Lo que nunca se ha contado sobre la campaña de acoso y derribo a Adolfo Suárez

El libro «Suárez. Acoso y derribo», del periodista Emilio Contreras, relata las conspiraciones, las traiciones y el cerco al primer presidente del Gobierno de la democracia contados por primera vez por sus colaboradores más cercanos

MadridActualizado:

La próxima semana sale a la venta el libro «Suárez. Acoso y derribo» ( La Esfera de los Libros), del periodista Emilio Contreras, quien relata las conspiraciones, las traiciones y el cerco al primer presidente del Gobierno de la democracia. Sus colaboradores más cercanos han contado por primera vez quiénes y por qué intrigaron contra él hasta lograr que dimitiera. Publicamos una selección de fragmentos de la obra.

La deslealtad de Carmen Díez de Rivera

Carmen solo estuvo en Moncloa diez meses y diez días. Una vez legalizado el Partido Comunista quedó despejado el camino hacia las primeras elecciones generales y, a partir de ese momento, comenzó su disidencia. Ella creía sinceramente que la misión de Adolfo Suárez debía terminar ahí, y se oponía frontalmente a que se presentara como candidato. Estaba convencida de que en las primeras elecciones democráticas era imprescindible dar una imagen de limpieza que exigía eliminar la más mínima sospecha de aprovechamiento interesado por el Gobierno de los resortes del poder. Así se lo hizo saber al presidente con toda claridad e, incluso, con crudeza.

Suárez la escuchó con respeto y le ofreció todas las garantías de que las elecciones serían limpias, pero no logró convencerla. Al comprobar que Suárez no aceptaba su opinión, Carmen comenzó a criticarle a espaldas suyas. Desde su despacho oficial hablaba por teléfono con miembros de la oposición, como el liberal Antonio de Senillosa o el socialista Enrique Tierno Galván, en cuyo partido luego militó, y con otros dirigentes de la izquierda, vertiendo contra su jefe duras críticas y palabras de desprecio político. En ocasiones, subía el tono de voz con el efecto de ser oída por quien ocupaba el despacho de al lado, que acto seguido informaba al presidente. También se detectaron informaciones publicadas en la prensa que únicamente podían salir del círculo íntimo de colaboradores del presidente.

Al principio, Suárez se negó a aceptar que tal deslealtad pudiera ser cierta. Transcurridos varios días, uno de sus colaboradores le presentó una prueba concluyente. Con la participación de un miembro de los servicios de Inteligencia que se había incorporado a la Moncloa, se intervinieron los teléfonos de Carmen y se grabaron sus llamadas en las que se le oía decir cosas tales como: «Con estos de la derecha ya no se puede seguir; cómo no les da vergüenza; lo quieren organizar todo desde el poder; aquí ya no se puede estar porque Adolfo sigue siendo un franquista».

Con decepción y tristeza, Suárez escuchó esas y otras afirmaciones grabadas y el 13 de mayo de 1976 comunicó a Carmen Díez de Rivera el cese como directora de su gabinete.

Fernando Abril: «Adolfo es un arroyo seco»

Un día de finales de abril de 1980 Fernando Abril, vicepresidente del Gobierno, llamó a Alberto Recarte. «Vente a verme», le dijo y el joven asesor de Suárez acudió convencido de que iban a hablar de algún tema económico delicado. Pero su sorpresa fue mayúscula, porque cuando Fernando Abril le recibió no se anduvo con rodeos y, con su estilo claro, directo y cortante, le planteó el relevo de Suárez. «Adolfo ha hecho más que nadie por este país pero ya es un arroyo seco por el que no corre nada, y no hay más remedio que sustituirle -le espetó-. Todos los que le rodean son unos inútiles y el único que se salva eres tú, y eres el único de su entorno en el que yo confío. Hay que sustituirlo y la única persona que puede sustituirlo soy yo», insistió Abril. «Y añadió una serie de argumentos que me sorprendieron», recuerda Recarte.

