La crisis llama a la puerta de la novela
La crisis llama a la puerta de la novela - CRISTINA BUENO
LIBROS

La crisis como necesidad para escribir novelas

Con el desaparecido Rafael Chirbes como abanderado sin haber querido serlo, una pléyade de autores españoles ha encontrado en la crisis material precioso para su ficción

MadridActualizado:

Un total de 4,7 millones de españoles sufren la crisis económica desde la cola del paro. Casi tres han abandonado la clase media. Y los escritores españoles, atentos a ese cataclismo, han encontrado una fuente de inspiración: autores como Marta Sanz (Madrid, 1967), Elvira Navarro (Huelva, 1978) o Andrés Ibáñez (Madrid, 1961) acompañan a periodistas como Isaac Rosa (Sevilla, 1974) o Pedro Simón (Madrid, 1971) en esa inquietud, inaugurada por Rafael Chirbes en los 90. Como explicó el novelista valenciano, la literatura «no puede dejar de detectar el complicado juego de tensiones de su época. Se cuelan dentro de ella, y también la iluminan desde el exterior, la cercan».

Rafael Chirbes (Tabernes de Valldigna, Valencia, 1949) rastreó esas «tensiones» en el pasado. Su sentido del tiempo coincide con el de una fuerza que trueca las ilusiones en desengaños, transformando la inocencia juvenil en cinismo y derrota. Sin conformarse con la biografía de sus personajes, el novelista disecciona ese proceso tomando un marco más amplio: la historia reciente de España. En sus novelas, la violencia de la Guerra Civil alimenta la degradación moral del franquismo, pero la llegada de la democracia no satisface los anhelos de una generación enfrentada a la dictadura y abocada a renunciar a sus ideales o a hundirse en la incoherencia. «Chirbes trata los problemas de una generación de jóvenes rompedores y comunistas, en la que hemos terminado no se sabe dónde», señala en ese sentido Juan Ángel Juristo, crítico literario. Rubén Bertomeu, protagonista de Crematorio, resume así esa desilusión: «Hemos vivido una etapa inigualable de progreso, y, sin embargo, con demasiada frecuencia no sabemos qué hacer con lo que nos brinda». Un desconcierto que acompaña la renuncia: «Si no hemos sido más felices, seguramente se debe a que el ser humano no da mucho más de sí».

Según Juristo, «Chirbes entiende España como un país que no ha entrado del todo en la modernidad, y por lo tanto sujeto a crisis». Lo cierto es que sus novelas no se limitan a relatar los años del pelotazo. Su paseo por la historia reciente se inaugura con La buena letra (1992), donde Ana, la protagonista, recuerda la peripecia personal de su familia, forzada a sufrir las consecuencias de pertenecer al bando derrotado en la Guerra Civil. Chirbes describe el conflicto sin atisbo de épica —«¿Decir que fue puro o limpio el miedo? Ni la muerte ni el miedo son limpios»— y atento a la podredumbre emocional que causó —«Ese egoísmo se llamaba miseria. La necesidad no dejaba ningún resquicio para los sentimientos»—. El entorno de la narradora padece esa agitación: Antonio, el hermano de su marido, combatiente republicano y luego preso, renuncia a sus ideales para acceder al bienestar que garantiza el coqueteo con las nuevas autoridades franquistas: «Se les veía en el Casino, en la pastelería, tomando el vermut con Mullor, el que pegó a tu padre en el sótano del ayuntamiento al final de la guerra», explica Ana a su hijo Manuel. Un oportunismo que promovió la dictadura.

Sociedad de «advenedizos»

«Dicen que los últimos diez años han sido los que han visto crecer las más rápidas fortunas de nuestro país. No creo que sea cierto», reflexiona el protagonista de Los disparos del cazador (1994). Como en La buena letra, el narrador es un anciano, Carlos, que rememora su vida durante el franquismo. Hijo de un maestro republicano, de origen humilde, el joven llega al Madrid de la posguerra —«Madrid era un inmenso descampado sobre el que iban levantando pilares y andamios, y había que conseguirlo todo porque no se tenía nada»— dispuesto a amasar una fortuna. Carlos paga la prosperidad económica con su degradación personal, aunque el escritor valenciano no analiza ese proceso con la rigidez de un moralista, sino atento a sus ambigüedades: el negociador implacable, violento con sus amantes y capaz de ser cruel, reprime ese carácter en su hogar para asegurar el bienestar de su familia, que lo desprecia pero disfruta de su dinero. «Yo me limitaba a vigilar algo en apariencia más prosaico pero que constituía el verdadero corazón de la estabilidad en que vivíamos (…) Las cuentas bancarias, los albaranes, el cumplimento de pagos y cobros de facturas, los planos, los materiales, el trabajo de capataces y arquitectos y los plazos de entregas de las obras», se justifica.

