La inmigración argelina sobrepasa Murcia y se triplica en la provincia de Alicante

De 14 pateras en todo 2016 se ha pasado a 49 con 356 ocupantes, 60 llegados el pasado fin de semana

MadridActualizado:

«Interceptada una embarcación en Cabo de la Nao con diez inmigrantes llevados al puerto de Denia. Se desconocen más datos». Este escueto mensaje en papel oficial dio cuenta el 7 de julio de 2012 de la llegada de una de las primeras pateras al litoral de Alicante, un fenómeno hasta entonces básicamente asociado al Estrecho y las costas orientales andaluzas –sin olvidar la crisis de los cayucos de Canarias de 2006–, que de pronto recalaba en destinos más y más al norte.

Por la nacionalidad de los ocupantes de las embarcaciones, que no son subsaharianos sino argelinos en un muy altísimo porcentaje, la inmigración que entra cada vez con más asiduidad por las costas alicantinas es la misma que está arribando de forma masiva a Murcia, a donde solo este fin de semana han sido trasladadas 534 personas –cinco más que en todo 2016– que navegaban en unas cincuenta pateras. Y la cuenta sigue.

En la provincia de Alicante, según datos aportados a ABC por la Subdelegación del Gobierno, las embarcaciones contabilizadas en lo que va de 2017 son ya 49 con 356 ocupantes a bordo, 60 de ellos en las últimas seis detectadas entre el jueves y el domingo. La cifra queda muy lejos de los números que maneja Andalucía, 700 pateras y 14.000 inmigrantes en 2017, muy por encima del doble que el año pasado. Pero en el ámbito de la Comunidad Valenciana lo que se está viendo en su provincia más meridional supone un salto muy importante con respecto a las solo 4 embarcaciones que registraron en 2015 o las 14 de 2016, que fue un año récord.

El factor del buen tiempo que asegura una navegación tranquila ha estimulado este tráfico, sobre el que ha planeado la sospecha de que viene impulsado por «barcos nodriza» capitaneados por mafias, que abandonan las pateras cerca del litoral. Nunca se ha encontrado prueba de ello. Pero la avalancha orquestada este último fin de semana deja pocas dudas sobre la entrada en acción de organizaciones criminales que trafican con seres humanos, siempre a la búsqueda de nuevas rutas donde burlar la vigilancia.

Desde Cruz Roja Alicante, que asiste en tierra a los rescatados, se alerta de que en las pateras que reciben estaba llegando gente de origen magrebí «muy joven, de 20 a 30 años», pero que ahora vienen niños «de 12, de 13 y 14 años, que se aventuran buscando un futuro en la otra orilla». Presentan, como el resto del pasaje, la sintomatología propia de una singladura «de 2 o 3 días» en malas condiciones, explica la responsable de Comunicación, Carla Vera: bajos niveles de hipoglucemia, señal de que no han comido; deshidratación, resultado también de la exposición al sol y heridas en la piel de estar sentados mucho tiempo causadas por el salitre y el combustible».

Hace tiempo, la Unidad Central de Redes de Inmigración Ilegal de la Policía comprobó que parte de los argelinos que se adentraban en estas rutas hacia Baleares y el levante español utilizaba embarcaciones con motor fuera borda compradas en cooperativa por ellos mismos, jóvenes que viajaban provistos de dinero y ropas secas guardadas en bolsas, que se ponían al tocar tierra para asearse y tratar luego de confundirse entre la gente en pueblos y ciudades.

Los otros viajeros

Con frecuencia, esas embarcaciones no han sido detectadas en el agua por los radares del SIVE –Sistema Integrado de Vigilancia Exterior– debido a su pequeño tamaño, sino una vez varadas y abandonadas en algún punto de la línea de costa levantina. Los efectos que dejan en su interior son ya característicos. «Ropas,comestibles, varias botellas de agua, un blíster de medicamento en idioma francés y árabe y dos bidones de combustible» es la descripción oficial del contenido de una patera hallada en noviembre de 2016 cerca de Santa Pola, cuyos ocupantes –como tantos – hubo que buscar después para su repatriación.

De la detención de dos de ellos en abril de este 2017, el informe policial explica que «iban indocumentados y llevaban bastante dinero húmedo, portando asimismo diversos teléfonos móviles» y que se dirigían en dirección a Barcelona para viajar posteriormente a Francia, un relato que dista mucho del que rodea a la inmigración clásica subsahariana que entra por el Estrecho y salta las vallas.