«Me quedé perplejo -continúa- y tras escucharle me fui directamente a La Moncloa. En el trayecto en el coche tomé notas de lo que acababa de oír para recordarlo en los términos más precisos». Treinta y cinco años después, Recarte conserva los dos folios con las notas, doblados y amarillentos, con el membrete de la Presidencia del Gobierno.

«En cuanto llegué a La Moncloa me fui a ver al presidente -prosigue Recarte- y le conté todo sin omitir un detalle. Adolfo Suárez me escuchó en silencio y le cambió la cara cuando oyó lo que le decía. Subió a su residencia privada, y allí estuvo dos días sin bajar a su despacho».

Se desmonta una falsa creencia muy extendida

Es creencia generalizada que la decisión de legalizar al Partido Comunista se hizo sin que tuviera conocimiento previo de ella la cúspide de las Fuerzas Armadas y a espaldas suyas. Pero, según relata el general Andrés Casinello, tal creencia es falsa y «hay una prueba documental» de que lo sabía. «Como director del SECED -recuerda- yo informé personalmente y con antelación de que la legalización del PCE se iba a producir, aunque desconocía la fecha concreta, al ministro del Ejército, general Félix Álvarez Arenas; al de Marina, almirante Gabriel Pita da Veiga, y al del Aire, general Carlos Franco Iribarnegaray. Los tres lo sabían».

«Queda claro -insiste- que los ministros militares conocían el propósito del gobierno de legalizar el Partido Comunista, no solo porque yo se la había adelantado con anterioridad verbalmente, sino porque en la tarde del día 8 de abril de 1977 recibieron por escrito las razones del gobierno para hacerlo».

El hombre de la Unión Soviética en la sombra

Suárez siempre tuvo la sospecha de que la Unión Soviética era la que en último extremo movía los hilos de la organización terrorista ETA dentro de su estrategia de provocar la inestabilidad en España y beneficiar sus intereses estratégicos en los años de la guerra fría. Estaba convencido de que el terrorismo etarra arreciaba cada vez que el gobierno español o el partido que lo apoyaba, UCD, hablaban del ingreso de España en la OTAN, y le obsesionaba la posibilidad de que una potencia tan poderosa como era la Unión Soviética controlara de forma más o menos disimulada al Partido Comunista de España. «Aunque esta sospecha nunca pudo demostrarse», afirma el general Casinello.

Adolfo Suárez contó en una ocasión en la casa de Fernando Alcón en Ávila, que a finales de marzo de 1978 el secretario general del PCE, Santiago Carrillo, le había comentado que iba a pasar las vacaciones de Semana Santa en Rumania invitado por su amigo Nicolás Ceausescu. Pocos días después, cuando Carrillo llegó al aeropuerto de Barajas para tomar el avión a Bucarest, Suárez, que estaba advertido del día y la hora de su salida, le hizo una llamada telefónica a la sala de autoridades, donde se encontraba el dirigente comunista a la espera de embarcar.

Cuando se puso al teléfono, Suárez le dijo que le llamaba únicamente para saber quién era el dirigente de su partido que le iba a sustituir en su ausencia para poder establecer contacto con él en el caso de que fuera necesario. Carrillo, alarmado, le preguntó si había algún problema con los militares. El presidente le tranquilizó y le dijo que solo se trataba de una simple cuestión formal.

-Supongo que será Simón Sánchez Montero -añadió Suárez como quien dice una obviedad.

-¡No!, Romero Marín -le respondió Carrillo con la velocidad del relámpago.

Cuando Adolfo Suárez colgó el teléfono pensó que Carrillo había caído en la trampa y le había suministrado una información que vino a confirmar sus sospechas. Al terminar la guerra civil, Francisco Romero Marín se había refugiado en la Unión Soviética, donde recibió formación castrense. Se le consideraba un hombre de toda confianza y posiblemente miembro del NKVD, antecesor del KGB.

