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Luis Buñuel: sueños y sufrimiento para un cine único

Estandarte del surrealismo y primera figura del cine español

Buñuel, ante su inseparable máquina de escribir a finales de los 60
Buñuel, ante su inseparable máquina de escribir a finales de los 60 - ABC
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El peso de la honestidad determinó la existencia de Luis Buñuel. Las amistades, nunca fortuitas, los sueños, siempre propios, hasta los tiempos de rodaje y sus presupuestos, siempre cumplidos, fueron clave en los 83 años que dio el calandino a la historia del siglo XX, esparcidos entre España, Francia, Estados Unidos y México, el país que lo acogió sin censura.

ABC reinterpretó el cartel de «Ese oscuro objeto del deseo», su última película, para dar un gran adiós a Buñuel tras su muerte el 29 de junio de 1983 en Ciudad de México.
ABC reinterpretó el cartel de «Ese oscuro objeto del deseo», su última película, para dar un gran adiós a Buñuel tras su muerte el 29 de junio de 1983 en Ciudad de México.

Nada hubo de sorpresa. Sí, ocurrió todo entre ese casi medio siglo que separan «Un perro andaluz» (1929) de «Ese oscuro objeto del deseo» (1977). A saber: sus sueños fueron propios, pero compartidos inicialmente con Federico García Lorca y Salvador Dalí. El hombre que fue surrealista hasta que dejó de interesarle la etiqueta amaba por igual a enanos y niños, pero odiaba la impostura. Incluso, como a buen sordo, tampoco le gustaban los ciegos. O al menos eso decía y escribía, lo que apreciaba más que filmar. Quizá porque era más fácil fabular.

No es casual que renegase de la coautoría de su «perro» con Dalí. Más aún cuando el objetivo de ese primer manifiesto de locuras y sueños era que el espectador no aguantase su visión. Solo un año después, en 1930, cuando el asexuado Salvador ronroneaba con «su» Gala en Torremolinos, demostró que ya sabía mostrar el amor desde abismos pasionales, dramas ungidos por la muerte y la tragedia. «La edad de oro» sacó a la luz el catálogo razonado de Buñuel: religión, sufrimiento, sexo, putrefacción (orgánica y social), violencia e incomunicación.

Pese a los complejos engranajes que modulan sus películas, Buñuel hizo un cine simple, alguna vez hasta comercial, sin trucos: amor a lo sencillo donde todo lo que pueda dificultar un rodaje es erradicado desde la más absoluta planificación. Personajes que vuelcan su psicología en dos planos, silencios que estructuran narrativas que se superponen en cadencia. Tragedia y comedia unidas en una misma tesis: construir intrigas donde los hombres luchan entre sí o consigo mismos.

La guerra sacó a Buñuel de España hasta 1960, para rodar «Viridiana», pero tuvo a España permanentemente en la memoria pese a encontrar en México la tabla de salvación a su desarraigo. Su discutida y utilizada «Las Hurdes, tierra sin pan» (1933) fue base para una de sus mejores historias mexicanas, «Los olvidados» (1950). En 1970 retornaba a Madrid para llevar a Catherine Deneuve a sus mayores cotas expresivas en «Tristana». Pero solo año y medio, la censura, siempre la censura, abortó el rodaje en nuestro país de «El discreto encanto de la burguesía», con la que se convirtió en el primer compatriota en recibir un Oscar.

Por todo, Buñuel fue Buñuel. Nada más. Sin territorio al que constreñirle. Y sigue vigente. Todo.