«Peñascosa pesadumbre y otros plagios cervantinos»
Placa instalada en el interior de la Puerta de Bisagra en Toledo. ANA PÉREZ HERRERA

«Peñascosa pesadumbre y otros plagios cervantinos»

POR MARIANO CALVO
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La fascinación que Cervantes sentía por Toledo impregna de alusiones toledanistas la obra del alcalaíno y estalla en el epíteto extremado que se lee en Los trabajos de Persiles y Sigismunda: «Oh, peñascosa pesadumbre, gloria de España y luz de sus ciudades».

La frase adorna en hermosa lápida de cerámica la Puerta de Bisagra de Toledo, constituyendo el exergo honorífico de la ciudad, epítome de sus títulos y condecoraciones, pero lo que se ignora es que el epíteto que corona la frase —«peñascosa pesadumbre»— tiene las características de lo que hoy entenderíamos como un plagio en toda regla, ya que, a lo que parece, Cervantes lo tomó literalmente de un verso de su colega, el poeta y dramaturgo toledano José de Valdivielso.

UNA EXPRESIÓN ENIGMÁTICA. Confesaré que la expresión «peñascosa pesadumbre» siempre me produjo una cierta perplejidad, tanto por su oscuro significado como porque en ella se detecta cierta incongruencia de tono respecto al contexto panegírico en que se inserta. En definitiva, me preguntaba qué habría querido decir Cervantes, exactamente, con esta locución, tan eufónica como desconcertante.

Antes de conocer que la expresión no pertenecía a la inspiración de Cervantes y que su autor, José de Valdivieso, la utiliza en un extenso poema sobre San José para describir las montañas de Judea, perdí algún tiempo planteándome la posibilidad de que el término «pesadumbre» se refiriese al carácter ascético y místico de Toledo o quizá a la impresión gravitacional que produce el peñasco toledano. Finalmente me incliné a creer que «pesadumbre• provenía, a título de homenaje, de los célebres versos de Garcilaso en los que el poeta dejó plasmada su visión de Toledo: «Aquella ilustre y clara pesadumbre de insignes edificios adornada».

Todas estas especulaciones se vinieron a tierra cuando, por obra y gracia de la moderna tecnología informática, una sencilla labor de indagación me puso en conocimiento de que la célebre expresión «peñascosa pesadumbre» había sido ya utilizada por el autor toledano José de Valdivielso en 1604, más de diez años antes de que Cervantes la utilizara en su Persiles, que, como es sabido, se publica tras la muerte de su autor, en 1617.

En su obra «Vida, excelencias y muerte del gloriosísimo patriarca San José», José de Valdivielso escribe: «Llegan gozosos a la altiva cumbre de las altas montañas de Judea, de cuya peñascosa pesadumbre su casa el mudo Zacarías rodea;»…

¿Estamos, pues, ante un descarnado plagio perpetrado por Cervantes a expensas de Valdivielso? La respuesta no es tan sencilla como parece a primera vista, pues requiere precisar que el concepto de plagio tal como lo entendemos hoy no era compartido por los autores del siglo de Oro, para los que los «prestamos», «imitaciones» , «ecos» o «apropiaciones» eran práctica acostumbrada y suponían por lo común una manera de homenaje al autor prestatario.

El propio Cervantes lo aclara en El Quijote diciendo: «No ha de ser tenido por ladrón el poeta que hurtase algún verso ajeno y le encajare entre los suyos, como no sea todo el concepto o toda la copla entera, que en tal caso, tan ladrón es como Caco».

POR LOS PREDIOS DE CACO. Estas palabras parecen dichas para disculpa de sí mismo, porque lo cierto es que Cervantes fue un asiduo bebedor de fuentes ajenas, y especialmente de Garcilaso. Por citar sólo algunos ejemplos, el primer verso del soneto I de Garcilaso «Cuando me paro a contemplar mi estado», se reproduce íntegramente en «El viaje del Parnaso», aludiendo Cervantes elogiosamente a que dicho verso también lo utiliza su admirado Bartolomé Leonardo de Argensola.

«En amoroso fuego todo ardiendo», del soneto XXIX de Garcilaso, lo digiere Cervantes como «En amoroso fuego ardiendo» en la comedia Los baños de Argel. «El aire pisa y mide», que se lee en «El Viaje del Parnaso», imita muy de cerca al verso «con inmortales pies pisas y mides» de la Égloga I. «…del cercado ajeno/ es la fruta más sabrosa» se lee en la comedia «La gran sultana», recordando los versos de la Égloga III : «…sabrosa/ más que la fruta del cercano ajeno».

