios palos, varios géneros musicales, pero que eso no significa que se tome ninguno de ellos menos en serio: «Para mí la libertad es cantar lo que yo quiera, no tener que estar sólo sentado en una silla y cantando flamenco, pero cuando me pongo a cantar flamenco, me pongo, soy muy clásico». No hace combinaciones raras ni con gaseosa.

Hay quien le ha afeado que se atreva a ser lo que es y a hacer lo que hace no teniendo suficiente pedigrí andaluz. Su madre es originaria de Castilla-La Mancha, su padre de Murcia, y él se crió en Cataluña «mamando el Sur» desde pequeño. Pero no es de Triana, no. Aparta Poveda la telaraña de ciertos cuestionamientos con un buen humor suave, no exento de cierta amargurita. Constata que «hay que luchar para demostrar muchas cosas, el flamenco es una carrera de fondo, si encima te ponen inconvenientes añadidos… Pero eso también lo hace interesante, ese sobreesfuerzo, esa recompensa, ese saber que has trabajado y peleado, que has demostrado constancia y, sobre todo, amor al arte».

¿Y el hecho de ser catalán, ha sido o es un problema? «No, no es contagioso, no destiñe…», se ríe Miguel a carcajadas. Fiel a sí mismo y a su serena estampa, pronuncia palabras leves, que quitan hierro al asunto, que reconducen y rehumanizan todo… Palabras que una siente fuertemente medidas, aquilatadas una por una, para no herir ninguna sensibilidad. «Yo he nacido en Cataluña y he vivido allí treinta años, con lo bueno y con lo malo, me he empapado de todo lo bueno, que es muchísimo, pero yo desde luego defiendo una postura tranquila, la convivencia y la mezcla», afirma.

No son ganas de ponerle en un brete, sino de saber: ¿él siente que ser catalán cueste ahora mismo más, angustie más, sea una mochila vital más pesada? Se nota que vuelve a pensárselo con cuidado, se oyen girar ruedecitas reflexivas en su cerebro: «Yo sigo igual, ya no vivo ahí, pero conservo ahí todavía muchos vínculos. Hace poco actué en el Liceu con una respuesta maravillosa de la crítica y del público; tú al principio siempre tienes dudas, a ver si después de tantos años todavía me querrán tal y como están las cosas, no sea que me empiecen a ver como un desertor…». No pasó nada de eso, de lo cual Poveda se alegra infinito, porque además se confirma así que en el mundo y también en Cataluña «hay mucha más gente normal de lo que parece… En algunos casos son los políticos los que convierten ciertas cosas en excesivas, y es una pena que eso pueda afectar a la imagen del pueblo en general».

Volviendo a sus manías de verano: aparte de ir a la playa le encanta ver documentales. Tiene programado su amado teléfono, del que no se separa ni para dar un beso, para conectarlo directamente a la tele y ver... pues eso, documentales variados. Suele obsesionarse con un tema por semana, de la vida extraterrestre a la de Michael Jackson. Él se engancha a la pantalla junto a Bublé y a su otro perro, que se llama Tango, por supuesto granizado de limón en mano. Y a verlas venir.