El escritor argentino César Aira, fotografiado en la muestra de Wifredo Lam en el Reina Sofía
El escritor argentino César Aira, fotografiado en la muestra de Wifredo Lam en el Reina Sofía - ISABEL PERMUY

César Aira: «Yo hago pura literatura, por eso no me dan premios»

El escritor argentino, de visita en España para recibir un homenaje, conversa con ABC en mitad de la muestra de Wifredo Lam en el Museo Reina Sofía

MadridActualizado:

Pasar un rato, una mañana larga, con César Aira (Coronel Pringles, Argentina, 1949) es como sumergirte en una de sus novelas. El tiempo parece detenerse y hasta te baja la presión arterial. Todo transcurre en otra dimensión, paralela, mientras la gente corre acelerada, temerosa de perder el autobús, y los coches berrean en el asfalto. Pero tú estás a salvo. Estás con César Aira, y su conversación se convierte en tu refugio. Como la literatura, o el arte. Ambas disciplinas marcan, precisamente, el ritmo de nuestro encuentro. A la hora acordada, sin móvil pero con reloj, el argentino acude a la cafetería del hotel en el que se aloja. Se ha pasado la noche leyendo a Lee Child (Coventry, 1954) y su rostro conserva el rastro del desvelo. Tímido, parece querer esconderse tras unas gafas de gruesos cristales que, sin embargo, no ocultan la emoción que le provoca nuestro destino: la muestra de Wifredo Lam (1902-1982) en el Reina Sofía. Amante del arte y gran experto, al llegar a la pinacoteca Aira cuenta que a veces se pregunta por qué va a los museos, si en los libros están las reproducciones. «Una mezcla de fetichismo y de no quedar mal socialmente», reflexiona. Es la primera confesión de las muchas que, entre cuadros, hará el autor, desprovisto de la pose de entrevistado.

- ¿El arte, los movimientos artísticos, surgen por modas?

- Sí, por lo que los alemanes llaman «zeitgeist», el espíritu del momento, lo que está en la atmósfera.

¿Y pasa igual en la literatura?

- Seguramente, quizás más todavía porque tiene menos filtro. Es directamente la expresión lingüística de la cosa, mientras que la pintura pasa por la imaginación visual del artista.

- ¿Por eso le atrae tanto el arte?

- No, no sé. Tampoco habría que decir que me atrae el arte.

- ¿Y cómo lo diría, entonces?

- Estoy adentro.

- ¿Está adentro?

- Sí, porque atraer sería como que está allá y yo voy, atraído. Yo estoy adentro del arte (ríe).

- Pero es difícil encontrar un escritor al que le guste tanto el arte y que, además, sepa tanto de arte.

- Sí, quizás sí y quizás no. Bueno, es curioso eso. Hay grandes escritores totalmente negados para otras formas artísticas; el caso de Borges, por ejemplo. La pintura se lo perdonamos, porque tuvo mala vista desde siempre, pero no sabía absolutamente nada de música. El único músico al que menciona es a Brahms. Le preguntaron: «¿Por qué Brahms?». Y dijo: «Porque en la casa de Bioy su mujer - Silvina Ocampo- ponía discos de Brahms que a ella le gustaban mucho y era lo que menos me molestaba» (ríe).

- Bueno, también era aficionado al tango.

- No al tango, porque él decía que con Gardel se echó a perder todo. A él gustaba la milonga antigua, que era más viril. Porque él tenía esa cosa de admiración al coraje, a la virilidad del matón.

- Del machito.

- Sí, totalmente.

- Y cómo es eso de que cuando murió Borges se apagó la luz.

- Sí, el día de la muerte de Borges sentimos que se apagó una luz. El mismo Bioy lo dijo; era su gran amigo y recordó a Byron. Cuando murió Byron, una mujer dijo que se había apagado una luz en Europa, y eso fue lo que sentimos nosotros cuando murió Borges, porque estaba tan presente… Pero sigue estando presente. Eso lo comentábamos ayer con unos amigos argentinos, que prácticamente no pasa un día para nosotros que no mencionemos a Borges, por sus anécdotas, por sus bromas. Ayer, justamente, recordaba una yo que mis amigos no conocían: la definición de los peronistas.

- ¿Y cómo los definía?

- Los peronistas son gente que dicen ser peronistas porque les pagan (reímos ambos).

- ¿Cree que esa luz que se apagó se ha recuperado algo?

- Bueno, un escritor de la talla de Borges vamos a tener que esperar... ¿Cuánto? ¿Cincuenta años?

- Como poco.