El precio a pagar por la riqueza es un tema recurrente en la literatura de Chirbes. Como explica Juristo, el escritor «refleja la España de su tiempo, donde hay un cambio tremendo entre la miseria que vivió de niño y los buenos tiempos del pelotazo». Crematorio (2007), publicado antes del estallido de la crisis económica, disecciona un país borracho de hormigón. Los paralelismos con Los disparos del cazador insinúan que el magma moral de la sociedad actual reproduce vicios heredados de la posguerra. En esta novela, el protagonista vuelve a ser un «advenedizo», un hombre que sacrifica su inocencia —«el que ha tenido que arañar para llegar arriba es el peor»— a cambio del éxito: Rubén Bertomeu, joven arquitecto con vocación artística, cercano al comunismo y deseoso de cambiar el mundo, abandona sus ilusiones para convertirse en el gurú de los adosados y las urbanizaciones de lujo. La muerte de su hermano Matías dispara la trama. Matías, militante del PCE, posibilista con el PSOE de los 80 y final amigo de la izquierda verde, surge como una sombra que cuestiona las renuncias de Rubén, aunque a ambos les una un sinsabor final: la derrota.

Baile de máscaras

«La vida es así. Irregular, arbitraria. Nada se libra de esa incomodidad, es la esencia de lo real», recuerda Rubén a su hija Silvia. Silvia, que mantiene una relación tensa con Rubén, prefiere a su tío Matías por esa aparente fidelidad a sus principios, y por dotarle, como su padre lamenta, de «la artillería de lo fantástico y lo sentimental». Pero Chirbes excava en la vida de sus personajes hasta que rompe todas las apariencias: Matías se desvela mezquino y egoísta, incapaz de cuidar a su madre enferma durante su vejez, a pesar de que ha gastado su dinero como le ha venido en gana; con un afecto relativo hacia Silvia —«a Silvia la ha tratado como en los folletines tratas a las hijas ilegítimas, con esa displicencia»—; y sin probar mucho más cariño hacia las dos mujeres —«libres, liberadas, feministas, cultas, una bióloga, la otra catedrática de inglés»— con las que compartió su vida. Su mala relación con Ernesto, su hijo, cierra ese baile de máscaras, probando que el temperamento no es fruto de la ideología, sino de la genética (o de la lucha de «Darwin contra Marx»): «Silvia siempre ha dicho que Matías y Ernesto son irreconciliables. Yo no lo tengo tan claro. Si Matías hubiera nacido treinta años después, en vez de un autoritario estalinista varado primero en el posibilismo y luego en la playa de la ecología y la nutrición saludable (…) hubiera sido —como su hijo— un escualo de la economía libre», ironiza Rubén.

«La juventud —lo cuentan las novelas de Dostoievski— encuentra sentido en lo trágico, en lo violento, en un destructivo globo que estalla y cubre de basura cuanto hay bajo él, porque eso, un montón de basura, es en lo que se convierte el cadáver despedazado de lo más hermoso», reflexiona Rubén al final de Crematorio. En esas últimas líneas apela a su hija —«cuando las ideas no te dejan ver la realidad, no son ideas, son mentiras»—, sin saber que Silvia ya sufre el desencanto de una vida donde las decepciones han aplastado su idealismo original: no quiere a su marido —«en Juan la capacidad para ver las cosas como son, sin adornos, roza con frecuencia la crueldad»—, tampoco a su amante —«ganas de despedirse, ganas de lavarse a toda prisa, de peinarse, de salir enseguida de la habitación (...) José María es ninguna parte, no man’s land, está en lugar de nadie»— y suele sucumbir a un abatimiento que combate con cocaína y pastillas. Ajeno a ello, el constructor continúa sus diatribas, desvelando que su talante cínico es una coraza contra el sufrimiento causado por un padre que ignoró su sensibilidad, por una madre que nunca le quiso y por un hermano que aprovechó esa situación en su provecho. Rubén, que ya no reprime las lágrimas, solo reivindica su trabajo, recordando que ha logrado lo que Matías predicó desde la barra del bar: el bienestar del obrero. «Dios mío, qué harían los conductores de autobús de las grandes ciudades de Europa si no hubiera Mediterráneo, los oficinistas, las secretarias, los soldadores, los charcuteros, qué haría toda esa pobre gente si en el horizonte de su triste vida laboral no existiera el Mediterráneo», se pregunta.

