Escultura dedicada al Papa Luna en Peñíscola (Castellón), donde acabó su vida
Escultura dedicada al Papa Luna en Peñíscola (Castellón), donde acabó su vida
Historia

El Papa Luna: terco hasta aburrir a su rey, a un santo y a un emperador

Su «baturra» obstinación le valió a Benedicto XIII la excomunión, ser declarado hereje y antipapa

ZaragozaActualizado:

Aislado, sin respaldo del poder civil, excomulgado, declarado hereje y antipapa. Así murió Benedicto XIII el 23 de mayo de 1423, el conocido popularmente como el Papa Luna. Pasó a la historia no solo por su posición protagonista durante el Cisma de Occidente que dividió a la Iglesia Católica sino por su terquedad. Una obstinación que acabó exasperando a reyes y hasta a un santo, y que inspiró la popular expresión «mantenerse en sus trece».

Pedro Martínez de Luna y Pérez de Gotor vino al mundo el 25 de noviembre de 1328, en el seno de uno de los linajes nobles más conocidos de la época. Nació en el castillo familiar de Illueca (Zaragoza). De reconocida inteligencia y de cultivada sabiduría, dirigió sus pasos hacia la carrera eclesiástica, en la que prosperó y con la que también influyó en la política del momento. Decisiva fue su influencia en el Compromiso de Caspe que resolvió la sucesión de la Corona de Aragón y elevó al trono Fernando de Antequera (Fernando I de Aragón).

Uno de los compromisarios de Caspe fue el famoso predicador -y santificado tras su muerte- Vicente Ferrer. Éste se mantuvo fiel a Benedicto XIII durante gran parte del Cisma de Occidente, pero acabó dándole la espalda, harto de la terquedad del Papa Luna.

La cabezonería de Benedicto XIII se convirtió en legendaria y en irritante para quienes se esforzaron -y no fueron pocos- en buscar una salida que solucionara el tremendo cisma que dinamitó a la Iglesia Católica durante años, desde 1378 hasta la elección de un pontífice de consenso en noviembre de 1417.

Pedro Martínez de Luna se había convertido en papa en la obediencia de Aviñón en el año 1394. Se mantuvo firme en defensa de la legitimidad de su papado hasta su muerte. Eso hizo que conviviera con los papas que coprotagonizaron el cisma, que fueron varios: Bonifacio IX, Inocencio VII y Gregorio XIII -quienes se sucedieron en el otro bando del Cisma de Occidente- y con Alejandro V y Juan XXIII, quienes a su vez se sucedieron tras el Concilio de Pisa.

Es decir, durante años la Iglesia Católica llegó a tener papas a la vez, y los tres enfrentados entre sí. Y uno de ellos fue siempre el aragonés Benedicto XIII.

Intervención de reyes

Aquello dividió también al poder político del momento. Unos reyes apoyaban a un pontífice, otro prefería respaldar a otro papa. Al final, agotados por tanta división y tan prolongada, se buscó una solución auspiciada por la Corona de Aragón y por el Imperio germánico. La salomónica salida pasaba por apartar del papado a todos los que decían ostentarlo, y buscar otro nombre con el que acabar con los bandos que estaban dividiendo a la Iglesia.

Al final, ese apaño necesitaba que se renunciaran a sus posiciones los tres que en ese momento sostenían que eran los papas legítimos: Benedicto XIII, Juan XXIII y Gregorio XII. Este último aceptó renunciar; con Juan XXIII el poder civil que se conjuró para acabar con el Cisma tuvo que ser algo más expeditivo y acabó bajo arresto. Y, despejados esos dos nombres, solo faltaba la renuncia de Benedicto XIII.

Pero el Papa Luna exhibió una terquedad que sacó de sus casillas incluso a su rey, al aragonés Fernando I. Éste citó a Benedicto XIII en Morella (Castellón) para intentar convencerle, con la ayuda de Vicente Ferrer. Allí quedaron, en julio de 1414. Pero el Papa Luna se negó en redondo a renunciar a su condición de papa.

Luego, con el concurso del rey aragonés, el emperador germano Segismundo lo intentó de nuevo. Se entrevistó con el Papa Luna en Perpiñán (Francia), pero también él pinchó en hueso.

El «pasotismo», la solución final

Harto Segismundo, harto Fernando I y exasperado el propio San Vicente Ferrer, optaron por «pasar» de Benedicto XIII, hacerle el vacío. Se eligió a un nuevo pontífice de consenso, Martín V. Con él se dio por resuelto el Cisma de Occidente y salvada la unidad de la Iglesia Católica. Fue en noviembre de 1417. Y, vista la obstinación del Papa Luna, optaron sencillamente por dejarle que siguiera erre que erre con sus tesis, pero sin hacerle el más mínimo caso. Para que se explayara en sus postulados, se le dejó que lo hiciera en el aislamiento de Peñíscola, mirando al mar.

Seis años más vivió Benedicto XIII insistiendo en que era el único papa legítimo. Pero ya nadie le hacía caso, salvo su reducido núcleo de seguidores que se mantuvieron fieles con él en Peñíscola. Esa morada de aislamiento había sido un castillo templario. En él murió Benedicto XIII el 23 de mayo de 1423, a los 94 años, una longevidad poco usual en la época. A su muerte le sucedió en su particular «papado» uno de sus seguidores, que se proclamó pontífice con el nombre de Clemente VIII. Éste, sin embargo, fue muchísimo menos terco y acabó por renunciar en 1429, poniendo fin definitivamente al pulso que había entablado en vida el Papa Luna.