La Opera Nacional de Moldavia, que actuó el domingo en el Palacio de Congresos de Toledo, hizo bien su trabajo y gustó al público asistente que premió con sus aplausos los amables saludos de músicos y cantante
La Opera Nacional de Moldavia, que actuó el domingo en el Palacio de Congresos de Toledo, hizo bien su trabajo y gustó al público asistente que premió con sus aplausos los amables saludos de músicos y cantante - ABC
CRÍTICA

La ópera llega a la gente

Este domingo hemos visto en el Palacio de Congresos El Greco «Cavalleria rusticana» de Mascagni, con un aperitivo de grandes coros de ópera, donde se ha desgranado una selección de piezas, excesivamente obvias, perfectamente reconocibles por el público, aunque no sea experto

TOLEDOActualizado:

Hay que acercar la ópera a la gente, y así la gente se irá acercando a la ópera. No es cultura de élite, ni mucho menos. Y está bien que salga de los grandes teatros con carísimas escenografías, que están muy bien y a mí me gustan mucho. Incluso con ingenio hemos podido ver La Bohème recientemente representada en una nave industrial en Palo Alto de Barcelona, una producción que ya antes había sido estrenada en Bilbao en un garaje. Por eso ver una ópera en el recinto del Palacio de Congresos El Greco de Toledo está muy bien, aunque el escenario se construyera pensando en las musarañas y carezca de foso para los músicos, de concha acústica y de una caja escénica en condiciones.

Este domingo hemos visto en el Palacio de Congresos El Greco «Cavalleria rusticana» de Mascagni, con un aperitivo de grandes coros de ópera, donde se ha desgranado una selección de piezas, excesivamente obvias, perfectamente reconocibles por el público, aunque no sea experto: el Coro de los hebreos de «Nabucco», un afamado vals de «Eugin Oneghin», el celebrado coro de «Danzas del príncipe Igor», el aria con coro de Mefisto de «Fausto», el preludio de «La Traviata», el coro de los gitanos de «Il Trovatore», el aria de Escamillo y el coro y orquesta del acto 4º de «Carmen»”. Todo un compendio operístico para no dejar a nadie descontento, pues quien no tararea una, tararea otra y quien no tararea ninguna dirige todas con la mano, como mi vecino de asiento.

Todo a pedir de boca. Firmaba el espectáculo la Ópera Nacional de Moldavia, si bien es cierto que en el programa que Artes Escénicas y Musicales de Castilla-La Mancha entrega a los espectadores (pues están en la red de teatros) se puede leer «Orquesta, Coro y solistas internacionales invitados», lo que no termina por aclarar mucho la cuestión del origen.

El hecho es que la orquesta sonaba muy bien, especialmente las cuerdas, muy bien empastadas y afinadas; y digo las cuerdas, pues dada la ubicación de los músicos que exige lo exiguo del espacio, cuando tocan los vientos, las cuerdas no las oyen ni los de la segunda fila. El coro, diez hombres y diez mujeres, cantaba de maravilla, con buenas voces y una afinación exquisita. Todo esto en la primera parte. El público se ha ido muy satisfecho al descanso, a los desangelados pasillos del palacio, a los que no debió llegar los fondos para decorarlos mínimamente.

La segunda parte, ya con escenografía, se ha representado «Cavalleria rusticana», con música de Pietro Mascagni y libreto en italiano de Giovanni Targioni-Tozzetti y Guido Menasci. Fantástica la música; conocida y preciosísima -sobre todo el bellísimo intermezzo-. La historia, en cambio, atrabiliaria y hoy fuera de lugar; pero el arte hay que comprenderlo en su contexto y no en el nuestro y esta obra se estrenó hace ciento treinta años. Ni qué decir tiene que la obra, ambientada en la Sicilia profunda, gira en torno a la fuerza y sentimiento de la «mamma» protectora, el machismo evidente, la presión social, el honor y la deshonra, la religiosidad excesiva y la venganza sangrienta. Pero no importa el tema; entre que se canta en italiano, que los moldavos no vocalizaban bien el idioma, y que la traducción en sobretítulos era bastante mejorable, salvo quien conozca la historia, nadie se podía enterar del fondo de lo que se cuenta. Sin embargo, la música es tan hermosa, tan emocionante, tan llena de sentimiento, que no importa la ignorancia.

Una ópera es música, canto y representación, es decir dramaturgia sobre una escenografía. De la música salieron airosos los moldavos, tocaron muy bien y cantaron con gusto y con muy buena técnica, especialmente las voces femeninas. En la representación es lógico que algunos sobreactuaran y otros fueran bastante inexpresivos. En lo escenográfico, con las técnicas audiovisuales que hay hoy, me pareció que hace falta más imaginación y menos cartón piedra, que en el siglo XXI es más importante la sugerencia que un realismo que no aporta mucho al espectáculo.

Bienvenida sea la ópera a cualquier tipo de escenario. No estaría de más que el patronato del Teatro de Rojas trabajase también la imaginación, como en Bilbao o Barcelona, y llevara la ópera, y también el teatro, a un garaje, a una nave industrial o a un pabellón polideportivo, el caso es salir de lo trillado.

En suma, la Opera Nacional de Moldavia hizo bien su trabajo y gustó al público asistente que premió con sus aplausos los amables saludos de músicos y cantantes.

Antonio Illán Illán, escritor y poeta
Antonio Illán Illán, escritor y poeta