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Crítica de «Razzia»: Casablanca, pero no la de Rick

El marroquí Nabil Ayouch exhibe aquí una voluntad firme de pronunciar una palabra, más bien de lanzar un grito, de alarma ante la deriva fundamentalista que amenaza a su país

Fotograma de «Razzia»
Fotograma de «Razzia»
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El marroquí Nabil Ayouch exhibe aquí una voluntad tan firme de pronunciar una palabra, más bien de lanzar un grito, de alarma ante la deriva fundamentalista que amenaza a su país, que parece mezquino tener que recordar una vez más que el proyecto ideológico de una obra no debe ahogar su estructura ni su dramaturgia, convirtiendo a sus personajes en variables de una demostración. Ayouch describe esa deriva desde dos momentos históricos: en el primero, un maestro de un pueblecito del Atlas recibe la orden de someter a sus alumnos bereberes a una inmersión lingüística a un idioma, el árabe unificado, que apenas entienden.

La segunda cata se sitúa en la Casablanca actual (un gag recurrente remite a la célebre película homónima) y sigue a cuatro personajes más. Uno de ellos tiene un restaurante que podría evocar el que apatrullaba el Rick de Bogart, pero todos carecen de un espacio simbólico de acogida como era aquél, a salvo de las imposiciones.

Una primera manifestación de energúmenos en contra de los derechos de sucesión de la mujer y otra manifestación al final, esta más cerca de la «Alá borroka», delimitan el espacio real en el que se mueven los personajes-emblema que nos presenta el cineasta: un joven gay, una mujer emparejada con un machista de libro (y reprendida en la calle por ir con falda), el restaurador judío que comprueba que hasta una prostituta puede ser objetora de conciencia y una joven de buena familia que explora su naciente sexualidad protegida tan solo por sus privilegios de clase.