Bobby Fisher, en 1962, cuando ya era la principal amenaza de los soviéticos
Bobby Fisher, en 1962, cuando ya era la principal amenaza de los soviéticos - ABC

Bobby Fisher: un lobo solitario que derribó un imperio

Gran maestro de ajedrez, campeón del mundo en 1972

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Robert James Fischer tuvo una vida en tres actos muy distintos, incluso contradictorios. Destacó como niño prodigio y adolescente feroz, capaz de enfrentarse como un lobo solitario a la tiránica maquinaria soviética. En el segundo acto, de tintes épicos, consiguió todos los triunfos posibles. El tercero es trágico. Alcanzada la cima, se retiró de la competición y empezó su descenso moral y personal.

El triunfo de Fischer en el Mundial de Islandia ocupó las portadas de los principales diarios del mundo, incluido ABC, en 1972. Los servicios secretos y los Gobiernos de EE.UU. y la U.R.S.S. pusieron todo su empeño en lograr la victoria.
El triunfo de Fischer en el Mundial de Islandia ocupó las portadas de los principales diarios del mundo, incluido ABC, en 1972. Los servicios secretos y los Gobiernos de EE.UU. y la U.R.S.S. pusieron todo su empeño en lograr la victoria.

Bobby Fischer es el producto de un milagro genético, que se acentúa por el hecho de que ni él mismo supo bien quién era su padre. Nació en Chicago el 9 de marzo de 1943, pero creció en un hogar humilde de Brooklyn, acompañado por una madre investigada por el FBI –por sus «sospechosas» amistades políticas– y por una hermana que le enseñó a jugar. La inteligencia del muchacho no halló acomodo en los colegios por los que pasó, pero sí en el casi infinito mundo de las 64 casillas. Aprendió ruso para poder leer las mejores revistas y dedicó todas sus horas a convertirse en el mejor.

A los 14 años, se proclamó campeón de su país y a los 15 logró el título de gran maestro, un récord de precocidad que perduró durante décadas. Otros resultados siguen sin superarse, como su doble 6-0 en su camino hacia Boris Spassky. El Mundial entre ambos de 1972 fue uno de los grandes momentos de la Guerra Fría y una película de suspense. Fischer llegó a huir de Reikiavik después de una derrota tonta en la primera partida y de perder la segunda por incomparecencia. La caballerosidad de Spassky, los desvelos de la Federación Internacional y una llamada de Kissinger que lo insufló de patriotismo obraron el milagro. Bobby volvió, remontó y quebró a su rival, su pasatiempo favorito.

Y ahí se paró todo, antes de cumplir los 30. No defendió su título ante Karpov –nacía otra leyenda– y solo regresó para jugar un dudoso duelo de revancha contra Spassky en 1992. Resolvió su situación económica a cambio de saltarse el embargo a la antigua Yugoslavia y de convertirse en prófugo vitalicio. Se refugió primero en Hungría y luego en Filipinas y Japón. Apartado de los tableros, sin embargo, se volvió loco y desarrolló un absurdo antisemitismo (era medio judío). Incluso celebró los atentados del 11-S. El tío Sam se puso serio y logró que fuera detenido en Tokio, hasta que Islandia, agradecida, le dio asilo. Su muerte en 2008, a los 64 años (uno por cada casilla), llegó de forma prematura por su resistencia a recibir tratamientos médicos, tal era la paranoia que había desarrollado.