- O quizás no. Es impredecible eso. ¿Cuándo aparece un Kafka? ¿Cuándo aparece un Borges?

- En muy contadas ocasiones. Ese es el enigma de los genios. ¿Cree que esas grandes mentes, tan privilegiadas, terminan siendo un poco víctimas de su propia genialidad?

- No, no, no, no. Eso es más en los artistas de antes, lo que se llamaban los artistas malditos, los que se quemaban en su propio fuego. Pero de esos ya me parece que no existen.

- Ha cambiado mucho el concepto de artista, igual que ha cambiado el concepto de escritor.

- Exactamente. Tanto ha cambiado que yo no me explico cómo hoy día puede haber jóvenes que sientan la vocación, viendo a estos señores tan aburguesados, tan banales, en la televisión, hablando, dando sus opiniones sobre política… Se perdió la figura romántica, dramática del escritor, del artista.

- Sí, ahora es esa figura del escritor como el oráculo que todo lo sabe. ¿A usted que le parece?

- Sí, deben estar ahogándose muchas vocaciones viendo a estos señores.

- ¿Y la música? ¿Qué relación tiene con ella?

- Desde afuera, porque no tengo buen oído.

- Pero sí es aficionado.

- Sí, sí.

- ¿Y qué suele escuchar?

- Clásicos y, bueno, tengo algunos favoritos… No me gustan los géneros, no me gusta esa gente que dice: «A mí me gusta el jazz». Pero algunos músicos encasillados en el jazz son mis favoritos, como Cecil Taylor.

- Sobre el que, además, ha escrito.

- Sí, lo conocí. Eso fue un momento estelar en mi vida. Ahí le dije a alguien: «Bueno, ahora ya no me quedan más ídolos que conocer, porque Duchamp se murió» (ríe). Lo adoro… Y Thelonius Monk, otro… Con Thelonius Monk yo siento como una afinidad, el modo de improvisar, de tocar de él. No sé, es una cosa intuitiva, que yo siento. Lo mismo en la pintura con Neo Rauch. ¿Lo conoce?

- Sí, es un pintor alemán maravilloso.

- Bueno, yo algunos cuadros de Neo Rauch los veo como novelas mías.

- ¿Por qué?

- Distintos planos de realidad que se entrecruzan… Es casi lo que yo querría hacer.

- Pero en un libro hacer eso es mucho más difícil.

- No tanto. Yo me las arreglo, sí, sí...

- ¿Y eso que dicen de que es un escritor prolífico?

- Me ha llegado a molestar tanto eso que decidí no publicar nada durante unos años. Sí, ya llevo casi seis meses o más.

- ¿Y hasta cuándo vamos a estar sin leerle?

- Dos añitos. Así se dejan de decir que soy prolífico. ¡Estoy harto! Porque de mis libros nunca se dice que son buenos; lo único que se dice es que son muchos. Y yo quiero que digan otras cosas. La literatura es una actividad cualitativa, no cuantitativa. Malditos sean… ¡estoy harto, harto!

- Bueno, su obra es la prueba de que hay novelas de 80 páginas bastante mejores que otras de 600.

- Pero no lo van a dejar de decir. Hasta pensé una cosa maldita, que es darle mis libros, cuando vuelva a publicar, a editoriales chilenas, peruanas, mexicanas… con la condición de que no distribuyan en la Argentina.

- ¿Por qué?

- Esa va a ser mi venganza. La venganza es un plato que se come frío (ríe). Ahí van a aprender.

- Pero, ¿durante el tiempo que va a estar sin publicar, también va a estar sin escribir?

- No, al contrario. Desde que tomé esta decisión, empecé a escribir de otro modo. Yo nunca tuve una presión para publicar, publicaba cuando quería, pero siempre había como un barrunto de presión, en el sentido de terminar algo, adecentarlo lo suficiente como para llevarlo a un editor. Y ahora no, veo que puedo dejar una cosa en borrador, o a medio hacer, y pasar a otra… Me está dando resultados.

- ¿Ahora es más feliz escribiendo?

- Sí, sí, sí. Y además con la satisfacción de lo malo que soy (ríe). Fueron malos conmigo, tanto decir que soy prolífico, ¡malditos sean!

- ¿Qué piensa de la literatura que se hace ahora? ¿Lee a sus contemporáneos, a la gente más joven?

- Leo muchas dos primeras páginas.

- ¿Y no pasa de ahí?

- Algunas veces sí. Rara vez. Porque tengo el paladar ya muy hecho a la buena literatura y no me gusta perder el tiempo.

- Hay quien dice que la novela está muerta.

