Réquiem por el gran señor del bosque
Réquiem por el gran señor del bosque - BARCA

Réquiem por el gran señor del bosque

Lo cierto es que el urogallo se nos muere, desaparece de forma inexorable

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San José marcaba un hito en el calendario de las gentes del campo asturiano. El final del invierno era ocasión de ferias que, aparte de los intereses comerciales de adquirir o vender una yegua o una vaca, se prestaban al encuentro entre conocidos y parientes aislados por las inclemencias propias de la estación vencida. De entre esas ferias, tengo un imborrable recuerdo de la celebrada en Tineo. Una de las imágenes más entrañables de aquellos certámenes era la de los paisanos que acudían con enormes mazos de pieles secas. En el tiempo que yo la conocí solo eran de zorro. Cuando embobado miraba los postes de los que colgaban los pellejos, no faltaba quien evocaba aquellos otros en los que se vendían pieles de tejón para brochas de afeitar, de ardillas o topos y, por supuesto, de martas y garduñas. Una buena piel de zorro se pagaba a cinco mil pesetas y una corriente, a la mitad. Cada mazo podía contener entre 25 y 50 pieles, de modo que aquello reportaba al cazador unos buenos duros. Por lo que sé, gracias al testimonio de algunos buenos y viejos guardas de caza, por una piel de marta se lograba holgadamente el sueldo de un mes. Huelga decir que por esta razón, los carnívoros de piel estuvieron perseguidos con ahínco durante muchos años en estas tierras del norte.

Simultáneamente a esta fecha se produce un hecho sobresaliente en la vida silvestre del bosque cantábrico: el celo del urogallo. Esta ave formidable, de porte imperial, terno oscuro, de talante pendenciero, cuyo macho es tan despreocupado de su prole como amigo de breves lances amorosos, declara en la alborada su fortaleza y disposición reproductiva, encaramado a la rama de un viejo roble al que se habrá subido la noche previa. Un aleteo recio anuncia su llegada, unas estrofas deslavazadas de su extraño canto son el preludio de una oscura y aún fría noche primaveral. El gran gallo, que en Asturias recibe el nombre de faisán, mudará su cantadero conforme avance la estación, realizando un desplazamiento altitudinal que sigue la evolución del brote de las hojas de hayas, robles y abedules. Canta mirando al este, buscando la claridad del amanecer, anunciando la llegada del día. Acompaña a sus taponazos, seguidillas y refilos de unos movimientos rígidos, estereotipados, que recuerdan a un juguete de hojalata. Dicen que el amor vuelve sordo al gallo. Es ahora un animal dominado por sus expectativas carnales. Cuando la luz penetra en la espesura y los corzos inician su recogida a los encames, el gallo cesa en su canto arbóreo, desciende al suelo donde pega saltos y revuelos. Aquí le esperan las gallinas, de librea menos seria, críptica, rendidas a los encantos del estirado galán. Hubo tiempos en que en los cantaderos se citaban varios machos y eran de ver los combates feroces que los señores alados del bosque se gastaban. Golpes con las alas, picotazos –¡que menudo pico se tienen estos pájaros!–, dejando el testimonio de desplumes, incluso de algún cadáver. En estas pendencias se volvían temerarios, o quizás también sordos, habiendo anécdotas de cazadores que tuvieron ocasión de hacer carambolas de caza.

Pero hoy nuestros urogallos cantábricos viven su fatal ocaso. En los montes de Rengos, Hermo, Larón o Muniellos estarán cantando los últimos de su estirpe. Ya no hay gallos en Ponga, apenas en Redes, tampoco ya en Somiedo. Picoteru y Mansín fueron el testimonio de que algo iba mal, muy mal. Esos gallos locos, que andaban entre humanos con total descuido por sus vidas, eran una señal de lo que estaba por venir.

Desde que se vedó su caza en 1979 mucho se ha especulado sobre las causas que han llevado al urogallo al oscuro abismo de la extinción. Los desalmados furtivos, los cambios del hábitat y del uso del monte, el calentamiento del clima son proclamados los causantes del desastre. Más allá de que se apuntase a la caza como posible concausa de su declive, la veda tuvo otra fatal consecuencia: la del olvido. Los guardas cesaron en la celosa vigilancia de los cantaderos y las otras vedas eliminaron la captura de sus depredadores. Lo cierto es que el urogallo se nos muere, desaparece de forma inexorable. Vamos a asistir a la extinción definitiva de la mayor de nuestras aves forestales. Parece que nada hay que hacer. Me pregunto qué habría pasado de seguir viendo los mazos de pieles por San José.

Publicado en ABC el viernes 6 de abril de 2018