Algunas veces, las referencias, préstamos y reinterpretaciones consisten en versos completos, otras veces sólo de epítetos, frases o variantes. El «¡Oh, más dura que mármol a mis quejas!» garcilasiano, lo convierte Cervantes en lugar común en El Quijote. Así, Quiteria se muestra con Basilio «más dura que un mármol»…y la bella Altisidora recita el verso entero –«Oh, más dura que mármol a tus quejas cuando se presenta ante el hidalgo manchego».

«Sé lo mejor y lo peor apruebo» escribe Cervantes, recordando al garcilasiano «… conozco el mejor y el peor apruebo». «Salgan con la doliente ánima fuera», que se lee en El Quijote, es calco de «echa con la doliente ánima fuera» de la Égloga II, que antes había sido recogido en La Galatea y en el Persiles. Y «la industria de las altas ruedas» no oculta su parentesco con el verso garcilasiano «con artificio de las altas ruedas».

Pertenecen a la categoría de apropiaciones íntegras versos como «Estoy muriendo y aún la vida temo», tomado de la Égloga I y vertido tal cual en La Galatea. Asimismo, «Oh dulces prendas por mi mal halladas» se encuentra en La Guarda cuidadosa, donde dice un soldado: «…tan dulces prendas, por mi mal halladas», recordando al soneto X de Garcilaso.

LA PROTESTA DE DON QUIJOTE. Cervantes no se limita a tomar versos sueltos del poeta toledano sino que a veces va más lejos y llega incluso a apropiarse estrofas enteras, rondando los predios de Caco. Así ocurre en El Quijote, cuando un hermoso mancebo recita ante el túmulo de la doncella Altisidora un canto de dos octavas, una de las cuales está tomada íntegramente de la Egloga III de Garcilaso. Esta apropiación le parece a Don Quijote un plagio descarado y así se lo reprocha a su perpetrador, a lo que el mozo cantor le responde con desenvoltura: «No se maraville vuestra merced de eso, que ya entre los intonsos poetas de nuestra edad se usa que cada uno escriba como quisiere, y hurte de quien quisiere»…

Pero donde Cervantes se destapa como un imitador hasta un punto de dudosa justificación, es en el poema «A los éxtasis de Nuestra santa Madre Teresa de Jesús», donde usa, al pie de la letra, en honor de la monja, los versos que Garcilaso escribió en elogio del Virrey de Nápoles:

«Tú, que ganaste obrando

un nombre en todo el mundo

y un grado sin segundo,

ahora estés atento, solo y da do…»

Y el alcalaíno repite, sin aparente empacho, refiriéndose a Santa Teresa:

«...tú, que ganaste obrando

un nombre en todo el mundo

y un grado sin segundo,

ahora estés ante tu Dios postrada…»

Una apropiación tan franca y literal que, como tantas otras, traspasa las sospechas del plagio para erigirse como un explícito homenaje garcilasiano, pues sabido es que los versos del toledano eran moneda corriente entre los cultos.

Por lo que se refiere al presunto plagio a Valdivielso —«peñascosa pesadumbre»—, ¿estaríamos ante un caso similar de velado homenaje? A este respecto hay que considerar que Valdivieso era amigo de Cervantes, capellán de su protector, el cardenal de Toledo Don Bernardo Sandoval y Rojas, así como contertulio en la academia literaria de Buenavista. De modo que todo induce a pensar que la apropiación fue con conocimiento y consentimiento, y, como diría un jurista, con consentimiento no hay delito.

Por lo demás, en las reuniones de las academias literarias era práctica habitual la lectura de manuscritos inéditos, y ¿quién nos asegura que la expresión «peñascosa pesadumbre» no fue vertida por Cervantes en una lectura del Persiles y tomada posteriormente por Valdivieso?

Todo queda abierto a la especulación, aunque lo cierto, cronómetro en mano, es que el primero en publicar «peñascosa pesadumbre» no fue nuestro querido Cervantes como creíamos hasta ahora, sino otro autor del parnaso toledano. La búsqueda de la Verdad tiene estas cosas.n