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Juergas, excesos y una bofetada de Ava Gardner: la autodestructiva vida del pirata de Hollywood que vino a morir a España

El cineasta Nicholas Ray, director de «Rebelde sin causa», fue uno de esos exiliados de Hollywood que se refugiaron entre drogas y alcohol en las fiestas de la España del aperturismo

Nicholas Ray
Nicholas Ray
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Llevaba un parche en el ojo, como los grandes cineastas, aunque no estaba tuerto ni era pirata, y se lo cambiaba de lado a su antojo. Nicholas Ray era un tipo alto y elegante, con andares de Cary Grant pero la losa de saberse un perdedor, siempre la segunda opción de todo gran proyecto. Un hombre marcado por el alcoholismo de su padre, que heredó como forma de anestesiarse de la realidad. Esa que le ofrecía los proyectos que otros no querían, y que le terminó llevando a España, donde desahogó sus problemas en bares y noches de juerga.

Director marginal, de mirada introspectiva, «era un poeta cinematográfico de la envergadura de Murnau, una especie de Rossellini hollywoodiense, además de con evidentes toques de aliento épico shakesperiano que le emparentaba con Welles”, reconoce José Luis Garci, que prologa «El universo de Nicholas Ray» (Notorius Ediciones).

En «Rebelde sin causa» impuso su característico estilo, una frescura tan inspirada como espontánea, con jóvenes desorientados que no transgredían la ley, sino los sentimientos. Fiel a sí mismo, quizás porque así le llegaron varios de sus proyectos más memorables, no eligió la primera opción sino la más inesperada. Puede que Marlon Brando fuera idóneo para el papel, pero Ray prefirió al tímido James Dean, al que le sacó todo lo que su amigo Elia Kazan le había dejado dentro. «Los actores en manos de Ray parecía como que contactaban con los planos, con las secuencias», escribe el director de «Volver a empezar», fascinado por asistir con retraso, tras años de censura, al espectáculo de un James Dean cercano, relajado, con un Jim Stark que le venía al guante, enfundado en esa cazadora bomber de color rojo bote Coca-Cola, «una prenda de tanta miticidad como los guantes de Gilda, las gafas de Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes o los tirantes de Charlotte Rampling en Portero de noche». Para Garci, que se topó con Ray y Dean en el escaparate de la librería Franco-Española en la Gran Vía madrileña, «Rebelde sin causa era intemporal, jugaba en la misma liga que El guardián entre el centeno, era zumo de cine, sin ningún otro aderezo».

Como eterno segundón, Nicholas Ray llegó a Madrid a los 48 años para dirigir un proyecto que otro cineasta había ignorado. Así emprendió un costoso rodaje en la capital de España, tras las cámaras de esa «Rey de reyes» que rechazó el genio del parche y la pipa John Ford tras la oferta de Samuel Bronston. Según el productor, ese judío ruso que erigió en España el mayor imperio cinematográfico de Europa, la película iba a ser la nueva «Ben-Hur», aunque terminó siendo una de cartón piedra, como sus estudios, y solo funcionó en España, recaudando 10 millones de pesetas. Esta singular superproducción, especial por la intensidad personal que el propio Ray impregnó en el filme, le dejó tan extasiado como para querer huir cuanto antes del país y de las garras de Bronston. Una y no más, dijo Ray tras la experiencia, y se mudó a Italia, dejando en Madrid a su vecina Ava Gardner y a Orson Welles, abrigados por la excentricidad y el exceso de la España del aperturismo.

«Nick era varias cosas contradictorias: un burgués y un veterano de la lucha de clases, un aristócrata en sus gustos y un campesino de espíritu, un marido fiel o un padre devoto que, no obstante, quería acostarse con todas las chicas que le atraían», dijo Elia Kazan

