Inglaterra, campeona de tiro al seleccionador
Glenn Hoddle, Kevin Keegan, Goran-Sven Eriksson y Stve McClaren, los cuatro desafortunados predecesores de Fabio Capello al frente de Inglaterra - abc
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Inglaterra, campeona de tiro al seleccionador

Unas declaraciones de Glenn Hoddle contra los discapacitados comenzaron una costumbre inglesa que se cobra con Capello su última víctima: la de destrozar a sus seleccionadores de fútbol

miguel muñoz
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Glenn Hoddle dejó para la historia del deporte una reflexión religiosa que le costó el desprecio de todo un país: «Yo he nacido con dos manos, dos piernas y un cerebro que funciona bien. Hay gente que no nace así por una razón, porque el karma trabaja desde las vidas pasadas. No se trata solo de ser discapacitado, sino de recoger lo que has sembrado». Lo soltó en una entrevista concedida al diario «The Times» el 30 de enero de 1999, cuando era el seleccionador de fútbol de Inglaterra. Dos días después había dejado el cargo. Según una encuesta de la BBC, el 90% de los británicos pidieron su cabeza. El mismísmo Tony Blair, por aquel entonces primer ministro, le criticó públicamente.

Paradójicamente, Hoddle concedió aquella entrevista tratando de limpiar su imagen pública. Hasta entonces se le había criticado por la mala actuación en el Mundial 98, donde Inglaterra cayó en octavos. Tras aquellas declaraciones, la ola de ultracorrección política que invadió el país hizo imposible su permanencia, pero en parte logró su objetivo: ya nadie hablaba mal de él por sus resultados deportivos. Además de enfadar a minusválidos de todo el mundo y gran parte del público británico, Hoddle inauguró una tradición que el fútbol inglés mantiene desde entonces: la destrucción sin cuartel de sus seleccionadores.

Fabio Capello es una víctima menor si se compara con las caídas en desgracia de algunos de sus predecesores. Sir Bobby Robson, semifinalista en el Mundial del 90, fue el último en irse sin encontrarse envuelto en algún escándalo. Incluso Terry Venables, artífice del tercer puesto de Inglaterra en la Euro 96 (la última semifinal que ha alcanzado la selección), salió cuestionado por una trama de sobornos con la que se le relacionó.

Kevin Keegan, sucesor de Hoddle, apenas duró año y medio. Inglaterra cayó humillada en la Euro 2000, donde se quedó en la fase de grupos, superada por Portugal y Rumanía. Keegan volvió a las islas como un animal herido, y Wembley se encargó de darle el tiro de gracia. En el primer partido de clasificación para el Mundial, disputado en el estadio londinense en octubre de 2000, Alemania venció al combinado inglés. Éste último no solo perdió en casa, sino que lo hizo a manos de una selección que estaba aún más en crisis que la suya. Los alemanes cayeron en la Euro en el mismo grupo que los ingleses habiendo cosechado un solo punto.

Keegan, forzado a la dimisión, se convirtió en todo un paria nacional. Porque además aquel partido era especial: fue el último que se disputó en el viejo estadio de Wembley antes de su renovación. Es más, en una combinación de factores que le revela como un cenizo consumado, dejó el banquillo con las peores cifras de resultados que jamás ha cosechado un seleccionador de Inglaterra: un mísero 38,9% de victorias. Lo curioso es que quien ahora ostenta ese récord no es otro que Capello: se va con un 66,7% de triunfos, cinco puntos y medio sobre la marca de Sir Alf Ramsey, el entrenador de la Inglaterra campeona del mundo en 1966.

Al desafortunado Keegan lo relevó el primer «manager» foráneo de la historia de la selección inglesa: el sueco Sven-Goran Eriksson. Los tabloides británicos le adoraban. No por sus éxitos deportivos (se quedó en cuartos tanto en los mundiales de 2002 y 2006 como en la Euro 2004), sino porque era una mina para las portadas. En uno de los escándalos sexuales más sonados de la historia del fútbol, la prensa sensacionalista desveló a Eriksson como un donjuán a tres bandas. Además de ser pareja de una abogada, Nancy Dell'Olio, se entendía con una presentadora de televisión sueca, Ulrika Jonsson, y con su secretaria en la federación inglesa de fútbol, Faria Alam. Por si fuera poco, la secretaria decidió hablar y reveló que también mantenía relaciones con el entonces presidente de la federación, Mark Palios.

A Palios le costó el puesto. A Eriksson lo finiquitó la prensa sensacionalista en 2006, pero no por aquello. Fue víctima de Mazher Mahmood, un periodista árabe del desaparecido «News of the World» que solía hacerse pasar por un jeque millonario y gastarles bromas a los famosos. Con Eriksson fingió estar interesado en comprar el Aston Villa y contratarle como entrenador. El sueco se emocionó. Le dijo que estaba dispuesto a dejar la selección en cuanto acabase el Mundial de Alemania, e incluso empezó a planificar la plantilla: quería fichar a David Beckham y nombrarle capitán. Cuando la entrevista vio la luz, Erikssen se quedó sin Villa, sin Beckham... y sin el trabajo que tan alegremente había estado dispuesto a dejar. La FA anunció inmediatamente que no le renovaría tras el Mundial.

El puente entre Eriksson y Capello fue uno de los seleccionadores más azotados por la vieja Inglaterra: Steve McClaren, que se sentó en el banquillo en agosto de 2006. Ni siquiera tuvo una entrada triunfal. La FA quería a Luiz Felipe Scolari, pero éste rechazó el puesto, que de rebote cayó en el hasta entonces «manager» del Middlesbrough. Los medios británicos le dieron una calurosa bienvenida colgándole el apodo de «Segundo plato» Steve. Su primera decisión fue la de nombrar capitán del equipo a John Terry, vaticinando que sería recordado como «uno de los mejores capitanes que Inglaterra haya tenido jamás». El tiempo le ha destapado como un pésimo futurólogo.

Si ya de entrada despertó poco entusiasmo, McClaren se empleó a fondo en alimentar aún más las antipatías del público inglés. Justificándose en un cambio de aires, excluyó de la selección a ilustres veteranos como Sol Campbell, David James, y sobre todo David Beckham. Tras tres victorias iniciales, llegó a marzo de 2007 arrastrando una racha desastrosa. Cinco partidos, un solo gol, y un pobre cuarto puesto en un grupo de clasificación para la Euro 2008 cuyos mayores peligros eran Rusia y Croacia. Se tragó sus palabras y volvió a llamar a Beckham. Inglaterra logró remontar y casi rozaba el billete hacia Austria y Suiza. Se lo jugaba todo en la última jornada. Le bastaba con no perder en casa ante Croacia. Perdió 3-2. Y una victoria de los rusos les apeó de la repesca. Wembley quería comerse a «Segundo plato». La FA tardó menos de doce horas en darle el portazo.

Visto lo visto, Inglaterra ha sido amable con Capello. Ha abandonado la selección por la puerta de atrás, como ya va siendo costumbre británica. Pero puede estar agradecido de que el país no lo haya convertido en un paria nacional como Keegan o McClaren, un ogro de los discapacitados como Hoddle o carnaza para los tabloides como Erikssen. Harry Redknapp, si resulta ser el nuevo elegido, ya puede ir rezando. El mismo escudo lo advierte: entrenar a Inglaterra es meterse en una jaula de leones. Y mientras tanto, el equipo sigue igual que la secretaria de Eriksson. Arrodillándose ante los grandes.