AL DÍA

Un zar castizo

IGNACIO RUIZ QUINTANO
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He vuelto al boxeo después de veinte años, cuando la mamá de Poli Díaz, ya en la amanecida, recién apeados todos del autobús que nos devolvía de Palencia, le preparaba buñuelos a Jorge Berlanga en su casa del Arroyo del Olivar, a la vuelta de darle su Poli una buena panadera a un panadero de la Tierra de Campos que había tenido la mala idea de querer arrebatarle su título de los ligeros. «Yo mayormente soy de los incrédulos», soltó Uzcudun un día delante de Ruano, que nunca supo qué querría decirle. A uno, veinte años de incredulidad le dan fe para salir un viernes de este Madrid fantasmagórico de teatrillos subvencionados y dejarse caer en Leganés, por ejemplo, sede de la última velada de boxeo, donde la vida es real. «Donde el dinero no hace feliz —diría también Uzcudun—... porque se ve siempre a otro que tiene mucho más». Allí vimos a Petia Petrov, un ligero maravilloso de mirada eslava y gorra de chulapo. Petrov viene de un pueblo invicto desde Iván el Terrible, y de él habla y no para Boni, el torero, que lo tiene de maestro como lord Byron -Boni es el Byron, en caballero, de los toreros de plata- tuvo a Jackson, tan «gentleman» como este Petrov seguro y rápido en el ring, modesto y cordial fuera. En Vallecas lo llaman «El Zar», y es un zar castizo, ruanescamente adornado con una humildad simpática de discóbolo del pueblo madrileño (al que Gallardón pretende, en vano, barcelonear), con su gabardina y su gorrilla, sin renunciar a su origen, un alma rusa pasada por la mirada de Chaves Nogales, que bien podría escribirnos la historia de «El maestro Petia Petrov, que estuvo allí». ¿Y qué hace aquí Petrov, con sus puños de oro y su gorrilla de cuadros, en esta ciudad donde al pobre Sánchez-Rojas le llamaban «el chulo de Santa Teresa» sólo por el dinero que sacaba a la Santa publicando artículos sobre ella? Petia Petrov, «El Zar»: excelente boxeo y mejor literatura.