John Lennon posa a mediados de los 60 con unas gafas como las de Buddy Holly, uno de sus ídolos de la adolescencia
John Lennon posa a mediados de los 60 con unas gafas como las de Buddy Holly, uno de sus ídolos de la adolescencia - ABC

Cuando Los Beatles eran unos adolescentes de Liverpool

El periodista Philip Norman cuenta en «Paul McCartney. La biografía» (Malpaso, 2017) detalles sobre la juventud y el carácter de los integrantes de la banda antes de ser famosos

MadridActualizado:

Dicen los expertos que el orden de nacimiento de los hermanos deja huella en su personalidad: mientras el mayor es más responsable, el mediano suele ser diplomático, y el pequeño el encargado de hacer las gracias. Sea cierto o no, sí parece que los miembros de cualquier grupo humano adoptan un rol hasta que el ego se rebela y dice basta; esa norma, obviamente, no excluye a los grupos de música. En «Paul McCartney. La biografía» (Malpaso Ediciones, 2017), el periodista británico Philip Norman (Londres, 1943) reconstruye la vida del compositor de canciones como «Penny Lane» o «Let It Be». Comienza por su infancia, la del hijo de una enfermera estricta y disciplinada y de un hombre que se queda viudo demasiado pronto, pero que logra dar una buena educación a sus dos hijos, y sigue por su adolescencia, cuando entabla amistad con otros dos chicos que, junto a él, iban a figurar con letras de oro en la historia de la música: George Harrison y John Lennon. Los «tres hermanos», que nos perdone Ringo.

El inicio de la biografía describe una anécdota que nos permite advertir las filias y fobias del autor, que vive un primer encuentro con Los Beatles en la incómoda posición del periodista que también es fan: en diciembre de 1965, como reportero del Northern Despatch, logra entrar en el camerino del grupo, que ya estaba en lo alto de su carrera y era mundialmente conocido. Los modales simpáticos de McCartney, que no son lo mismo que la simpatía, le abren sus puertas. Norman queda fascinado con la sencillez de sus ídolos: conversa con Ringo Starr y John Lennon, y McCartney le lanza su bajo, un Höfner modelo violín, para que lo pruebe. Solo George Harrison le ignora, atento, con su «cara pálida y seria», a un capítulo de «Los vengadores» que echan en la televisión. «Como todos sus entrevistadores, -relata con ironía- sentí que me llevaba con ellos mejor que nadie hasta ese momento». La burbuja se desinfla cuando le echan, por petición de los músicos, de la sala.

Miopía y puñetazos

Con ese recuerdo, Norman insinúa el carácter de los miembros de la banda: McCartney es más frío y cerebral -«soy un tacaño», confiesa al periodista-, y Harrison, un tipo atrapado en su mundo. Lennon y Ringo, que parecen chicos amables, apenas quedan definidos en esa descripción. Solo las pinceladas posteriores sobre su niñez y adolescencia nos dejan acercarnos a su personalidad y completar el retrato. La información sobre el puesto que ocupan en la pirámide social de Liverpool -una ciudad portuaria donde los nuevos estilos musicales llegan, como las mercancías, a través del mar- ayudan a esa empresa: mientras McCartney y Harrison procedían de familias humildes, Lennon venía de un medio más desahogado y caótico; los primeros contaban con el apoyo de sus padres, que aprobaban su afición por la música; el tercero soportaba el pitorreo de su tía Mimi, la señora estricta que le había criado y que disfrutaba sacándole de quicio.

Como no puede ser de otra manera, la biografía se centra en McCartney, pero también nos habla de sus futuros compañeros de gira. Descubrimos, por ejemplo, que el padre de Paul, exmiembro de una banda de jazz, le compró una trompeta; su hijo la cambió por la guitarra con la que compuso su primera canción a los 14 años: «I Lost My Little Girl» («Perdí a mi niña»), «una manera de canalizar el dolor por la muerte de su madre». George también tuvo una, aunque, por lo que leemos, Harrison creció más protegido que McCartney. Cuando un profesor le dio una tunda tras «alguna trastada», su padre, un conductor de autobuses, acudió al colegio y le «pegó un puñetazo en la nariz». «Si yo hubiera ido a mi padre quejándome de que me habían pegado -cuenta McCartney, según Norman-, él habría respondido: "Probablemente te lo merecías"».

Harrison y McCartney se habían conocido en el autobús que les llevaba al instituto. El encuentro entre McCartney y Lennon se produjo a través de amigos comunes, cuando Paul acudió a un concierto que Los Quarrymen, el grupo de John, iba a dar en la parroquia de Woolton. Por entonces, Lennon era un adolescente de 17 años con brotes arrabaleros y muy disgustado con su miopía, enfado que provocaba situaciones absurdas, ya que se negaba a usar sus gafas; tras un ensayo, por ejemplo, contó a McCartney que había visto a «gente rara» echando una partida de cartas en el jardín de una casa, a pesar «de la hora y el frío». Los excéntricos individuos eran, en realidad, las esculturas de un portal de Belén. Solo las enormes gafas de carey que el rockero Buddy Holly exhibía con desparpajo ayudaron a Lennon a asumir los inconvenientes estéticos de su mala vista.

McCartney, nos cuenta Norman, aprendió a llevar a Lennon gracias a su mano izquierda, aunque las tensiones entre ambos, que tuvieron mucho que ver en el final del grupo, terminaron por estallar. Harrison, el más pequeño de los tres, siempre se sintió relegado -«soy un Beatle de clase turista», decía- a un papel de segundón. Sobre Ringo, que fue el último en incorporarse, recordemos que la serie Los Simpsons, con un poco de mala leche, le presenta como el favorito de Marge. Los amigos de adolescencia -McCartney, Lennon y Harrison- no acabaron demasiado bien. El ego venció, los músicos se pelearon y el final fue previsible: los hermanos descubrieron que, al final, cada uno era de su padre y de su madre.