Imagen de la serie «Víctimas de los desahucios», con la que Olmo Calvo ganó el XVI Premio Internacional de Fotografía Humanitaria Luis Valtueña
Imagen de la serie «Víctimas de los desahucios», con la que Olmo Calvo ganó el XVI Premio Internacional de Fotografía Humanitaria Luis Valtueña

El viaje de Chirbes concluye con En la orilla (2011), análisis de la España donde la burbuja inmobiliaria ha saltado por los aires. Una crisis que simbolizan las obras abandonadas, las grúas detenidas y los carteles de «se vende». La «esencia de lo real», esa mezcla de incomodidad y falta de esperanza, de imposibilidad de enmendar los errores de nuestros antepasados, se concentra aquí en unas pocas líneas: «La vida humana es el mayor derroche económico de la naturaleza: cuando parece que podrías empezar a sacarle provecho a lo que sabes, te mueres, y los que vienen detrás vuelven a empezar de cero».

«El de la crisis es un tema en el que se unen distintas generaciones», comenta el crítico José María Pozuelo Yvancos, que no tarda en nombrar a Rafel Chirbes, Marta Sanz y Elvira Navarro como representantes de tres generaciones preocupadas por el momento en el que viven. Aunque «hay mayor presencia en las novelas escritas por jóvenes de protagonistas de esa edad». En el caso de Sanz, comparada a menudo con el difunto Chirbes, espera que ese paralelismo se haga por «no entender la literatura al margen de la vida y de las acciones cotidianas y por la dimensión ideológica del estilo literario».

La escritora madrileña considera inevitable que la literatura se impregne del momento en el que vive. «Todos los libros que se escriben, desde lugares tan variados como la ciencia ficción, el realismo o el género erótico, están dando cuenta de las claves de su contexto, ya sea porque se resisten a él con fórmulas alternativas al discurso dominante, ya sea porque se subraya dicho discurso con propuestas complacientes que perpetúan la idea de la literatura como disciplina artística, pura y bonita, que siempre debería estar por encima de la realidad», comenta.

Aquí y ahora

Por novelas «de la crisis», Pozuelo Yvancos entiende tanto aquellas nacidas del realismo referencial, con perfiles urbanos y en contexto de crisis económica, como las distopías de Andrés Ibáñez (Brilla, mar del Edén), Lara Moreno (Sevilla, 1978; Por si se va la luz), Pilar Adón (Madrid, 1971; Las efímeras)… Todas ellas transcurren en un lugar al que se han quitado las referencias concretas. «Isaac Rosa hace distopías creando situaciones espacio-temporales anómalas, en una fábrica imaginaria o en una habitación oscura».El profesor universitario Sebastiaan Faber, comenta que en España hay mucho talento pero «un gran abismo entre los autores establecidos que publican en las grandes editoriales y los que sacan sus libros en casas pequeñas».

El caso de Rosa es particular. Este autor, periodista, ha elegido el formato cómic para hablar de los desahucios en Aquí vivió. «Quería contar desde la ficción un tema central de esta última década, los desahucios, que son una especie de observatorio desde donde se ve toda la crisis», comenta Rosa. «Escribo aquí y ahora, me interesa mi tiempo, quiero actuar en él. Si escribo sobre desahucios no es por solidaridad ni empatía; es porque a dos calles de mi casa he visto a vecinos que conozco siendo desahuciados». «Parece que el mundo cultural, editorial y periodístico necesitaba una etiqueta tranquilizadora: ‘la literatura de la crisis’. Para decir a los lectores: ‘Mirad, la literatura se ocupa de la crisis, podéis dormir tranquilos’, pero sigue habiendo pocas obras, sobre todo en novela», añade.

Según Elvira Navarro, la precariedad afecta a la parte material de la vida y a la identidad

El profesor Faber sí que observa una preocupación más explícita entre los escritores desde finales de los 90. Belén Gopegui (Madrid, 1963) en 1995 ya ponía en boca de uno de sus protagonistas en Tocarnos la cara: «Pertenezco a una generación que llegó tarde a las novelas de detectives. Nacimos con la parodia de aquellos hombres incorruptibles y fracasados, dignos y resentidos, duros y solos [...] Nos robaron el error, ellos, nuestros mayores, nos robaron la creencia en nuestra responsabilidad colectiva».

