El templo en la calle Goya
El templo en la calle Goya - MAYA BALANYA

Basílica de la Concepción de Nuestra Señora: La santidad en el Barrio de Salamanca

El magnífico templo de la calle Goya conjuga las entrañas de Madrid de toda la vida con ilustres feligreses

MadridActualizado:

La Basílica de la Concepción de Nuestra Señora, de la calle de Goya, sabe a catolicismo madrileño, con perdón de Ortega y Gasset, que utilizó este concepto para referirse a la fe de su esposa. El catolicismo madrileño es la santidad de una chica en el Barrio de Salamanca, si se me permite la cita indirecta de José María Javierre, el biógrafo de María Purísima de la Cruz, que allí fue bautizada en la pila ochavada con cubierta de bronce dorado. Un catolicismo madrileño y romano, de siempre amor al Papa, renovado en esta época por eso de que el Papa Francisco ha invitado a introducir unas nuevas coordenadas en el GPS de la historia. Y se nota.

La Concepción de Goya es una parroquia de las de toda la vida, me dice un señor que asiste a misa de 1 un martes cualquiera, portavoz de las 16.000 almas que viven en el territorio de ese entrañable templo. Porque es de la entraña de una ciudad que se vertebra conjugando el cielo y el suelo, lo humano y lo divino, el comercio, las profesiones liberales, el nivel adquisitivo y la caridad siempre compuesta de misa dominical, sacramentos y pastoral, que dicen ahora. Todo eso es lo que da vida a esta comunidad de fe y de esperanza.

Al fondo, el magnífico retrablo mayor de la Parroquia de la Concepción
Al fondo, el magnífico retrablo mayor de la Parroquia de la Concepción - MAYA BALANYA

Al frente de la Concepción de Goya está su párroco, José Aurelio Martín, -casi se me escapa el don-, a quienes sus compañeros de curso, «su panda», como decía su santa madre, -que recibió en su día la Cruz Pro Ecclesia y Pontifice-, le apodó «el señor alcalde». Por cierto, sus compañeros y amigos son, entre otros, monseñor Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo; monseñor Javier Martínez, arzobispo de Granada; monseñor César Franco, obispo de Segovia; monseñor Rafael Zornoza, obispo de Cádiz-Ceuta, y si me apuran tengo que citar a Julián Carrón, presidente de Comunión y Liberación. Con esos amigos, que me dicen andan por allí con frecuencia, complicadas las tuvo que pasar el rector del seminario.

Hechuras de servicio

Porque el párroco de la Concepción de Goya tiene hechuras de servicio y más de cuarenta años de ministerio. Y además vino de las periferias. La conversación con José Aurelio, con don, de «dominus», siempre es fácil. Si observas las suelas de sus zapatos, verás que están desgastadas de pisar la obra, que es como decir que pasa varias horas al día encerrado en un confesionario de madera.

La parroquia es ahora templo de la Misericordia, lo que significa para los profanos que se han multiplicado por cuatro el número de confesiones en los últimos meses. Hasta tiene que llamar, me cuenta, en determinados días, a algunos sacerdotes vecinos de la vicaría segunda para que se sientan a perdonar, por eso de que Dios es Misericordia.

Sacramentos y pastoral. Es decir, visita a los enfermos los más de los días y, sobre todo, de lo que me habla el cura ecónomo es de las cuarenta señoras voluntarias de Cáritas. Que, no en vano, desde fuera, la parroquia parece que está siempre limpia. Pero si entras descubres que no les importa mancharse las manos con el barro y el polvo de la historia. En el último balance que el sacerdote presentó a su consejo parroquial, cuyos miembros tienen apellidos escalonados por preposiciones y conjunciones varias, José Aurelio habló de los 180.000 euros destinados a mujeres maltratadas, que entregó no hace mucho a su señor arzobispo; de las 2.600 personas atendidas en Cáritas; de los 90.000 euros del dinero de los feligreses, de las colectas, repartidos sin que una mano sepa lo que hace la otra. También se refirió el sacerdote al grupo de terapia de personas que son comedoras compulsivas, que hay pobrezas que proceden de la abundancia; de los alcohólicos anónimos; de las veinte voluntarias que atienden el ropero, que reparte más de mil prendas al mes.

Un párroco, sí señor, con un equipo de curas de primera división, por eso de que el color del templo, el exterior, es, ya lo he dicho, blanco. La alineación de los sacerdotes que atienden la vida de los fieles está cargada de fichajes. Dos vicarios parroquiales: Diego Figueroa y José Francisco Pérez. Y en el banquillo activo los presbíteros adscritos, que ahí está parte de la gracia. Quién no conoce en Madrid, en el Madrid de las élites, a Silverio Nieto, delantero de la libertad de la Iglesia y del derecho civil y canónico, dura lex, sed lex. O a Ricardo Quintana, que fabrica santos para la Archidiócesis de Madrid. O a Joaquín Felez, Juan Antonio Santa María, Plácido González, Feliciano Palencia o Tomás Juárez. Por allí estuvieron también, y vuelven con frecuencia a celebrar la misa, Juan José Pérez Soba, ahora con cátedra en la ciudad eterna. Y últimamente oficia en mozárabe el liturgista de cabecera de los jóvenes sacerdotes madrileños, Manuel González Lopéz-Corps.

En silencio y con aliento, bajamos a las capillas de los enterramientos, a las variadas criptas. Una vez que rezamos un «Pater noster» por los difuntos de la Familia Luca de Tena y visitamos la sepultura de Emilia Pardo Bazán por eso de la literatura y el periodismo, nos topamos con la lápida de un sacerdote cuyo proceso de beatificación popular fue suscrito a las pocas horas de su trágico fallecimiento por Sócrates, Platón y Aristóteles (si así pudieran) y por Lukasievicz, el de la lógica trivalente. La sencilla lápida de Pablo Domínguez Prieto, un sepulcro en el cielo de la filosofía para quien fue decano iniciador de la Universidad Eclesiástica San Dámaso.

El culto y la cultura. Así se sintetiza la vida de fe comunitaria. Ahí está el Foro Juan Pablo II, por el que ha pasado lo más granado de la Iglesia universal y de la de España. En el mundo de la cultura católica se cotiza al alza en el currículum la conferencia en el Foro de la Concha. Añadamos los grupos de cultura y de formación de la fe. Por cierto, el de cine tiene como profesor a un señor que se llama Eduardo Torres-Dulce. Sí, el mismo.

La parroquia de la calle de Goya, porque la calle de Goya también es un poco de la parroquia, cuenta además en su geografía con una nutrida presencia de Vida Consagrada. Confluyen los carismas de las Carmelitas de la Antigua Observancia, mi querida Sor Brunilda, hermana rubia brillante de espiritualidad y ojos azules; las Hermanas de los Ancianos Desamparados, que dan asilo a las mujeres más pobres de Madrid en una residencia que es un trocito de cielo en medio del Barrio de Salamanca; y el Colegio de las Agustinas, al que asisten 1.400 alumnos.

En la Parroquia de la Concepción de Goya, como en Madrid, el mejor alcalde, el párroco. Ahí está la Iglesia en una calle de Goya horizontal de asuntos mundanos que apunta al cielo. El neogótico que eleva la mirada.