Cien años del viaje de Lorca a Galicia

El Miño, la Catedral de Santiago, la Torre de Hércules... Así los vio en octubre de 1916

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«El paisaje espléndido todo verdura; multitud de parrales graciosamente sostenidos por largas piedras; las montañas muy altas, y en el fondo de ellas, por entre muchas piedras, corre el Miño lentamente, dulcísimamente, con un color azul verdoso que contrasta con los colores chillones de los voladizos de las casucas que en él se asoman para mirarse. [....] Siguen grandes praderas de un verde luminoso;en ellas pacen vacas y corderos guardados por aldeanas descalzas con pañuelos de colores chillones en la cabeza...». Es octubre de 1916. Federico García Lorca acaba de entrar en Galicia. Tiene 18 años. Viaja en tren con cuatro compañeros de la Universidad de Granada y el catedrático Martín Domínguez Berrueta. «Llueve a ratos».

Esta descripción se publicó el 10 de diciembre de 1917 en la revista «Letras» y fue localizada años más tarde por el hispanista Ian Gibson. «Fue una visita breve, de cuatro días, pero de gran intensidad», comenta a ABC a pocos días de estar en Santiago para conmemorar, de la mano del guitarrista de Tui Samuel Diz, este centenario «emocional».

Al transbordo en Redondela le siguió, ya de noche, Santiago. La edición del «Diario de Galicia» del viernes 27 resume así su primera jornada en la capital compostelana: «Ayer consagraron todo el día a estudiar en la Catedral toda su belleza artística, bajo la dirección del Sr. Cotarelo [profesor de la Universidad de Santiago]; admiraron nuestras plazas monumentales y visitaron las platerías, para estudiar en ellas el famoso arte de los orfebreros compostelanos. Hoy continuarán su visita a los demás monumentos».

El santuario guarda un desconocido recuerdo de aquella estancia de un joven Lorca en el que se comenzaba a gestar el insigne poeta de la generación del 27: una rúbrica «en un álbum en el que firmaban peregrinos distinguidos, que se hallaba entonces en la capilla de las Reliquias y que hoy está expuesto en una de las vitrinas de la biblioteca capitular», indica Arturo Iglesias desde el Archivo del templo. Permanece abierto por esa página, donde se lee: «En excursión de estudio de la Universidad de Granada, llenos de asombro y veneración, en esta iglesia de suntuosidad apostólica y de fe de cimientos españoles». En un telegrama enviado después a sus padres desde León, Lorca aporta más detalles: «En Santiago compré conchas de plata. Nos recibió el cardenal, contentísimo».

Pero no todo en Compostela le causó sensaciones gratas. Este periplo por el noroeste de España se convirtió en el primer libro de Lorca, «Impresiones y paisajes», del que siempre huyó. En esa recopilación, está «Un hospicio en Galicia», fruto de una visita «conmovedora» —en palabras de Gibson— a Santo Domingo de Bonaval. Así lo describe el andaluz: «Da impresión de abandono el portalón húmedo que tiene... Ya dentro, se huele a comida mal condimentada y pobreza extrema. El patio es románico... En el centro de él juegan los asilados, niños raquíticos y enclenques, de ojos borrosos y pelos tiesos. Muchos son rubitos, pero el tinte de enfermedad les fue dando tonalidades raras en las cabezas... Pálidos, con los pechos hundidos, con los labios marchitos, con las manos huesudas pasean o juegan unos con otros en medio de la llovizna eterna de Galicia».

Y sigue: «Me dio gran compasión esta puerta por donde han pasado tantos infelices... [...] Quizá algún día, teniendo lástima de los niños hambrientos y de las graves injusticias sociales, se derrumbe con fuerza sobre alguna comisión de beneficencia municipal donde abundan tanto los bandidos de levita y aplastándolos haga una hermosa tortilla de las que tanta falta hacen en España».

Críticas y elogios

Gibson señala la relevancia de estas líneas: «Es un texto importantísimo. En él se percibe ya la identificación de Lorca con los que sufren, su sensibilidad ante la injusticia social, que será una característica de toda su obra». Tampoco agradó a Lorca la estatua de Montero Ríos situada entonces en el Obradoiro: «¡Qué salivazo tan odioso a la maravilla churrigueresca de la portada del Obradoiro y al hospital grandioso!».

A Santiago le siguieron La Coruña —«gustome mucho, sobre todo el mar», les dirá a sus progenitores— y Lugo —«salieron coches de gala del ayuntamiento a recibirnos»—. Este trayecto se recoge en otro breve texto. «La Coruña es lindísima. Muchos jardines, calles alegres. Las casas con miradores de cristales. Mucha vida. Movimiento. Trabajo. En el puerto, las barquillas agrupadas se besan unas a otras a impulsos del agua, tan pastosa que parece jarabe», comenta. Y no pasa por alto la Torre de Hércules: «Es cuadrada, altísima, desafiando al mar. Este enfurecido la salpica de espuma fuertemente».

«Al joven García Lorca le llama la atención, cómo no, el intenso verdor del paisaje, la neblina y cierta melancolía. Antes solo ha visto el Mediterráneo —explica Gibson—. «La visita hizo una importante impronta sobre su sensibilidad. Infiero, por su temprano poema "Salutación elegíaca a Rosalía de Castro" (1919), que empezó a conocer sus versos en la visita a Santiago. Me imagino que también oyó música popular gallega, que estudiará a fondo y con la cual llegará a sentir una gran afinidad, debido en parte, quizá, al hecho de que, tras la Toma de Granada, ciertos pueblos de las Alpujarras fueron repoblados por gallegos y asturianos, que trajeron consigo sus canciones que, por supuesto, él conocía y apreciaba».

Homenaje musical

Con música se recordará toda esta aventura este jueves a partir de las 20.30 horas en el Salón Teatro, gratis hasta completar aforo. Servirá de base el disco «Impresiones y paisajes» de Samuel Diz, una pequeña gran obra de arte que fusiona literatura, pintura y melodías. Será «un camino musical» al que seguirá una conversación con Gibson, «un formato muy habitual en el 27», recuerda Diz. Pronto llegarán más novedades. Desde la Editorial Alvarellos avanzan a este diario una próxima publicación con «detalles muy desconocidos».