Aminatu Haidar - LUIS DE VEGA

Más allá de la generación Aminatu

Los saharauis se levantan contra Marruecos con sus líderes más conocidos en la retaguardia. La llama de la protesta, en esta ocasión, ha sido mantenida por ciudadanos anónimos

LUIS DE VEGA
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Sultana Jaya ve el mundo con el ojo que le queda, el izquierdo. «Esto no es nada comparado con el sufrimiento de mi pueblo», afirma. Esta mujer saharaui de 30 años optó por el activismo como profesión desde pronto. Sus padres la presionaron para que dejara Bojador, una ciudad en la costa atlántica a unos 150 kilómetros al sur de El Aaiún. No querían que siguiera protagonizando manifestaciones a favor de la independencia en el territorio que abandonó España cinco años antes de que ella naciera mientras la dictadura franquista moría en la cama de un hospital de Madrid.

Pero el remedio fue peor que la enfermedad y Jaya encontró en Marraquech el caldo de cultivo que buscaba. Más libertad de movimientos que en el Sahara Occidental y grupos bien organizados de estudiantes saharauis. Muchos de ellos están ayudados de pequeñas becas del estado marroquí con las que suplen el conjunto vació que representan los centros de enseñanza universitaria en los 266.000 kilómetros cuadrados del territorio en litigio.

La desgracia la lanzó al estrellato

Fue ahí, en ese ambiente de reuniones a escondidas bajo banderas del Polisario cosidas a mano y carreras delante de las Fuerzas de Seguridad en el campus, donde Sultana dejó su ojo derecho. La desgracia la lanzó a una especie de estrellato y acabó casi convertida en una nueva Aminatu Haidar, la más conocida -y premiada a nivel internacional- de las activistas saharauis.

Sultana Jaya ve el mundo con el ojo que le queda, el izquierdo. «Esto no es nada comparado con el sufrimiento de mi pueblo», afirma

Así contó Jaya en 2007 a este corresponsal cómo se quedó tuerta. «Uno de ellos me pegaba con la porra en la cara. Noté que se me había caído el ojo derecho y escuchaba cómo otro policía animaba a su compañero a seguir con el izquierdo». «Cuando llegué a comisaría siguió la tortura. Estaba casi desnuda en el suelo, sobre mis vómitos y mi sangre. Después me llevaron al hospital y siguieron pegándome delante de otros enfermos. Al final me llevaron a una habitación sola. Me tiraron del pelo y me obligaron a patadas a recoger con la lengua mi sangre y mis vómitos. No puedo olvidar a los gatos que también se los comían». La Justicia marroquí la condenó a ocho meses.

¿Y no ha estado usted en Gdeim Izik?

La activista ha viajado desde entonces por toda España, Suecia, Colombia, Noruega, Portugal, Argelia o Francia. Esta semana ha estado en Canarias y hoy domingo tiene previsto llegar a Italia. ¿Y no ha estado usted en Gdeim Izik? «No me dejaron entrar», responde. Gdeim Izik es el campamento a las afueras de El Aaiún, en el que unas 20.000 personas reclamaban el derecho a vivir mejor. Su desmantelamiento, alegando que había sido tomado por una banda de malhechores, ha sembrado la violencia y el odio desatado. La ciudad cuenta sus muertos y nadie se atreve a decir cuánto tiempo tardarán en cicatrizar las heridas de los disturbios y enfrentamientos, en algunos casos, entre vecinos del mismo barrio.

Se trataba de una protesta pacífica pero que acabó enervando al reino alauí, que no logró llevar a buen puerto las negociaciones para desactivarla y acabó imponiéndose manu militari solo unas horas antes de que se retomaran las conversaciones con el Frente Polisario en Nueva York.

