Sergi Doria - SPECTATOR IN BARCINO

Los fantasmas del Apolo

Eva Espinet recorre en «Apolo. 75 años sin parar de bailar» las edades de la sala d desde los tiempos de la Orquesta Apolo hasta el imperio de los DJ’s

Sergi Doria
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ojeo el atractivo facsímil del primer número de El Periódico, editado con motivo de su cuarenta aniversario. Jueves, 26 de octubre de 1978. La cartelera. Barcelona dispone de un centenar largo de cines, entre salas de estreno, arte y ensayo y reestreno. Cinco locales de música en vivo, todos desaparecidos: La Cova del Drac, Sachtmo, Scotch Sandor, Tabú 78 y Zeleste. Una treintena de salas con show erótico de las que solo sobreviven el Bagdad y El Molino. Para los niños, atracciones en el Apolo, Caspolino, Montjuïc y Tibidabo (sólo queda el último).

En este balance retrospectivo, la oferta teatral se ha ampliado en las últimas cuatro décadas. En el 78 contábamos con seis teatros: Apolo, Barcelona, Español, Lliure, Talía y Villarroel. El Barcelona acabó reconvertido en no se sabe bien qué, el Español pasó a ser Studio 54 y ahora la sala Barts. El Talía –o Martínez Soria- fue derruido y hoy es un solar donde crece la maleza… En la parte positiva: la proliferación de pequeñas salas y la reconversión en teatros de los cines Condal, Goya y Poliorama.

En 1978, el Apolo se identificaba con el teatro de las chicas de Colsada: Tania Doris –Luis Cuenca y Pedro Peña dándole la réplica cómica–, la Bodega y las Atracciones. El conjunto: un edificio más largo que alto frente al Cinerama Nuevo; las tres chimeneas como símbolos protectores de la memoria popular del Paralelo. A finales de los setenta, las Atracciones conocieron años de decadencia, desde su inauguración en 1943 por José Vallés Rovira; de hecho, aquella fue una segunda fundación: el empresario ya había impulsado en 1935 el Autopark, de vida breve: el verano de 1936, la revolución anarquista supuso la confiscación de las atracciones. Vallés se fue a Francia para trabajar en el Pabellón de la República. Su madre y su esposa con sus tres hijas –una de ellas padecía tifus– permanecieron hasta 1937 en Barcelona. Gracias al secretario de Josep Tarradellas se libraron «del tiro en la nuca», recuerda Rosa Vallés.

Cuando acabó la guerra, Vallés reabrió sus atracciones y las complementó con el Baile Apolo. En el libro «Apolo. 75 años sin parar de bailar» (Comanegra), Eva Espinet recorre las edades de la sala de la calle Nou de la Rambla –antes Conde del Asalto–, desde los tiempos de la Orquesta Apolo hasta el imperio de los DJ’s y la música electrónica.

En mi particular inventario, las atracciones Apolo son una mañana sabatina con el «tete» Andrés, mi padrino. El impacto de la Auto Gruta: aquella boca que engullía vagonetas como si fuera la entrada a una mina repleta de tesoros fantásticos. Ya en el interior, podían escucharse risas o gritos; uno percibía el olor a humedad de las estancias cerradas en las que reposan los recuerdos. Allí, me decía siempre mi padre, se había rodado la memorable «Apartado de Correos 1001», de Julio Salvador. En las secuencias finales, Conrado Sanmartín acaba a tiros con el malo de la película que queda postrado en una de las vagonetas provocando el espanto de las parejitas de enamorados que aprovechaban la Auto Gruta para hacer manitas y acabaron envueltos en la trifulca.

La ociosa isla del Apolo era un espectáculo. De pequeño, cuando pasaba con mi padre ante el teatro, le estiraba de la mano para tocar las piernas de la Doris que adornaban la fachada. Ante mi tozuda porfía, acababa cediendo… Puesto de puntillas, palpaba con los dedos aquella erótica epidermis de madera. Luego quedaba absorto ante los montones de calamares y la gente que devoraba bocadillos en la Bodega: mi abuelo Domingo, que era muy maniático, nunca quiso tomar nada allí. Las moscas, el humo de tabaco que sobrevolaba las viandas y el «ves a saber desde cuándo lo tienen ahí» desbarataba la tentación gustativa.

Del Baile Apolo recuerdo la fiesta de presentación, en 1984, de la adaptación cinematográfica de «Últimas tardes con Teresa» por Gonzalo Herralde: Ángel Alcázar era Manolo, el Pijoaparte; Maribel Martín, Teresa.

La crónica de Espinet ayuda a refrescar la memoria; un fragmento de la novela de Marsé revive el microclima de aquel baile popular; el Pijoaparte comparte con Teresa el escenario de sus trapicheos y ardores carnales. La bella burguesa aterriza con él en otro planeta: «En la sala de baile hacía un calor infernal y triunfaba un espléndido olor a sobaco… Cogida del brazo de Manolo al estilo nupcial o sentada con él en el fondo de un palco, relajado el cuerpo pero con la cabeza en la misma actitud vigilante y despierta que en la butaca de un cine (respirando un aire poblado de fantasmas) y luciendo su hermosa garganta desnuda, ella no perdía detalle del espectáculo y hacía comentarios elogiosos sobre las parejas que rodaban apretadas en la pista, infatigablemente, como en un hormiguero». Intrahistoria (de la buena).

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