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La tragedia de Rita Hayworth, el mito erótico al que borraron su pasado español

En el centenario del nacimiento de Rita Hayworth, se publican varios libros que reivindican su figura y bucean en sus orígenes andaluces

Rita Hayworth - ABC
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Si nunca hubo una mujer como Gilda es porque ella se quitó el guante, pero detrás de bastidores la protagonista era otra. Suyos fueron el striptease más breve y la bofetada más sonora, anticipo de lo que la belleza de ascendencia española sería para los hombres, que la manejaron a su antojo. El primero, su padre, Eduardo Cansino, un emigrante andaluz que hizo carrera como bailarín en EE.UU. y que no tardó en explotar el talento para la danza de su hija, de la que, según Orson Welles, también abusó sexualmente.

Antes de convertirse en mito erótico del Hollywood dorado, ni siquiera se llamaba Rita Hayworth, sino Margarita Carmen Cansino. Tampoco era esa pelirroja despampanante que odiaba tanto a Johnny Farrell, ni la rubia de pelo corto de «La dama de Shanghai», que rodó junto al genio precoz de «Ciudadano Kane», cuyos cuatro años de matrimonio fueron los más felices de su vida.

De hecho, era morena, con la raya al medio en una abundante melena de color negro, y estaba a punto de perder todo rastro de su herencia española. Su primer marido, un magnate del petróleo con contactos en el mundo del cine llamado Eddie Judson, veinte años mayor que ella, le consiguió un contrato con Columbia. El fundador de la major, Harry Cohn, decidió americanizarla, acortando su nombre y añadiendo una «y» al apellido materno. La sometieron a un doloroso tratamiento de electrolisis para quemar la raíz del cabello de la frente y la obligaron a adelgazar. Cuando «cantó» la sugerente «Put the blame on mame», ya había desaparecido toda huella hispana de «la diosa del amor», como la bautizó una portada de «Life».

Dio sus primeros pasos en películas de serie B, muchas de las cuales apenas duraban una hora y se estrenaban en circuitos secundarios. Como «La nave de Satán», «donde una sonriente Rita Cansino de tan solo dieciséis años ofrece una deliciosa escena de baile de salón (...) que supuso su primera aparición en la gran pantalla», refiere Enric Mos en el libro ilustrado «El universo de Rita Hayworth» (Notorius Ediciones, 2018). El actor Joseph Cotten llegó a decir que «por malo que fuese el resto de la película, cuando Rita se ponía a bailar era como ver un fenómeno de la naturaleza».

Destacó en papeles en los que podía desplegar sus dotes de danza, como en «Amor de gaucho» o «Charlie Chan Egipto». Aquella fue la única herencia de su padre sevillano y su madre, la también bailarina Volga Haworth, que Hollywood le permitió conservar y que explotó encomendándola a musicales junto a Fred Astaire o Gene Kelly.

Una ascendencia de la que recuperó en «Sangre y arena», adaptación de la novela de Blasco Ibáñez donde exprime esa innata esencia ibérica.

En la cama con Gilda

La nueva Rita «vino a marcar un punto de inflexión entre la fascinación de la femme fatal de Marlene Dietrich y la liberación no exenta de fragilidad de Marilyn Monroe», explica Miguel Losada en «Nunca hubo una mujer como Rita Hayworth» (T&B Editores, 2018), otro de los libros que se publican por el 100 aniversario de su nacimiento. Porque, detrás de una de las más grandes estrellas producidas por Hollywood, de esa frívola imagen de sex symbol que le granjeó «Gilda», había una mujer frágil e insegura, que se escondía detrás de hombres atraídos por su físico que anulaban u obviaban su voluntad. De ahí su mítica frase, preludio de sus cinco matrimonios fracasados: «Los hombres se van a la cama con Gilda y despiertan conmigo».

El único hombre que la hizo feliz fue Orson Welles, para quien fue «una de esas mujeres de las que la cámara se enamora y convierte en inmortales», pero de la que terminó aburrido. «Gilda» la convirtió en la mujer más deseada de todos los hombres, menos de su marido. «Si aquello fue felicidad, cómo sería el resto de su vida», llegó a decir Welles, más preocupado en conquistar a coristas y tener aventuras con otras actrices, como Judy Garland, que de atenderla a ella. Tras este divorcio, se cobijó en el playboy real Alí Khan, cuyo matrimonio la convirtió en la primera princesa de la meca del cine. Y todavía pasó dos veces más por el altar, con Dick Haymes y James Hill, sin sentar cabeza.

Vendiendo con una sonrisa su fama de icono erótico pero desechando esa etiqueta en privado, se refugió en el alcohol. Incapaz de recordar los diálogos y susceptible a cambios de humor repentinos, cerró su idilio con Hollywood, el más largo y tormentoso de su vida. Y aunque muchos veían en la pelirroja a un juguete roto desgastado por las rupturas y la bebida, lo que en realidad padecía era alzhéimer, enfermedad de la que murió a los 68 años. Unos años antes, cuando Welles la visitó y la besó en la mejilla, no le reconoció. «La sangre se me heló en las venas», dijo él. Entre tantas vidas, Rita, Gilda o Margarita Carmen Cansino... olvidó también quién era.