Fallece J. D. Salinger a los 91 años

Fallece J. D. Salinger a los 91 años

El relato de Holden Caulfield, adolescente atrapado entre las restricciones de la infancia y la trampa de la madurez, no ha dejado indiferente a nadie desde 1951

ANNA GRAU | NUEVA YORK
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Jerome David Salinger, el autor de «El guardián entre el centeno», ha muerto a los 91 años de causas naturales en su remota casa de Cornish, en New Hampshire. En el mundo nos hemos enterado de la noticia por su hijo, Matthew Salinger. Y la noticia es noticia porque nos empeñamos en que lo sea muy en contra de la voluntad del autor de la obra y de la vida de Salinger. Él hacía muchos años que nos había dado a los curiosos con la puerta en las narices.

Hablamos de alguien cuya alergia no ya a la fama, sino a la mera luz pública, sólo se ve superada por la de Thomas Pynchon, otro perfecto ermitaño de la literatura norteamericana. Entre los dos fundan una de las paradojas más hermosas del capitalismo: el éxito de sus libros les ha permitido vivir literalmente del cuento y no hacer otra cosa que escribir, y en cambio nunca se han dignado a pasar por el aro de complacer o ni siquiera atender al público. Miles de millones de lectores hemos aceptado sin rechistar que no se nos dé ni agua, sólo la obra a secas.

Pero qué obra. Sólo por «El guardián entre el centeno» uno se gana el cielo o por lo menos la presencia en todos los programas de lectura de todos los institutos de secundaria del mundo. La historia de Holden Caulfield, quintaesencia del adolescente eternamente atrapado entre las restricciones de la infancia y la trampa de la madurez, no ha dejado indiferente a nadie desde su publicación en 1951.

La obra es tan escueta y a la vez tan sugerente que tiene más partes sumergidas que un relato de Hemingway. Cada cual la puede leer a su gusto. El enganche es tan universal y tan fuerte que Salinger murió batallando porque no apareciera una secuela sin su permiso, obra de un autor que se había imaginado el mundo de Holden Caulfield de viejo. Ganó Salinger.

El caso es que ni Salinger ni su criatura parecían predispuestos en principio a llevar una existencia tan torturada. Holden Caulfield ya era el protagonista de un primer relato corto, Sligth Rebellion in Madison, que el escritor trató de publicar en 1941. Luego vino el bombardeo de Pearl Harbor y aquello se consideró impublicable. No había margen para la adolescencia frustradamente narcisista y tirando a nihilista en aquellas horas de sacrificio y de guerra.

La Segunda Guerra Mundial

Otro tanto le pasó al mismo Salinger. Judío, le mandaron muy joven a estudiar a Viena, de donde tuvo la suerte de salir muy poco antes de que Hitler iniciara su avance. Quizás sintiéndose vagamente culpable por ello Salinger sirvió de buen grado en la Segunda Guerra Mundial. Así conoció a Hemingway y a la que sería su primera esposa, la alemana Sylvia Welter.

Atrás quedaban unos escarceos con Oona O’Neill, la hija del dramaturgo Eugene O’Neill, a quien le gustó Charlie Chaplin. Atrás quedó también cierto gusanillo del mismo Salinger por el teatro.

Por delante quedaban la guerra y un desasosiego infinito. Como le diría con el tiempo a su hija Margaret, “el olor de carne humana quemada no se olvida nunca”. Salinger fue de los primeros soldados norteamericanos en entrar en un campo de concentración.

Ni él ni su escritura volvieron a ser los mismos. Holden Caulfield por fin vio la luz pero ya en una versión incurablemente amarga. Salinger agradeció el éxito pero lo utilizó para escapar del mundo. Se hizo budista acérrimo. Se casó con una joven estudiante de Radcliffe a la que casi obligó a dejar de graduarse para huir con él. Tuvo dos hijos. Se separó de su esposa y tuvo una amante con la que también acabaría peleando por su privacidad. Nunca volvió a dar la cara. La foto suya que circulaba era de décadas atrás.

El niño americano que salió de la guerra siendo sólo un hombre se ha ido de casa para siempre por fin. Ahora sí que ya no hay manera de devolverle al redil. Ya descansa en paz.