Bob Dylan vuelve a dar esquinazo a su leyenda en Barcelona

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A Bob Dylan nunca le ha gustado ponérselo demasiado fácil a su público, por lo que sus conciertos han acabado por convertirse en auténticos jeroglíficos esculpidos en música y letra. Gigantescos signos de interrogación que penden sobre la cabeza de sus fieles seguidores mientras éstos tratan de averiguar qué diablos es eso que suena entre pellizcos de guitarra y latigazos vocales. Siempre ha sido así, por lo que anoche, con todo el aforo del Festival Jardines de Pedralbes vendido y el calor apretando de lo lindo, no iba a ser ninguna excepción. O sí, ya que con Dylan la excepción es la norma y lo fue una vez más desde que el viejo Bob apareció cabalgando sobre el traqueteo de la oscarizada «Things Have Changed» y quedó claro que, en efecto, todo es diferente y al mismo tiempo nada ha cambiado.

El guión, una vez más, volvió a ser aparentemente simple: la banda servía rhythm’n’blues estilizado, rock con vistas al country y una electricidad que fue anoche más punzante que turbia mientras él se dedicaba a deconstruir meticulosamente su leyenda agarrándose al micrófono y soplando la armónica. Y así, con Dylan haciendo de sí mismo como mejor sabe, empezó la magia. Incluso ahora que parece haberse templado un poco y lleva casi un año calcando el mismo repertorio, verle rehaciendo a mano la historia del folk y el rock sigue siendo un auténtico espectáculo.

Con la nostalgia bien empaquetada en algún altillo de Duluth y mucho más expresivo que en anteriores ocasiones, Dylan se olvidó de sus clásicos para centrarse en su producción más reciente. Sí que sonó, en versión trémula, «She Belong To Me», un guiño a «Bringing It All Back Home», pero el rumbo lo marcaron ayer discos como «Tempest» y «Together Through Life». Otro cambio de esta gira es que el órgano ha seguido la misma suerte que la guitarra -esto es: el olvido- y Dylan acaricia de vez en cuando un piano de cola. Desde ahí imprimió vigor a «Beyond Here Lies Nothin’» y se mostró especialmente juguetón con «Duquesne Whistle». Con el escenario en penumbra, el estadounidense alternó las teclas con la armónica y recuperó su pose de majestuosa efigie para bordar una elegante «Workingman’s Blues #2» pespunteada de slide y arrimarse al vals en «Waiting For You». «Pay In Blood» sonó contundente y rotunda y «Tangled Up In Blue», magullada y atropellada, fue celebrada por el público como un gol de final de Champions.

Aún tuvo tiempo Dylan antes de la pausa de murmurarle al crepúsculo disfrazado de Frank Sinatra en «Full Moon and Empty Arms» y demostrar que, cuando quiere, aún puede cantar sorprendentemente bien. La pausa de veinte minutos destempló un poco los ánimos, pero en cuanto la banda empezó a engrasar «High Water» la cosa fue rodada: «Simple Twist Of Faith» en versión balsámica, chaparrón de blues con «Early Roman Kings», nueva exhibición vocal en la oscura «Forgetful Heart», pespuntes de swing jovial para impulsar «Spirit In The Water», y «Scarlet Town», «Soon After Midnight» y «Long And Wasted Years» reivindicando el peso creativo de «Tempest» antes de invocar a Yves Montand (vía Sinatra) con la solemne y desolada «Autumn Leaves». Ya en los bises, una «Blowin’ In The Wind» transmutada en envolvente letanía country alivió a quienes pensaban que iban a salir de ahí sin su trocito de historia en el bolsillo, y «Love Sick» echó el vibrante cierre a una de las actuaciones más elegantes y majestuosas de Dylan en la ciudad. Con todo, si el objetivo era amortizar lo invertido llevándose a casa un pedazo de leyenda en un tarro de formol, no fue ni la noche ni el artista. Eso sí: más de uno acabó con un pedazo de esa gran muralla de la música popular que Dylan erige y destruye meticulosamente cada noche.