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Crítica de «La casa junto al mar»: La clara y sencilla sopa Guédiguian

Antes nos sorprenderá el fin del mundo que una película de Robert Guédiguian, un director de mirada franca y que le toma el pulso a su época y lugar

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Antes nos sorprenderá el fin del mundo que una película de Robert Guédiguian, un director de mirada franca y que le toma el pulso a su época y lugar, siempre en los aledaños de Marsella y siempre a través de unos personajes que sienten y reflexionan por él, y ese mismo paisaje y personaje se completa con un equipo habitual de actores, su propia esposa, Ariane Ascaride, y sus colegas de barriada, Jean Pierre Darroussin, Gérard Meylan, Jacques Boudet… El cine de Guédiguian se construye desde una óptica marxista, aunque la ideología se transmite a su historia y a sus personajes desde un lugar muy cercano al sentido común: tal vez a su pesar, es más humanista que ideólogo.

En esta historia, que trata en esencia de la inmigración ilegal y su asentamiento en nuestra sociedad y cultura, lo que en realidad cuenta son asuntos de legado familiar, de pasado convulso y de presente prometedor, mediante la reunión de tres hermanos en la casa familiar cuando el padre de ellos sufre un ictus que lo deja inmóvil y silente. La película se concentra, con nostalgia y sentido del humor, en cómo el tiempo los ha transformado tanto a ellos como al paisaje de la costa marsellesa y en cómo han de gestionar sus viejas ilusiones con los escombros que quedan de ellas. Aunque la película tiene un fondo de triste melodrama, es luminosa, optimista y sentimentalmente didáctica, hecha con la sencillez habitual de este director y horneada con su buena pasta.