Cecilia Bartoli, en la ópera «Alcina», de Haendel
Cecilia Bartoli, en la ópera «Alcina», de Haendel - Matthias Horn

Festival de Pentecostés de Salzburgo: un Dios, un Farinelli

La mezzosoprano italiana Cecilia Bartoli rinde homenaje a la música de los «castrati»

SalzburgoActualizado:

Carlo Broschi -conocido como Farinelli- es uno de los más influyentes castrati de Europa en la época de esplendor del empleo de los capones -como se les conocía en Castilla- para el canto tanto en el ámbito religioso como en el profano. Vinculado durante más de dos décadas a la Corte española, Farinelli ejerció durante los reinados de Felipe V y Fernando VI, llegando a nuestro país, precisamente, para «curar las depresiones del primer monarca a instancias de su esposa la Reina Isabel de Farnesio. Un personaje como Farinelli sirve a Cecilia Bartoli para construir una nueva edición del Festival de Pentecostés de Salzburgo, consolidado como una de las citas imprescindibles de la primavera cultural europea y que, con su carácter monográfico, durante cuatro días se centra en el repertorio barroco -con alguna incursión también en la música de nuestro tiempo- en el que los castrati eran los reyes de un mercado en el que la ópera sistematizó y fijó su desarrollo y en el que tuvieron enorme presencia y capacidad para ejercer su liderazgo.

Dos espectáculos marcaron la parte operística de la cita: una gala titulada «Farinelli y amigos», de más de tres horas de duración, y una nueva producción de la ópera «Alcina», de Haendel, que se volverá a representar en el festival en verano.

La gala fue toda una declaración de intenciones por parte de Bartoli. Como soporte de la misma participó la formación residente del Festival, Les Musiciens du Prince-Monaco (agrupación que impulsa la propia mezzo italiana), con Gianluca Capuano al frente, y -en el inicio y cierre- dos breves intervenciones del Coro Bach de Salzburgo, al que se unió el nutrido grupo de solistas que participó en el espectáculo-. Con la participación de Rolando Villazón como maestro de ceremonias -en alemán, inglés español y francés- la noche tuvo momentos mágicos como las arias «Alto Giove», de «Polifemo», de Porpora, cantada por el contratenor francés Philippe Jaroussky, «Se pietà di me non senti», de «Giulio Cesare», de Händel, con una inspirada Patricia Petibon, o «Dopo i nembi en le procelle», con la soprano Sandrine Piau, liderando una nutrida delegación de cantantes franceses. Destacó y mucho la española Nuria Rial en el aria «Tu del Ciel ministro eletto», de Haendel, y en su dúo de la ópera «Rinaldo», también del mismo compositor, con el contratenor Christophe Dumaux. La propia Bartoli tuvo también protagonismo estelar, aclamada por el público, y Vivica Genaux fue otra de las grandes triunfadoras.

«Alcina»

La ópera «Alcina» es uno de los títulos emblemáticos de Georg Friedrich Händel, durante su etapa londinense. En ella la hechicera Alcina hace y deshace a su gusto en su isla, y el director de escena Damiano Michieletto no se anda por las ramas en una versión de la misma muy actual, en la que las altas y bajas pasiones se funden con unos personajes que dan rienda suelta a sus instintos con verdadera fruición. Es el suyo un trabajo especialmente atractivo desde el punto de vista estético y muy eficiente en la construcción de una dramaturgia con mordiente expresivo y suaves detalles oníricos. Gianluca Capuano reinvindicó a Le Musiciens du Prince-Montecarlo como una formación historicista de primer nivel en una versión en la que, además de realizar un férreo ajuste foso-escena, tuvo pasajes de gran fantasía melódica en los que la música fluyó con asombrosa riqueza tímbrica.

La Bartoli, cómo no, encabezó el reparto con la entrega y el vigor que en ella son habituales. Fue una Alcina rotunda en lo vocal y de alta capacidad escénica. Brilló también con luz propia el Ruggiero de Philippe Jaroussky, y espectacular la Morgana de Sandrine Piau. Todo el elenco funcionó a altísimo nivel, especialmente Kristina Hammarström como Bradamente. o el impresionante niño Sheen Park que cantó un Oberto inolvidable.

Y, como en todo festival que se precie, el contraste ejerce de perfecta argamasa en el trazo de conjunto y dos citas religiosas pusieron ese tan necesario contrapunto. Arvo Pärt, a través de varias de sus obras religiosas -«Stabat Mater», «Triodon» o las «Sieben Magnificat-Antiphonen»-, encontró unos transcriptores de ensueño en Peter Phillips y los Tallis Scholars y Antonio Vivaldi y Giovanni Battista Pergolesi -este último con el «Stabat Mater»- fueron el complemento perfecto. La Cappella Gabetta, dirigida por Andrés Gabetta, y con dos solistas de excepción: la omnipresente Bartoli -en un alarde vocal en cuatro días verdaderamente fuera de lo común- junto a uno de los contratenores de referencia en la actualidad, Franco Fagioli. Ambos consiguieron una interpretación emocionante, de esas que permanecen en la memoria, por su intensidad y su belleza.