Esa responsabilidad colectiva de la que habla esta autora tiene reflejo en unas novelas cada vez más corales. Lo hace Javier Morales (Plasencia, 1968) en Trabajar cansa, pero también Pedro Simón en Peligro de derrumbe. Personajes al borde del abismo, a punto de caer, consecuencia de la inestabilidad laboral acrecentada por otras crisis personales (amorosas, existenciales…). «Podemos sobrellevar la situación cuando nos falla el amor o el trabajo, pero cuando lo hacen los dos a la vez... es muy difícil», comenta Morales. Sus personajes, insatisfechos, son incapaces de cambiar la realidad y dar un vuelco a su vida, porque les falla la parte emocional e intentan escaparse a través de pequeñas grietas, como por ejemplo, teniendo aventuras con otras personas. En su caso fue su propia experiencia la que le sirvió: un ERE y la caída de viajes Marsans, en la que se inspiró para crear a uno de sus personajes. «No creo que haya que ver el contexto como una oportunidad; es más bien una necesidad de que la literatura se contamine con el mundo en el que vive, que es lo que a mí me ocurre. Uno no puede escapar del tiempo en el que vive, y menos un creador o un narrador», afirma.

El también periodista Pedro Simón escribe su novela Peligro de derrumbe a partir de Siniestro total, su recopilación de crónicas. «Hay un 30-40% de la novela sacada de reportajes que yo viví, de gente con la que me emocioné. Es ficción de la no ficción», comenta. En su libro comienza algunos capítulos de la misma manera en que lo hicieron algunos reportajes que publicó en su diario. Sin embargo, confiesa que le cuesta mucho más hablar desde la ficción, donde no existen los límites periodísticos que él mismo cita: el insulto y la mentira. El suyo es otro libro coral, de muchos relatos que se entrecruzan, con perfiles que se complementan, con personas distintas y que confluyen en la sala de espera para el mismo puesto de trabajo.

Simón cita al reportero Plàcid García-Planas para decir que «allí donde hay gente jodida, donde hay una herida que cerrar, una buena historia que contar». De su trabajo dice que no tiene intencionalidad ni como libro aspirina ni como un libro anímico. «Simplemente tiene que ver con lo literario», pero apostando por un tema áspero «para literaturizar la gran desgracia que nos está tocando vivir». Este autor sí que es optimista sobre el momento que vive la literatura: «Se están escribiendo buenos aguafuertes de lo que está sucediendo». Pero no lo es tanto con los lectores: «Lo que pongo en tela de juicio es que a la gente le interesa, porque es una literatura que le recuerda lo que hemos sido y seguimos siendo: la bajada salarial, el primo en paro, la vulnerabilidad sindical…», pero apunta que «alguien tiene que hacer el trabajo feo, y, para eso, están el periodismo y la literatura».

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Paco

Lo malo de estar arriba del todo es que los demás sobreactúan cuando los tienes delante. Lo malo de parecer poderoso es que todos tratan de agradarte en exceso adelantándose a tus deseos. El pelota que está dispuesto a todo por un ascenso, el competidor que está dispuesto a todo por una tregua, el sicario que está dispuesto a todo por un cliente fijo.

Por eso Paco dejó de mandar dar una paliza a alguien, ni tan siquiera insinuarlo. Porque decía que le dieran un susto a Fulanito y a lo peor le dejaban en silla de ruedas. Porque insinuaba que Menganito se había pasado de listo y al poco se enteraba de que le habían quemado el coche. Porque señalaba delante de todos a Zutanito y al cabo de los días aparecía Zutanito todo él señalado. El pómulo izquierdo, la mandíbula, los dedos de la mano.

(...)

Es lo que tiene estar arriba del todo: que tú dices que hay que dar unas hostias bien dadas y sabes que le van a dar una paliza.

De todo eso hace ya mucho. Cuando de todo hace ya mucho es que ya no tienes nada que contar, que eres un mierda, que estás fuera del tinglado. Que lo bueno te lo dejaste atrás y que vives de la memoria de lo que fuiste, pero no de la realidad de lo que eres.

