CON PERMISO

Rato o la condena de la hybris

Castigo de los dioses a la hybris griega, o némesis, cuyo efecto es devolver al individuo dentro de los límies que cruzó

María Jesús Pérez
MadridActualizado:

En la filosofía griega gustan de hacer formar parte a los seres humanos de un orden llamado cosmos, en el que no se distingue taxativamente entre lo humano y lo divino, pero en el que sí se reconocen a sí mismos distintos a la divinidad. Se saben limitados, mortales y, por supuesto, no omnipresentes. Pero ¡ay! al ser conscientes de su mortalidad, y sabedores de sus propios límites, conocen la existencia posible de la transgresión. Deseando más allá de lo ordenado para lograr equipararse a la condición de dioses mediante el ego narcisista. Ya que uno llega donde llega...

En la antigua Grecia lo tenían claro. En la palabra «hybris» encuentran la explicación. El estado de ausencia de mesura, de transgresión mayor, en el que ninguno de los seres humanos debería caer pero en el que desgraciadamente más de uno cae. Porque la desmesura designa el hecho de desear más que la justa medida que el destino asigna. Y, ¡que casualidad! (¿o causalidad?, eterna duda) quienes caen en la «hybris» son aquellos encargados de gobernar. Aquellos que pecan por la llamada «pleonexia», motivación insacible del que siempre quiere tener más. Aunque generalizar, ya saben, ni es lo correcto, ni la verdad absoluta.

Ejemplos, muchos. Algunos (no todos, por supuesto) entre los que gobernaron (¿saquearon?, la justicia está en ello) las extintas cajas de ahorro. Ocaso de unas entidades que empezó con su regulación, cuando el PSOE aprobó en 1985 la LORCA, de la que solo se cumplió plenamente uno de sus tres objetivos: la democratización de sus órganos de gobierno, en definitiva, la entrada a saco, cual bárbaro en Roma, de TODOS los partidos políticos de la época y de los sindicatos mayoritarios en la asamblea general y el consejo de administración. Nido de futuros transgresores con ínfulas de dioses... Sin generalizar, claro está.

Rodrigo Rato tenía todo a su favor para llegar al Olimpo de los dioses sin transgredir el orden. Subió a las alturas, para caer después a plomo, cuál crepúsculo de los dioses. Considerado como «el mejor ministro de Economía de la democracia», estuvo en la terna de sucesión a su jefe, José Mª Aznar, al frente del PP. Único superviviente de aquel que podría haber sido el naciente primer Gobierno de Rajoy -malogrado por los atentados del 11-M de 2004-, fue elevado a lo más alto del panorama internacional, con rango de jefe de Estado al frente del FMI. Tres años después, volvió a España. Los «suyos» le colocaron al frente de uno de los «nidos»: Caja Madrid, luego Bankia, cuyo desastre final deja en evidencia ese espléndido currículo y le deja enredado en un periplo judicial del que ya tiene su primera condena: cuatro años y medio de cárcel por las tarjetas «black»... Castigo de los dioses a la «hybris» griega, o némesis, cuyo efecto es devolver al individuo dentro de los límites que cruzó. Rato queda ya como símbolo de la falta de madurez del político español incapaz de comprender que detrás de un cargo de Estado está la obligación de servicio público. Nunca un afán de poder... ni de lucro.

María Jesús PérezMaría Jesús PérezRedactora jefeMaría Jesús Pérez