Philippe Jaroussky, la pasada semana en Madrid
Philippe Jaroussky, la pasada semana en Madrid - EFE

Philippe Jaurossky: «Un artista necesita arriesgar, hay que ser un poquito loco a veces»

El contratenor francés ha cantado junto a la ONE este fin de semana y presentará su nuevo disco el 12 de noviembre en el Auditorio Nacional

MadridActualizado:

Ha interpretado este fin de semana, junto a la Orquesta Nacional de España, «Les Nuitsd’Ete», de Berlioz, una pieza infrecuente en su repertorio, habitualmente barroco; y con él, más concretamente con Bach y Telemann (los compositores incluidos en su propio disco), volverá el 12 de noviembre el contratenor francés Philippe Jaroussky a Madrid para ofrecer un concierto en el Auditorio Nacional, acompañado por la Orquesta Barroca Friburgo. «España es un país que me gusta mucho -reconoce-; me atrae su cultura y siento que existe aquí -y también en Latinoamérica- una conexión del público con la voz de contratenor, algo que no ocurre en Italia».

Es curioso...

Sí, pero tiene explicación. Italia es un país de larga tradición lírica y hay quien considera la voz de contratenor una voz artificial. La nefasta política cultural de Berlusconi no ha ayudado nada. Y, por último, la historia de los castrati, origen de la voz de contratenor, es difícil de asumir; ha sido una historia trágica de la que no están orgullosos.

¿Cómo llega uno a ser contratenor?

Muchos de mis colegas cantaron en coros cuando eran niños. No es mi caso; yo soy también violinista -hay quien dice que canto como un violín-. A los 18 años, escuché un concierto de un contratenor francés en París y me quedé fascinado. Era la primera vez que escuchaba esa voz, además en el contexto mágico de aquella iglesia, y pensé que yo quería cantar así. Empecé a estudiar como contratenor; porque mi voz de barítono no tiene nada de especial, y sin embargo la voz de cabeza surgía con mucha flexibilidad. Tuve mucha suerte, porque al poco tiempo de empezar a estudiar debuté en el escenario con el papel de Nerón en «L’incoronazione di Poppea», que también canté aquí, en el Teatro Real.

¿Qué aporta a su canto ser también violinista?

Me ayuda a escuchar más a la orquesta; ser un músico más, fundirme. Para mí es fundamental el contacto con ellos. En mi último disco, con la orquesta de Friburgo, no hay director; hacemos música todos juntos.

¿Se encuentra más a gusto en el recital o en la ópera?

Al principio me costaba estar en el escenario interpretando un papel; ser otra persona, un emperador o un Rey por unas horas. Yo no soy un actor nato, soy un músico. Ahora, con la experiencia y el trabajo con grandes directores de escena, lo disfruto más. Asumo que debo ser una marioneta en sus manos y hago las cosas como ellos me dicen; no pienso si lo podría hacer de otra manera. Lo que hago es escoger los papeles que creo que puedo interpretar mejor, los que se acercan más a mi naturaleza, como el Ruggiero, de «Alcina», de Haendel, un personaje dulce; no es un héroe como Ariodante o Julio César, ni es el personaje dominante de la ópera, y funciona mejor con mi personalidad y con el color de mi voz, que no es oscuro, sino transparente. Otro papel que voy a cantar con esta idea es el Orfeo de Gluck. Mi voz tiene una cualidad: no es terrena, y cuando hay un papel muy dramático puedo sentir las limitaciones de mi voz. Yo siempre me siento más músico que cantante. Era músico antes que cantante, y cuando deje de cantar volveré al violín.

¿Conocer su voz es imprescindible para la carrera de un cantante?

Sí; es bueno saber lo que puedes y no puedes cantar. Pero, al mismo tiempo, un artista necesita retos, necesita arriesgar; hay que ser un poquito loco a veces y sorprender al público, no seguir el camino más fácil. Cantar «Les Nuits d’Ete», por ejemplo, es mi reto esta temporada. Es una manera, también, de abrir puertas a un público nuevo y de descubrir la riqueza del repertorio clásico a mis seguidores.

¿Por qué ha unido a Bach y a Telemann en su nuevo disco?

Telemann es un autor relativamente poco conocido, se le está redescubriendo ahora -como hace unos años las óperas de Vivaldi-. Y las dos cantatas que se incluyen, que originalmente son para bajo, son sorprendentes. Unirlo a Bach me ha ayudado a quitarme presión, porque cuando lo interpreto siento mucho más la imperfección de mi canto que cuando hago a Haendel y a otros autores; es la perfección de la escritura de Bach la que destaca mis imperfecciones. Pero, con los años, me he dado cuenta de que necesitamos esta imperfección para mostrar la perfección de Bach. Y he encontrado mi camino para darle humanidad; yo no creo en Dios, pero siempre he tenido una conexión con la música religiosa y mi voz funciona en ella mejor que en la ópera. De hecho, en los próximos años quiero hacer menos el repertorio de los castrati y cantar más una música más espiritual. más íntima.