En la imagen, un joven Bob Dylan. Manuel Vilas escribe: «La gente se muere, pero Dylan no se va de este mundo»
En la imagen, un joven Bob Dylan. Manuel Vilas escribe: «La gente se muere, pero Dylan no se va de este mundo» - abc
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Bob Dylan, mucho que celebrar

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Muchos de los amantes feroces de la música y de la voz de Bob Dylan ya se han ido de este mundo, ya están enterrados en renovados y remodelados cementerios europeos o estadounidenses, o tal vez fueron incinerados y sus cenizas esparcidas en el Atlántico o en el Mediterráneo tras alguna ceremonia vagamente melancólica, cursi y poética, en la que no faltaron los acordes de Knockin’ on Heaven’s Door. La gente se muere, pero Dylan no se va de este mundo. Ya no es útil la palabra fan para describir a un seguidor apasionado, o a un seguidor histórico de Bob Dylan. La palabra fan es frívola y está gastada, es inexpresiva e insignificante; deberíamos usar la palabra enamorado.

Bob tiene 74 años, casi la misma edad que nuestro Joselito, el «Ruiseñor». Bob viene de nuevo a pasar lista, a contar a sus enamorados españoles. Cada vez que viene, tiene que tachar unos cientos de nombres. El público histórico de Bob Dylan ha ido dejando paso a un público novato, a un público que no pudo comprar sus discos en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado porque aún no había nacido. Pero sin los años sesenta Dylan solo sería un anciano más. Nadie paga por escuchar los grajos de un anciano. La gente quiere saber qué fue de la gran leyenda.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la industria cultural estadounidense construyó el mito legendario de la autenticidad, de lo legítimo, del ídolo de masas, pero de masas exigentes y «enrolladas», un producto popular sin fecha de caducidad. Lo hizo con Elvis, y lo repitió con muchos más.

¿Qué piensa a día de hoy Dylan de sí mismo? ¿Qué piensa que está haciendo cuando se sube a un escenario? ¿Qué cree que está ofreciendo a la gente que paga una entrada? Parece un fantasma amable que se arrastra por el mundo, fiel a una creencia residual, la música, intentando encontrar en las guitarras, en los pianos, en los bajos, en las baterías, una razón que justifique el acabamiento presente y la vida gastada.

Ni un kilo de más

Al capitalismo artístico no le hace ninguna gracia el poder igualatorio de la muerte y del envejecimiento. Lo mismo se mueren los roqueros de éxito que los roqueros fracasados, como ya dio a entender Jorge Manrique. La industria geriátrica exhibe a través de Mick Jagger, y también de Dylan, sus últimos avances, sus últimos prodigios.

Hemos asistido a la creación de un inédito producto moral: el alargamiento de una vaga y crepuscular idea de la juventud, expandida hasta la edad septuagenaria. Los grandes del rock invierten sus fortunas en investigaciones capilares, en implantes óseos, en resurrecciones cardiovasculares, en crecimiento de la sangre, en fortalecimiento de hígados, riñones y pulmones, en endurecimiento de uñas de pies y manos, que se llevan a cabo en sofisticados y privados departamentos de medicina de recónditas universidades estadounidenses. Ni una cana que no esté previamente diseñada ni una entrada en el cuero cabelludo que sugiera ni por asomo el comienzo de la calvicie. Cuerpos delgados, en almas que atesoran fortunas económicas y morales. Los mesías del pop convertidos en vampiros. ¿En qué gastar tanto dinero acumulado en estos últimos cincuenta años de éxitos universales?

No perdonaríamos ni una incipiente barriga. Ni un kilo de más en los cuerpos de Dylan, de Jagger, de Richards, de Bowie. Pagamos por vosotros a condición de que comáis lechuga hiperbiológica y yogures desnatados y orgánicos. Para que os quedéis con nuestra carne, tenéis que renunciar a comer carne. Elvis se murió porque engordó. Engordar es el gran pecado en esta escena nueva de la cultura popular. El que engorda, se muere. El que se queda calvo, se muere.