Activistas famosos en la retaguardia

Pero al frente de Gdeim Izik no solo no estaba Sultana Jaya. Tampoco estaba Aminatu Haidar, ni otros célebres activistas cuyos nombres se hicieron famosos en la denominada Intifada de 2005 como Hmad Hammad, Sidi Mohamed Dadach, Ali Salem Tamek, Mohamed Mutawakil, Brahim Dahane, Husein Lidri, Larbi Messaud o Galia Eljimi. ¿Dónde estaban? Se preguntaban muchos de los que llamaban a El Aaiún para interesarse por Gdeim Izik y comprobaban que ninguno de ellos figuraba entre el comité que llevaba las riendas de la protesta. En la retaguardia, lejos del foco informativo, pero siguiendo de cerca los movimientos de otros saharauis que se encargaron de organizar la mayor protesta de este pueblo desde que la potencia colonial española se fuera entre finales de 1975 y principios de 1976.

«No he querido ir al campamento para no dar el pretexto al régimen sanguinario de intervenir contra gente que reclama sus derechos. A pesar de todo, lo ha hecho», se lamenta Haidar

«Los verdaderos protagonistas (de Gdeim Izik) son los ciudadanos anónimos y normales del Sahara, no es sólo la causa de alguien conocido por muchos como Aminatu», piensa Jaya. «En el campamento había activistas, pero eran personas no nombres».

Como ella, Aminatu Haidar está también muy a menudo de viaje, aunque parte del tiempo lo dedica a recibir la atención médica a la que, según explican, no tiene acceso en El Aaiún. Mientras se elaboraba este reportaje la activista ha viajado entre Lisboa, Madrid y Las Palmas. El martes estará en Bruselas. Sus palabras resuenan como amplificadas por un altavoz especialmente a partir de aquel incidente, que la mantuvo un mes en huelga de hambre hasta que logró que la dejaran volver a su casa. «Marruecos alimenta una guerra civil entre civiles marroquíes y saharauis», dice, firme.

El pretexto del régimen sanguinario

«No he querido ir (al campamento) para no dar el pretexto al régimen sanguinario de intervenir contra gente que reclamaba sus derechos legítimos. A pesar de todo, han intervenido», se lamenta Haidar, con un curriculum repleto de detenciones, encarcelamientos y palizas al igual que los activistas más conocidos. «Esta no es la causa de Aminatu Haidar, es la causa nacional de todos. Algunos nos hemos hecho conocidos, pero hay otros que son líderes y no son tan conocidos».

La activista se indigna por la falta de interés en el mundo por lo que sucede en la ex colonia española. «Es imperdonable que haya una absoluta complicidad de la comunidad internacional con el régimen marroquí». «Lo que está ocurriendo es una masacre en presencia de la Minurso», la Misión de la ONU desplegada en el territorio desde hace dos décadas. «Me quedo sin palabras –añade- al ver cómo la UE otorga un estatuto avanzado» a Marruecos.

«Una protesta muy bien pensada»

En términos parecidos se expresa Hmad Hammad, que estos días recibe tratamiento médico en Badajoz. «La comunidad internacional no interviene. Tiene que protegernos», dice este activista nacido en 1960 antiguo secretario del Ministerio del Interior marroquí Hammad da a entender que aunque Gdeim Izik nació como protesta social, el trasfondo político siempre está presente. «Esos 20.000 hombres acampados son un mensaje a la comunidad internacional, una protesta muy bien pensada».

Dos de los integrantes de aquella cúpula a la que Marruecos acusó de ser la cabeza pensante de la Intifada de 2005 están en la cárcel de Salé junto a Rabat. Son Brahim Dahane y Ali Salem Tamek, que forman parte del conocido como «Grupo de los 7», al que están juzgando por haber viajado en 2009 a los campamentos de refugiados de Tinduf (Argelia). La última aparición pública en Marruecos de Haidar fue para apoyarles el pasado 15 de octubre en Casablanca. Otros, como Galia Eljimi, también asistieron al tribunal. Ya de regreso a El Aaiún, la casa de esta activista fue registrada de arriba abajo por varios agentes que buscaban a los extranjeros que han logrado colarse en la ciudad para tratar de contar al mundo.