Do you speak English, Capello?
Fabio Capello - afp
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Do you speak English, Capello?

El general italiano deja la selección por su incapacidad de entender y de expresar la cultura del fútbol inglés

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Puede uno apostar la vivienda y todas las reses del rancho a que Luis Suárez apenas entendió lo que Steve Gerrard le dijo en un aparte después de que se negara el sábado a dar la mano a Patrice Evra, en el ritual que pretende alentar deportividad y que fomentó esta vez más rencores. ¿Entiende Suárez el inglés scouse de Liverpool en un estadio alborotado cuando necesitó intérprete ante los abogados que investigaron sus insultos racistas? Cuando, en el enero nevado de 2004, José Antonio Reyes fue presentado como «cañonero» en el Arsenal, Arsène Wenger dijo que no le preocupaba su desconocimiento del inglés. «El idioma del fútbol es universal», afirmó el entrenador políglota. El utrerano marcó un gol en propia meta en su primer partido y ya nunca se integró.

Wenger abrió el apetito de la afición inglesa por un fútbol más tecnificado, pero el primer extranjero que ocupó el banquillo de un gran club inglés, Josef Venglos en el Aston Villa, fue cesado tras su primera temporada, 1990-91. Cambió métodos de entrenamiento e intentó educar a sus jugadores en el cuidado de su dieta, pero su inglés era elemental. Achacó su fracaso a la comunicación deficiente. Lo mismo puede decirse del paso de Juande Ramos por el Tottenham.

Parece más fácil que un jugador supere las barreras del idioma y de las costumbres que lo haga un entrenador. Por eso, aunque los porcentajes de partidos ganados por Fabio Capello como seleccionador son mejores que los de sus predecesores, su marcha ha sido esta semana el adiós antipático en una relación basada en la conveniencia más que en la mutua estima. Desde que Bobby Robson llevase a Inglaterra a una semifinal contra Alemania en la Copa del Mundo de 1990, tras sobrevivir a revelaciones escabrosas en periódicos que hacen su negocio con el morbo de sus lectores hacia los personajes públicos, los seleccionadores —salvo Kevin Keegan, que se marchó confesando que le faltaba formación profesional para la tarea— han caído porque la Prensa se cebó con su personalidad tras un mal resultado.

Graham Taylor cayó cuando un documental le filmó quejándose a un linier de que las decisiones del árbitro podían costarle su empleo. Terry Venables, por la turbiedad de sus negocios. Hoodle, por sus teorías extravagantes sobre la reencarnación. Eriksson, por mujeriego y por su indiferencia ante el culebrón de las esposas de los futbolistas en las concentraciones. Y Steve McClaren, por cubrirse de la lluvia con un paraguas mientras Inglaterra perdía calamitosa en Wembley.

El italiano selló su descrédito respondiendo en un inglés ininteligible tras la eliminación en Sudáfrica

Capello prometió aprender inglés cuando la FA lo fichó en 2007 y tiene un currículum incontestable. Cometió errores técnicos, como someter a sus jugadores a una semana de intensa carga física antes de la Copa del Mundo de Sudáfrica y apuntillarlos en una concentración tediosa y marcial en la remota Rustenberg. Pero selló su descrédito respondiendo en un inglés ininteligible a preguntas que le traducían, tras la eliminación (4-1) por Alemania.

Ha mostrado como colofón una chocante falta de sintonía con su entorno, haciendo de la designación de un puesto trivial, el de capitán, una cuestión de principios; incapaz de comprender que no puede serlo un procesado por racismo, John Terry, en el fútbol inglés de hoy. A cuatro meses del Euro 2012, Inglaterra no tiene seleccionador. Apostar por un nuevo fracaso sería temerario, porque ha recuperado uno de sus signos de identidad más estimulantes, el de la banda de chiflados que tiene todo en su contra.