Es Noticia

Arde Madrid Alcohol, toreros y sexo desenfrenado: la locura española de Ava Gardner

«La pantera de Hollywood», cuya agitada vida en la capital retrata «Arde Madrid», se enamoró de las noches de España y escandalizó a la sociedad de la época durante casi 15 años

Ava Gardner
Actualizado
Enviar noticia por correo electrónico

El animal más bello del mundo nació sin lujos ni alardes, en una pequeña comunidad rural de Carolina del Norte. Preludio de lo que sería su vida, llegó al mundo en la Nochebuena de 1922 y, a partir de entonces, cada vez que caía el sol sus felinos ojos verdes despertaban de nuevo. En su prematura madurez e incitada por el negocio familiar en una plantación de tabaco, aprendió a liar cigarrillos antes que a caminar y a fumárselos a partir de los siete hasta el fin de su vida.

Para Ava Gardner, la fiesta que no terminó nunca empezó en un escaparate de la Quinta Avenida. Durante una visita al Nueva York de su hermana, su cuñado colocó una fotografía en la vidriera de su establecimiento. El cazatalentos de la Metro Goldwyn Mayer Barney Duhan se tropezó con «la condesa descalza» y frenó su futuro como secretaria para contratarla en el estudio. Al servicio de la major hollywoodiense, el «peligroso ángel carnal» que describió uno de sus últimos biógrafos, Lee Server, dio clases de dicción para limar su incomprensible acento natal y llegó a rodar para la industria medio centenar de películas. Una prolija carrera que, sin embargo, solo le deparó una nominación al Oscar, por «Mogambo». El tiránico magnate Louis B. Mayer, que se enfadó al enterarse de que Mickey Rooney, el enano de oro del estudio, se iba a casar con una «palurda», llegó a decir cuando sobre ella: «No sabe actuar, no sabe hablar, pero es deslumbrante».

Gardner, de sevillana
Gardner, de sevillana

Aunque por donde iba, Ava Gardner pisaba con fuerza, no fue hasta mitad de siglo pasado que supo lo que era la libertad de vivir su vida como ella quería y no como un títere con un contrato de estrella. En 1951 viajó a Tossa de Mar para filmar «Pandora y el holandés errante», y se distrajo con el torero Mario Cabré hasta encolerizar al amor de su vida, Frank Sinatra. Descubrió, así, el sabor de España, que le regalaría su único gran premio en el Festival de San Sebastián, reconociendo su trabajo por «La noche de la iguana». Pero fue a 700 kilómetros de la Costa Brava donde la diva extendió sus tentáculos, revolucionando a los hombres y los bares de la capital. La «maja desnuda» le dio «categoría sexual a Madrid», explica Marcos Ordóñez en su libro «Beberse la vida», donde, a pesar de la coyuntura política de la época, subyacía un «mundo subterráneo de fiestas, juergas y sexo». A la Villa llegó en 1954, y embriagada por sus licores y sus gentes se quedaría casi quince años. «Era un país barato, tenía amigos y descubre el mundo de la noche entre toreros y aristócratas..., además aquí se sentía libre y alejada de las imposiciones de Hollywood», explica el autor.

«Cuando llevaba muchas copas desaparecían todas sus inhibiciones, sus miedos, sus inseguridades. Podía subir a una mesa, levantarse las faldas y ponerse a mear como si tal cosa (...) lo más singular es que no resultaba grosera. Hasta meando sobre una mesa tenía clase», dijo Perico Vidal

Madrid, y no París como escribiera su amigo Ernest Hemingway, era una fiesta. Una que retrata la serie «Arde Madrid», disponible a partir de este jueves en Movistar+. Cuenta Juan Ignacio García Garzón en una crónica para este periódico que, bajo las grises apariencias de la férrea realidad oficial institucionalizada por el régimen, bullía paralelamente un pequeño universo semiclandestino, gallardo y calavera, de fiestas interminables y placeres sin tasa para quienes podían y querían permitírselos». La particular troupé de la intérprete norteamericana en la capital iba desde Lola Flores a Luis Miguel Dominguín, su amante hasta que se casó con Lucía Bosé, sin olvidar a Emma Penella o Francisco Rabal. Y Perico Vidal, ayudante de dirección de Joseph L. Mankiewicz, Nicholas Ray o David Lean, que apuraron los encargos de Samuel Bronston, el judío errante de origen rumano que construyó en Madrid un imperio al que llamaron «Hollywood en el Manzanares». «Cuando llevaba muchas copas desaparecían todas sus inhibiciones, sus miedos, sus inseguridades. Podía subir a una mesa, levantarse las faldas y ponerse a mear como si tal cosa (...) lo más singular es que no resultaba grosera. Hasta meando sobre una mesa tenía clase», reconoció Vidal.

Gardner y Dominguín
Gardner y Dominguín

Si los amantes de Rita Hayworth se acostaban con Gilda y huían al despertarse con ella, con la bella Ava Gardner pasaron las noches inifinidad de hombres porque no quería estar sola, pero de todos se desprendía cuando despuntaba la mañana, vampiresa de un desfile interminable de rostros que solo saciaba el sexo y el alcohol de la hora bruja. Como cuando, durante el rodaje de «55 días en Pekín», secuestró al botones del ascensor del hotel Castellana Hilton, al que la noche mágica casi le cuesta el puesto. «¿Qué hubiera hecho usted si Ava entra por la puerta de su oficina y le pide guerra?», preguntó Howard Newman, jefe de publicidad de Bronston, a la dirección del parador. Compresivos finalmente con el poder de la diva de Hollywood, el empleado salvó el puesto.

«Nos dejábamos llevar, y Ava lo hacía más que ninguno. Se quedó prendada de España y todo lo que ofrecía, incluidos los toros... y los toreros», contó Angela Allen

«Me arriesgaría a decir que los mejores años de su vida los pasó en Madrid, vividos con champagne y juerga entre su residencia en La Moraleja, llamada «La bruja», y el último piso del número 11 de la calle del Doctor Arce», escribió Enrique Herreros. En esta última vivienda celebraba sus grandes fiestas y agonizaba sus resacas. Un desmadre que no le procuraba buena fama entre sus vecinos, que en más de una ocasión mostraron su acritud contra la desfasada intérprete. «La pantera de Hollywood» respondía a las constantes quejas de su vecino el general Perón llamándole «marica», y a Blas Piñar, otro de los ilustres de la comunidad, lo recibió desnuda. No había lugar a la indiferencia.

«Nos dejábamos llevar, y Ava lo hacía más que ninguno. Se quedó prendada de España y todo lo que ofrecía, incluidos los toros… y los toreros», le confesó a Server la secretaria de producción de «Pandora y el holandés errante», Angela Allen.

«Representaba todo lo que ellos censuraban», explicó en su día Ava Gardner, «una mujer, que vivía sola, que estaba divorciada, que no era católica y, además, era actriz». Un atracción fatal que, como su tormentosa relación con Frank Sinatra, no podía acabar bien. Si nunca pudo olvidar el vacío que dejó su segundo marido, al que nunca dejó de escuchar en el tocadiscos de su piso de Doctor Arce, su trémulo idilio con España le dejó una cicatriz en el pómulo derecho que la persiguió hasta el fin de sus días, en Londres, cuando una neumonía se la llevó para siempre, a los 67 años.