Tres años después de su exilio autoimpuesto, rompió su promesa de no volver a rodar para Bronston en 1961 y dirigió «55 días en Pekín», que David Lean declinó antes de que él cogiera el toro por los cuernos durante un tiempo. Desencantado de la vida y reventado por un alcoholismo recalcitrante, el rodaje fue una tortura para el director de «Rebelde sin causa». «Es un buen tipo –le dijo John Huston a Charlton Heston– pero he jugado con él al póker y es un perdedor». Un augurio que terminaría por cumplirse cuando Ray fue invitado a irse por la puerta de atrás de los estudios madrileños de Las Rozas. Nada pudo impedir su salida de una película que la taquilla condenó al ostracismo, proyectando en el público los problemas que arrastraba la producción. El desastre lo fue por varias razones, desde el guión inacabado hasta la pésima planificación del proyecto. Pero el peor error fue contratar a Nicholas Ray, que no estaba preparado para asumir la dirección de un filme que terminaron completando entre Andrew Marton y Guy Green.

«Nick era varias cosas contradictorias: un burgués y un veterano de la lucha de clases, un aristócrata en sus gustos y un campesino de espíritu, un marido fiel o un padre devoto que, no obstante, quería acostarse con todas las chicas que le atraían, quería tenerlo todo, ser disciplinado y disoluto, un santo y un pecador, modesto y arrogante, un partisano de la izquierda transigente con la derecha, un rebelde que finalmente resultaba incontrolable», dijo sobre él su amigo Elia Kazan. Adrián Sánchez, en el diccionario del libro «El universo de Nicholas Ray», dice que el director, inmerso en sus contradicciones, vino a España a morir. «Extenuado, desmotivado y roto, terminó en un hospital, expulsado de una producción caótica que solo pudo terminarse por el empeño personal de Heston».

Pagó así las consecuencias de sus adicciones, siempre entre drogas, alcohol y partidas de cartas; de esa rebeldía con la que terminó boicoteándose, quizás para evitar un segundo éxito como director de epics comerciales. Prefirió la autodestrucción y el olvido antes que venderse a los estudios. Y en ese letargo huidizo, en ese confinamiento amnésico abonado por el alcohol y los vicios, el pirata de Hollywood encontró su tesoro en España, un club al que bautizó como «Nickas», que también podía leerse como «Nick Ass», el culo de Nick.

Ray languidecía, pero todavía conservaba cierto humor. El club de su propiedad espoleó la zona de Avenida de América, en cuyos apartamentos, según el fallecido Moncho Alpuente, «se fraguaron grandiosos guiones y apasionantes romances, confabulaciones, manifiestos y líos de drogas». Tal y como escribió el escritor Marcos Ordóñez, «el Nickas se convirtió en el club de los americanos y la gente del cine, pero apenas duró dos años porque era incapaz de administrarlo».

«Extenuado, desmotivado y roto, terminó en un hospital, expulsado de una producción caótica que solo pudo terminarse por el empeño personal de Heston»

De Madrid, Nicholas Ray se llevó muchas juergas, noches infinitas como la de sus amantes, y hasta una bofetada de Ava Gardner, que le golpeó una mañana delante de todo el equipo de «55 días en Pekín». También broncas, los recelos justificados del Cid americano, Charlton Heston. Y ese club de jazz en el que los suyos aliviaban sus excesos y se refugiaban de las miradas indiscretas de un Madrid crápula donde se agitaba un cóctel imposible, con toreros, actores y artistas de flamenco que entraban y salían de Chicote y Villa Rosa, del Oliver y del tablao El Duende. Incluso se encaprichó de una española, la murciana Mari Trini, que por entonces vestía de negro. Se llevó muchas cosas, hasta una crisis nerviosa, una suerte de epitafio para el autodestructivo realizador, que vino a morir a la misma España que Frank Sinatra juró no pisar nunca más.

«Nick tenía un increíble aspecto de agotamiento. No cabía duda de que le quedaban solo unos días de vida. Pero tampoco cabía duda de que estaba haciendo lo que quería hacer con sus últimas horas. Y con sorpresa descubrí que su cara reflejaba la misma beligerancia que había visto en el rostro de John Steinbeck. (...) Nick no quería morir. Quería seguir adelante. No se rindió, ni por un momento, ni por un centímetro de película. Incluso al final, cuando estaba peor, se aferraba a cada centímetro de vida», escribió sobre los últimos días de Nicholas Ray su amigo Elia Kazan en su autobiografía.