- La novela ha pasado a ser un género totalmente anacrónico. Se escriben novelas como se escribían en el siglo XIX. Después del XIX, de los grandes novelistas que hicieron el canon de la novela, como Balzac, Dostoievski, vino la postnovela, con Proust, Kafka, con Joyce. Y, para el gran público, la novela comercial sigue siendo la vieja novela decimonónica. Luego hay esa pequeña minoría de los que queremos innovar, y una pequeñísima minoría de lectores a los que les puede atraer eso.

- ¿Se considera un innovador?

- Sí, sí, a mi modo. Mirándolo con retrospectiva veo que aporté algo distinto. Pero nunca me lo propuse como un deber.

- ¿Sigue pensando que la lectura es la mejor escuela de la escritura?

- Sí. Uno se hace escritor por haber sido lector, salvo alguna rarísima excepción de alguien que escriba por dar un testimonio de su vida y no haya sido lector. Pero el verdadero escritor, el que hace la carrera de escritor, que vive como escritor, ha sido un lector y sigue siéndolo.

- ¿Uno nace escritor o se hace escritor?

- No, los que nacen son los poetas.

- ¿Ah, sí?

- Sí.

- ¿Qué relación tiene usted con la poesía?

- Yo me hice escritor junto con un amigo, con Arturito (Arturo Carrera), mi gran amigo, y ahí yo vi, con los poemas que escribíamos a los 15 o 16 años, cómo él había sido poeta y yo no. Así que nos separamos los campos: yo me quedé con la prosa y él con la poesía. Y yo siento, ahora, que toda mi vida de escritor ha sido dar un largo rodeo para llegar a la poesía; creo que estoy llegando.

- ¿Está escribiendo poesía?

- No, no voy a escribirla nunca.

- Entonces, ¿a qué se refiere?

- Es que esa narrativa mía es una forma de poesía. Un joven escritor argentino, muy admirador, escribió una novela que se llama «La última de Aira», que es una novela imitadora de las mías; se publicó, y tuvo muy buenas críticas. Y es, exactamente, todo con mis trucos, mis procedimientos. La leí hasta la mitad y me salió un juicio espontáneo y natural: esta es una novela mía, pero escrita en prosa. Sentí que faltaba algo que yo no sabía que había en mis libros. Ahí me di cuenta de que estaba llegando.

- ¿Y qué piensa de las críticas?

- Las críticas o las reseñas son muy superficiales, es un trabajo mal pagado. Y después está la crítica académica, o las tesis, y eso tampoco es satisfactorio, porque siempre está visto con un filtro teórico. En las críticas siento que no ha habido el placer de la lectura, ha habido como una resistencia a entregarse a la fábula, a la historia.

- Eso que decía Picasso de que a él las musas siempre le pillaban trabajando... ¿A usted le pasa igual?

- Sí, sí, soy muy rutinario. Todas las mañanas, más o menos a la misma hora, estoy abriendo mi cuaderno y desenroscando el capuchón de la lapicera.

- ¿Escribe a mano?

- Sí.

- ¿No usa ordenador?

- Solamente para pasarlo una vez que lo tengo. Lo paso e inmediatamente imprimo.

- ¿Sigue escribiendo en cafés?

- Sí, siempre.

- Al principio fue porque sus niños eran pequeños y había mucho ruido en casa.

- Sí, sí, pero después lo encontré necesario, casi. Y ahora no podría escribir en un lugar cerrado.

- ¿Y cómo logra concentrarse en un café?

- No, es que yo no me concentro, yo me desconcentro para escribir.

- ¿Cómo es eso?

- Levanto la cabeza, miro, entre frase y frase, dejo que se ventile el cerebro… No, no podría concentrarme porque, no sé, me pondría nervioso, no se me ocurriría nada… Necesito ir y volver. Por la calle siempre llevo mi lapicerito y mi libreta, pero solamente escribo cuando estoy escribiendo.

- Me gustaría preguntarle por Cuba.

- No, no me haga hablar ni de política, ni de fútbol, de esas dos cosas tan parecidas. Son pasiones bajas. Además, un escritor puede decir el mayor de los disparates, lo contrario de lo que piensa, pero si suena bien, está bien, o sea que… La literatura, entendida como arte de la palabra, a mucha gente hoy día no le basta, no le alcanza, necesitan algo más, necesitan ideología, derechos humanos, sensibilidad social. Cuando hay pura literatura, como en mi caso, somos los escritores a los que no les dan premios.

- Bueno, usted estuvo nominado al Booker.

- Nominado sí, porque me meten como decoración en la lista de finalistas.