La Ertzaintza impide el paso a los manifestantes que intentaron boicotear el acto de Rivera - EFE

Hughes cuenta desde dentro el acoso que sufrió Ciudadanos en Rentería: «Mira, hijo, unos fascistas»

De los edificios de la plaza colgaban grandes lazos amarillos y había mensajes de apoyo a los presos. Antes del acto los edificios hablaban. Salían voces de ventanas cerradas. «Mierdas, fuera de aquí. Policías cobardes». Luego salieron personas con cacerolas

RENTERÍA(GUIPÚZCOA) Actualizado: Guardar
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Lo difícil no era tanto entrar como conseguir salir. Rivera ya había abandonado la plaza en su coche de lunas tintadas y la Ertzaintza se había tenido que emplear para abrirle hueco. Esto soliviantó aun más a los que rodeaban la Plaza de los Fueros, un comité de bienvenida formado por vecinos del pueblo y juventudes abertzales.

Allí quedaban, rodeados, los simpatizantes naranjas. Tampoco es que la entrada hubiera sido normal. A C's lo votaron más de 600 personas en Rentería en 2016. Algo más del 3%. Las previsiones (el Sociómetro vasco) hablan de un aumento de más del 4% en las próximas. Pero las sillas del público estaban vacías diez minutos antes de comenzar el acto.

¿Dónde estaban esos votantes? Las dos formas principales de acceder estaban acordonadas por la Ertzaintza, los radicales esperaban gritando. Había una vía libre y por allí llegaron de repente escoltados y liderados por Felisuco, como un batallón cívico. Cuando cogieron sus banderas españolas y europeas los ánimos se encresparon. Cada movimiento de una bandera generaba algo visceral, era como el agua para los Gremlins.

De los edificios de la plaza colgaban grandes lazos amarillos y había mensajes de apoyo a los presos. Antes del acto, los edificios hablaban. Salían voces de ventanas cerradas. «¡Mierdas, fuera de aquí! ¡Policías cobardes!». Luego salieron personas con cacerolas. Un señor fuera de si se agarraba los testículos y los ofrecía a los presentes como a punto de hacer balconing tirando de ellos. Era la España de los otros balcones y a ella se dirigía Rivera, que demostró reflejos cuando detectó, entre todos, uno del que salía una muchacha que aplaudía tímidamente sus palabras. Le hizo llegar una pulsera naranja. Los radicales insultaban a Rivera mientras le grababan con el móvil. Se percibía en ellos una irreprimible fascinación cuando le vieron bajar del coche.

Para Pagazaurtundúa, el acto estaba siendo «un paseo, mucho mejor que lo de la Autónoma», aunque lo difícil iba a ser salir. Se fueron los oradores, pero quedaban sus votantes y en el pueblo comenzaba otro acto por la República. Banderas independentistas catalanas, banderas de euskal presoak, banderas del País Vasco, banderas Antifascistas y banderas republicanas. Había hasta una pirata fusionada con una ikurriña. Todas las imaginables menos una. Un afiliado de C's se había quedado agarrado a una española y un individuo corrió hacia él con los modos de un placaje de rugby. Un Ertzaina tuvo que pararle los pies. La sola aparición de una enseña se considera una provocación inadmisible que activa un resorte violento y exige la intervención de las fuerzas del orden. Rodeados, entre insultos, el círculo se estrechaba y en los responsables de seguridad se notaba la tensión. ¿Cómo iban a salir? «Esa es una buena pregunta».

«Españoles, a la puta España»

La Ertzaintza (cuatro furgones) abrió el hueco, sonó incluso el ¡pum! de un disparo o un petardo. «Ahora, rápido». Los de Ciudadanos empezaron un paseíllo a paso ligero para salir del centro del pueblo entre insultos, amenazas y algún escupitajo. «Iros a Madrid», «Pijos», «Españoles, a la Puta España» y sobre todo el grito de «Fascistas». «Fascistas kanpora (fuera)». En indescriptible pasacalles, una banda local tocaba el «Ay, Carmela». Cuando por fin llegaron a los autobuses, una vecina del pueblo se acercó con un niño de la mano y señalando a los que a toda prisa subían al vehículo dijo: «Mira, hijo, son fascistas, diles fascistas». Y el niño, apenas un bebé, repetía: fascistas. «El nacionalismo es aquí la forma de socialización», decía un simpatizante de C's. Pero eso era casi una forma de alfabetización.

Los llamados fascistas subieron al autobús y había más gente que asientos. Había que ir saliendo rápido para ser llevado a San Sebastián. «Siéntense en los escalones y agárrense». Ya en la carretera se vio a Rivera despidiéndose de Pagazaurtundúa en medio de una rotonda, como si hubieran pinchado una rueda. Era algo que no podían hacer en el pueblo en el que ella había pasado la infancia. Al pasar al lado, el autobús prorrumpió en aplausos. Ciudadanos salió de Rentería como si fueran toreros malos en una fiesta ancestral y brutal.

Despedidos al grito «Fuera de nuestra casa», algunos, capitaneados por Felisuco, si venían de «provincias aledañas», pero entre ellos había muchos vascos. Un autobús lleno. Incluso alguno que trabaja en Rentería y que, orgulloso, respondía en euskera a los insultos. «Soy de aquí, soy de aquí».

Rentería se ha considerado el modelo bueno frente a Alsasua. Su alcalde, de Bildu, Julen Mendoza, ha realizado alguna declaración en la línea del llamado «proceso de paz», pero respondió a la convocatoria del acto con un «no caigamos en sus provocaciones». La idea que debe quedar clara, sin embargo, es que las 600 votantes de Cs no accedieron al mitin con normalidad. Hay serias dudas de que asistieran. Los que llegaron lo hicieron escoltados y en autobús. ¿Dónde estaban esos vecinos? «La paz es superficial», explicaba un afiliado ya en el autobús. «Es paz mientras no les contradigas y mientras no vean que tu opción puede ser alternativa».

A Savater: «Tonto, tonto»

Ciudadanos transmitía algo subversivo, como si fuera a alterar el orden establecido. Eran tratados como provocadores, extranjeros y fascistas. Cuando Fernando Savater tomó la palabra gritaron «Tonto, tonto». Así respondían al filosofo. Había algo de melancolía y de pedagogía imposible que quedó claro cuando Maite Pagaza se dirigió a los boicoteadores con un «¡Tenéis que leer a Hannah Arendt!».

Pero sus argumentos son otros. En las horas previas, los grupos Sortu y Ernai, juventudes radicales, hablaron de recibir a la «extrema derecha» y al «trifachito», palabras que les ha dedicado la izquierda española y el PSOE (Susana Díaz lo acuñó en Andalucía). El muestrario ideológico exhibido no era tan diferente. Hubo algún «Viva la República» y una joven hacía el triángulo feminista como Carlos Jesús.

Si uno paseaba horas antes por Rentería corría el riesgo de ser engañado por la normalidad. En los últimos años se ha convertido en el municipio de España que más dinero dedica a los servicios sociales. Bildu tiene el ayuntamiento y tiene la calle. Los constitucionalistas tienen que ser protegidos policialmente cuando van a apoyar una ley que tiene instalado en el poder a Bildu y al PNV. En Rentería, más que nada, se reveló esa inversión de términos. Lo subversivo es defender la constitución. El orden establecido vive de ella y se perpetúa negándola. Un simpatizante de Ciudadanos, tan resignado como habituado, lo dejó escapar llegando a San Sebastián: «En cierto modo, es como si los constitucionalistas fueran ellos».