Miguel Herrero de Miñón, el ariete

Miguel Herrero de Miñón encabezó la operación de acoso y derribo contra Suárez, golpeó con el ariete los portones de UCD hasta abatirlos y contribuyó a la dimisión del presidente del gobierno. No solo asumió el liderazgo en el interior del partido y del grupo parlamentario -clave para que tuviera éxito- sino también en los medios de comunicación y en diversas tribunas públicas.

Pero su papel más importante lo jugó en 1977 y 1978, cuando fue uno de los llamados siete «padres de la Constitución». Todos ellos eran diputados y fue justamente por esta condición por la que recibieron el encargo de redactar el texto. Redactarlo entraba en sus atribuciones y, por lo tanto, también en sus retribuciones como parlamentarios.

Pero a Miguel Herrero éstas no le parecieron suficientes y pidió personalmente al presidente del Gobierno una compensación económica porque, le dijo, ese trabajo le exigía una dedicación que iba más allá de la que requería su condición de diputado, y suponía una merma en sus ingresos al restarle tiempo para cumplir con otros compromisos profesionales. Le propuso la cantidad de 500.000 pesetas, que Suárez aceptó sin discutir y que le fueron entregadas en mano con cargo a la partida de fondos reservados.

La persona que en la presidencia del Gobierno se ocupaba de administrar estos fondos, y que fue la que le hizo la entrega de esa cantidad, le pidió un justificante de este pago y Miguel Herrero le firmó un recibo por ese importe del que se dio conocimiento al interventor delegado de Hacienda en la Presidencia, Ramón García Mena, y al oficial mayor, Agustín Robledo, como se hacía habitualmente con todas las cantidades que salían de esta partida presupuestaria.

«Cuidado con Armada, que está en el asunto»

Francisco Laína, director de la Seguridad del Estado, había sido advertido la tarde del 23-F desde el palacio de La Zarzuela por el general Sabino Fernández Campo del comportamiento de Alfonso Armada: «Mucho cuidado con Armada, que está metido en el asunto, me dijo antes de las ocho de la tarde». Esa advertencia se la hizo Fernández Campo solo hora y media después de que Tejero entrara en el Congreso de los Diputados, porque el coronel Gómez López le había transmitido la información que le había suministrado Andrés Casinello, jefe de los servicios de Información de la Guardia Civil.

Cuando el general Armada entró en el despacho del director de la Seguridad del Estado, el Rey ya había hablado por televisión y Francisco Laína, que le estaba esperando acompañado por el subsecretario de Interior, Luis Sánchez Harguindey, pidió al gobernador civil de Madrid, Mariano Nicolás, que se quedara porque quería tener testigos de lo que se hablara en ese encuentro. Armada llegó con su ayudante, un comandante que llevaba ostensiblemente una pistola al cinto:

-Usted haga el favor de marcharse -ordenó Laína al ayudante, que apenas había traspasado el quicio de la puerta. El comandante salió.

Armada fue directamente al grano: «El Rey se equivoca. Éste es un asunto entre militares y lo tenemos que resolver entre militares», afirmó. «Y me pidió -recuerda Laína- que ordenara a la Guardia Civil y a la Policía que se unieran a esa solución “entre militares”». Le estaba pidiendo nada menos que, como máxima autoridad del Ministerio del Interior en ese momento, ordenara a las Fuerzas de Orden Público que se sumaran al golpe. La respuesta del director de la Seguridad del Estado fue contundente:

-Tu comportamiento es desleal, porque cuando yo hice las Milicias Universitarias me enseñaron que al jefe hay que seguirle hasta la muerte, y tu jefe es el Rey. Y lo que tienes que hacer es obedecer al Rey.

Tras escuchar el rechazo frontal a su propuesta, recuerda Laína, el general Armada «se desfondó y su rostro se convirtió en el de un hombre vencido y hundido. Era la imagen de la derrota».