Martín Sotelo - ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA

Incultura

«Este disparate diario de país, con un Tajo en descomposición como la realidad que nos traen los papeles»

Martín Sotelo
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Después de las vacaciones, uno regresa a sus quehaceres, como el de escribir esta página para el suplemento cultural, sin saber muy bien de qué cultura hablar salvo de la inexistente. Cultura, y educación, que constituyen los dos pilares fundamentales de una sociedad próspera, sin los cuales un país se empobrece inexorablemente. Cultura -habría que aclarar- que no consiste en leer muchos libros, ni tener muchas carreras, ni ir a ver el último estreno o al concierto de moda o como borregos a los museos, sino cultura de la de verdad, la que proporciona saber estar, amor propio, libertad y respeto, esa que, en palabras de Juan Marsé, consiste en saber salir de casa, sentarte en un banco, en una plaza, fumarte un pitillo o beberte una cerveza, en armonía contigo mismo y con los demás, como acabo de hacer al sentarme en un banco de la senda ecológica, cerca del embarcadero. Saco la cerveza del bolso, la abro y echo el primer trago concluyendo que la falta de una educación y una cultura sólidas hace que un río histórico como el que tengo enfrente, el Tajo, del que hablaron romanos, visigodos, árabes, judíos y cristianos, discurra por donde siempre discurrió espumoso de mierda madrileña, apestando la ciudad de Toledo, sin que nadie haga nada salvo seguir respirando con gusto un aire con hedor a cloaca y sentarnos aquí a mirar los peces muertos como si esa muerte no fuera la nuestra. Tanto Garcilaso, tanto Cervantes, tanta poesía, tantas novedades editoriales, pero no podemos pasear junto al Tajo sin apestarnos.

Abro el periódico para olvidarme de los malos olores. Pero es desplegarlo ante mis ojos y una tufarada nauseabunda me envuelve al leer la noticia de que han encontrado en una biblioteca pública unos libros de Juan Marsé con insultos pintarrajeados, llamándolo traidor y renegado y tachando su lugar de nacimiento, Barcelona, esa Barcelona que nadie ha amado más ni nadie ha descrito mejor y que, si es algo, lo es gracias a personas como él.

La cultura te hace amar las cosas, conocerlas; la incultura, odiarlas, destruirlas. Nada bueno puede traer una educación basada en el odio, la diferenciación, la manipulación y la desmemoria, que apuesta por enardecer esa cosa tan cavernícola del sentimiento patriotero, si estás conmigo o contra mí, si has nacido aquí o allá, si te envuelves en una bandera u otra, si hablas o no la lengua indígena, si lees el ABC o La Vanguardia, para poder señalar, como en cualquier estado fascista, quién es puro e impuro, quién va por el camino correcto y quién por el equivocado, la misma roña vivida con Franco. Y, curiosamente, todo esto nos está viniendo desde una ensalada ideológica que, a falta de esencia propia, se define como antifranquista, antifascista, antimonárquica, anticapitalista y todos los anti que le quieras poner, gente cuya máxima preocupación en la vida es ir contra algo, es decir que si se quedan sin aquello contra lo que van no son nada. De modo que necesitan agrandar aquello contra lo que van, revivirlo. Y así tenemos antimonárquicos que sueñan con reconquistar apolilladas coronas aragonesas, anticapitalistas aliándose con la alta burguesía para consumar sus rancios caprichos identitarios, antifascistas apoyando movimientos fascistas, con depuraciones para el mal patriota, y antifranquistas alentando la creación de un estado dentro del Estado, es decir, un golpe de Estado como el que dio su anhelado dictador.

La falta de educación y cultura sólo trae vergüenza, cerrazón, simplismo y pobreza, querer vivir mal allá donde uno vive, proyectar a los demás el desprecio que uno siente por sí mismo, esto es, puro odio y pura estupidez. Sin cultura, sin educación, o con esta cultura fraudulenta y esta estafa de educación manejada por ministros, consejeros, pedagogos, educadores y psicólogos, cimentada en el puro negocio y en la decapitación del que destaque, dibujada a medida para que el mediocre baboso ascienda y el meritorio honrado se hunda, el edificio que se levante está condenado a caerse en pedazos más pronto que tarde. Hasta que caiga del todo, nos tocará seguir asistiendo a este disparate diario de país, en el que cada día da más pereza levantarse, con un Tajo cada vez más contaminado de peces muertos, en proceso de descomposición como la realidad que nos traen los papeles.

POR MARTÍN SOTELOPOR MARTÍN SOTELO