[Peligro de derrumbe]

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Volver a decir

Elvira Navarro relaciona en La trabajadora la patología de una mujer y la inestabilidad laboral, porque, según cuenta, «la precariedad económica no afecta solo a la parte material de nuestras vidas, sino a nuestra identidad en la medida en que hay que reajustar el horizonte de expectativas». Se sirvió de su propia experiencia, recién licenciada y sin trabajo en plena burbuja económica, para dar origen a un relato que sería la semilla, más tarde, del libro. «Mis amigos trabajaban de teleoperadores y ganaban una miseria. Contrastaba con la euforia de los medios de comunicación, de los políticos… Había un desfase entre lo que yo observaba en mi entorno más cercano y la manera de vivir de muchos de nuestros mayores. Eso me hizo sentir como una fracasada», argumenta. Cita a Marguerite Duras para explicar el motivo de enmarcar en la época sus historias: «Si no, no tendría sentido escribir ni leer novedades. Cada época necesita volver a decir».

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«No quería irme tan lejos. Solo pretendía decirte que me recordáis al episodio del avión. Si me echan, me voy a tirar una temporada fuera de España y de cualquier espacio cerrado, y también fuera de los libros, porque esta no es forma de estar en los libros. Me paso el día calculando beneficios, diseñando campañas de prensa y envíos a blogs literarios que son inútiles porque nadie aglutina a demasiada gente y cada vez se lee menos. Quiero olvidarme de todo y volver a los clásicos, estar en Módena o en Berlín, y pasar la mañana atisbando callejuelas, la tarde en algún café y la noche en el cine. Viviría de este modo hasta que se me acabara el dinero. No es un plan osado, aunque me alarmaría un poco cada vez que revisara mi cuenta bancaria. Siempre me han dicho que tengo una flor en el culo; tal vez por eso fantaseo con vagar por ciudades hasta quedarme sin pasta».

[La trabajadora]

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«Allí donde hay gente jodida, donde hay una herida que cerrar, una buena historia que contar» Pedro Simón

En Democracia, Pablo Gutiérrez (Huelva, 1978) narra la caída de Lehman Brothers en paralelo a la pérdida de trabajo de Marco, un artista que vivía del diseño de pisos para una constructora. «Es la novela que necesitaba escribir ahora y la única que podía escribir. No es que aproveche la oportunidad, es que escribo las cosas que me suceden, y lo que me sucede desde 2008 es que nos están robando la cartera», aseguraba Gutiérrez en una entrevista en ABC publicada en 2012.

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Sin pensar en ella ni en la serie de causas y consecuencias que conducen de la yoyoba al gel lubricante, Marco se desmorona de autocompasión, incapaz de levantarse del retrete. El pijama es un lazo que atrapa sus tobillos, corzo abatido. Como en el cine, imagina un plano medio de sí mismo y se muere de dolor al verse tan acabado y fantoche, icono del Hombre Miseria, ideal repetido cada mañana en millones de cuartos de baño, como celditas de una colmena.

[Democracia]

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Más allá de la novela realista, la crisis está presente en otros géneros. El crítico Pozuelo Ybancos cita a otros autores como Lorenzo Silva (Madrid, 1966), José María Guelbenzu (Madrid, 1944) o Alicia Giménez Bartlett (Almansa, 1951), representantes de otro tipo de géneros relacionados con la crisis.

Giménez Bartlett (llamada también la «Dama del crimen» por su serie de novelas negras) consiguió el Planeta en 2015 con Hombres desnudos, que plasma la precariedad del trabajo pero también la falta de moral de una sociedad a la que solo le importa el dinero. «Con grandes movimientos sociales se han hecho las grandes novelas, y es un tema que lógicamente debemos visitar los escritores», asegura. El detonante es la pérdida de trabajo y la imposibilidad de reinventarse de sus personajes. «Lo intentan pero no lo consiguen. Una de las cosas que me ha molestado de esta crisis es oír decir a los poderosos que hay que reinventarse. Que se reinvente su madre porque eso no es tan fácil, ni se improvisa ni se dan posibilidades. El intento está condenado al fracaso», argumenta.

No falta en su discurso una defensa de la novela negra, su género: «Si leyéramos las novelas europeas de los últimos años, se verían muchos indicios del presente. Algún personaje mío decía que en algún momento estallará ‘una sociedad tan pija’ como la que vemos. Lástima que los políticos no lean novela negra». No opina igual Marta Sanz, que dice de la novela negra que «tan solo alivia nuestra mala conciencia desde la excusa del arte, que reproduce los esquemas de la novela más comercial».