Cada casa niño puede cuidar a un máximo de cinco pequeños a la vez
Cada casa niño puede cuidar a un máximo de cinco pequeños a la vez - MIGUEL MUÑIZ

Casas nido o cómo conciliar en el rural

Este proyecto pionero aspira a ampliar la red con 30 nuevas casas. ABC visita una de ellas

Portomarín (Lugo)Actualizado:

El timbre suena en « A Casiña da Árbore» y un murmullo infantil se aproxima a la puerta. Los cinco pequeños que rodean a Tamara Diéguez, la cuidadora de esta casa nido de Portomarín, tienen poco más de un año. Todavía no hablan, pero sus risas y balbuceos ponen banda sonora a este oasis rural en el que la media de edad no supera los tres años. Tamara estudió Educación Infantil y cuando le hablaron de los cursos que organizaba la Xunta para gestionar una casa nido se matriculó «un poco a la aventura». En ese momento, nadie sabía si este proyecto pionero funcionaría, pero el tiempo parece haberle dado la razón. «A Casiña da Árbore» entró en funcionamiento el pasado junio, junto a otra treintena de guarderías rurales que buscan ayudar a los padres a conciliar hijos y trabajo.

El objetivo es que estas casas nido, repartidas por toda la geografía gallega, cubran las necesidades de las familias que residen en concellos de menos de 5.000 habitantes en los que no hay guarderías públicas ni privadas. Y Portomarín era un buen candidato, así que nada más acabar el curso Tamara (de 28 años y natural de Chantada) se reunió con la trabajadora social del concello para que organizase una reunión con los padres y conocer así el grado de interés por la iniciativa. La respuesta fue inmediata y el ayuntamiento puso a disposición de la joven la antigua casa del veterinario, que ella acondicionó con los 15.000 euros que el Gobierno gallego aporta como ayuda inicial.

Gratuito para los padres

Tamara montó su vivienda en la primera planta y convirtió el bajo en un alegre patio de juegos donde no falta de nada. Hay suelo radiante para los meses de frío, las puertas tienen protectores, dispone de una cocina equipada para calentar la comida de los niños, un baño adaptado y una habitación aparte con dos cunas y varias camas. En el salón, repleto de juegos, una tablet reproduce la sintonía de «Pepa Pig», un hit para estos pequeños que revolotean curiosos alrededor de su cuidadora. Esta mañana Raúl y Pablo comparten juegos con Yoel y Paula. A Valentina, la mayor del grupo, acaba de recogerla su abuela. La mayoría de los padres que echan mano de este servicio —es totalmente gratuito para las familias, que solo tienen que poner la comida y los pañales— son parejas de treintañeros en las que los dos miembros trabajan. De ahí la lista de espera que Tamara reconoce tener.

El proyecto impulsado por la Xunta fija el límite por turno en 5 niños a la vez, por lo que Tamara atiende a 5 en la tanda de mañana y otros 5 en la de tarde. «Somos familia numerosa», bromea mientras se ocupa de los dientes de Paula y hace pompas de jabón para alborozo del grupo. Además de permitir a los padres equilibrar su vida profesional y sus cargas familiares, las casas nido mejoran la sociabilidad de los niños. «Lo notas en cuanto pasa una semana, aprenden a compartir los juguetes y se acostumbran a unas rutinas que en casa no tendrían», explica esta cuidadora, que reconoce que su espalda ya no sufre cuando coge a dos pequeños a la vez. «Yo soy feliz aquí, pero tienes que tener vocación, los niños tienen que gustarte mucho», afirma sonriente. Al fondo, Paula enreda con un tubo de crema que en menos de cinco minutos acabará sobre su vestido.

El objetivo de la Xunta, ante el éxito logrado, es que este proyecto se amplíe con treinta casas más. La idea es tejer una red de esta suerte de guarderías rurales que ayude a plantar cara a la sangría demográfica, el mayor problema de la Comunidad. Por el momento, quienes se han embarcado en esta aventura solo le ven ventajas. «Tenemos un grupo de whastapp con las cuidadoras de casas nido y todas están encantadas», confiesa Tamara para hacer un apunte. «Lo curioso es que todas somos mujeres, no hay ningún hombre por el momento».

Cada casa nido recibe al cabo del año 19.600 euros de donde sale el sueldo de la cuidadora y los gastos de mantenimiento. La mañana toca a su fin y los niños ensayan el abrazo que darán a sus padres. Por la tarde —estas casas cubren un horario de 8 horas de lunes a viernes— llegarán nuevos invitados y el próximo mes, dos recién nacidos de tres meses para los que Tamara ya ha preparado las cunas. La puerta de la calle se abre de nuevo y los pequeños, divertidos, se despiden levantando las manos.