¿Qué puede ambicionar Bob Dylan hoy? En la cima del capitalismo trascendental, al que conduce el éxito legítimo del arte, ¿qué hay? España solo es un país colonizado, como tantos otros. No sabemos producir leyendas históricas. Nosotros tenemos a Joselito. Solo hacemos, con suerte, literatura y de vez en cuando nos dan un Premio Nobel, cada treinta o cuarenta años.

Versiones de Sinatra

Si el mundo entero te ha concedido setecientas matrículas de honor en arte, cultura, música y santidad moral laica, como a Dylan, ¿qué hacer? Bob se concentra en sus discos, y la crítica especializada siempre dice que sus últimas canciones son inesperadas obras maestras, las mejores de su carrera, y es verdad. Pero lo mejor no importa.

El último disco de Dylan son versiones de canciones de Frank Sinatra. Son juegos dylanianos para aplazar la muerte; juegos que exaltan los directivos de las discográficas y los críticos y los mánagers, para mantener viva la idea de que aún es posible un futuro. Pero el rock no produce novelas ni ensayos enjundiosos. El rock es energía de la vida, no de la inteligencia. No nos interesa un Dylan inteligente, para eso ya nos apañamos con la bonita arqueología de la literatura. Y para eso ya está Jorge Luis Borges o cualquier otro.

Enriquecimos a Dylan cuando compramos todos sus discos y cuando fuimos a todos sus conciertos a condición de que renunciara a la inteligencia y al conocimiento. Nos interesan la alegría y los instintos. Eso fue el rock: la monumentalidad de la alegría. Era sentimiento, no pensamiento. Por poseer la alegría, seríamos capaces de matar.

Porque la alegría es más poderosa que la inteligencia. Con Hegel o con Borges no puedes bailar, no puedes fornicar. Con Dylan, sí. Nos dimos cuenta de que la inteligencia era una construcción cultural más, como la religión. Nos dimos cuenta de que la profundidad era una superstición universitaria. Y el rock era un «no» permanente al aburrimiento y a cualquier forma de convencionalismo histórico.

¿Con quién habla Bob Dylan todos los días? ¿Con sus hijos? ¿Con su mánager? Tal vez no hable con nadie. Tal vez solo vea la televisión. Además, los amigos se han muerto. Se murió Johnny Cash en 2003 y se murió con solo 71 años, con tres años menos de los que tiene Dylan hoy. Se murió George Harrison y se murió Lou Reed.

Negocio de la alegría

¿Qué piensa Bob cuando los colegas se van de gira con los muertos? No piensa nada, simplemente viaja y sube a un escenario. Decide no pensar. ¿Pagaría el Bob Dylan de 1965, el que escribió Like a Rolling Stone, por ir a ver a un palacio de la música de una ciudad perdida al Bob Dylan de este 2015?

Seguimos yendo a verle, claro, y pagamos la entrada. En el negocio de la alegría es imprescindible pagar la entrada. Los asépticos escenarios de repetidas capitales del mundo son el lugar que Dylan ha escogido para la celebración del envejecimiento. Ya no queda nada de la alegría de los años sesenta y setenta. Todo el mundo occidental pensaba que existía el futuro. Eso ha sido el pop: una fantasía que nos dio razones para vivir más.

Se cumplen cincuenta años de una de las canciones más grandes de la Historia, cincuenta años de Like a Rolling Stone. La gente se enamoró con esa canción. La gente necesitaba oír esa canción todo el rato. La gente hacía el amor con esa canción. Nunca habíamos oído algo así. Parecía que el Amor venía a este mundo en forma de canción.

Como dice Philip Roth, «envejecer es inimaginable, excepto para quien envejece». Pero la razón última de que Bob Dylan continúe cantando es bien sencilla: salud, aún tiene salud. La salud es la enamorada. La salud es lo que importa ahora. Oh, Bob, qué viejo estás, pero eres tú y sigues vivo y te amamos.