El primer ministro japonés, Shinzo Abe, en el Monumento a la Paz de Hiroshima
El primer ministro japonés, Shinzo Abe, en el Monumento a la Paz de Hiroshima - efe

Hiroshima, la ciudad mártir clama por el fin del arma nuclear

Con abucheos al primer ministro japonés, el aniversario de la primera bomba atómica se convierte en un multitudinario alegato por la paz

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Hacía una década que Emiko Okada, una superviviente de la bomba atómica de Hiroshima, no acudía a las ceremonias por su aniversario. Aunque ayer regresó porque se cumplían setenta años de aquella tragedia, el motivo de su ausencia es que «cada vez viene más gente a hacer ruido y los «hibakusha» (como se denomina a los supervivientes en japonés) queremos que sea un día tranquilo para recordar a los seres queridos que perdimos».

En el caso de Emiko, que tenía 8 años cuando cayó la bomba lanzada por Estados Unidos para forzar la rendición de Japón en la Segunda Guerra Mundial, se trata de su hermana Mieko, que era cuatro años mayor que ella y cuyos restos jamás se encontraron. Como otros muchos miles de víctimas, su cuerpo se volatilizó y, para honrarla, ni siquiera tiene unas cenizas como las que se almacenan en el Montículo del Recuerdo del Parque de la Paz, que pertenecen a los fallecidos que fueron incinerados sin que nadie hubiera reclamado sus cadáveres porque sus familiares también habían perecido.

A Emiko Okada, que aparece en el documental «Atomic mom» de MT Silvia, no le gusta que estos días vengan a manifestarse a Hiroshima grupos ultranacionalistas de la extrema derecha en una ceremonia por las víctimas cada vez más politizada, en ambos bandos. Enfrentados a ellos figuran los colectivos pacifistas y ecologistas que critican el resurgir militar impulsado por el primer ministro, Shinzo Abe, y su plan para reconectar los reactores nucleares, apagados desde el tsunami de 2011 y posterior accidente en la central de Fukushima.

De Hiroshima a Fukushima, pasando por Nagasaki, Japón ha sufrido tanto los efectos de la radiactividad que las ceremonias por el aniversario de la primera bomba atómica se han convertido en un alegato por la paz y, de paso, contra la energía nuclear.

Parque de la Paz

Un año más, esta emotiva ceremonia, celebrada en el Parque de la Paz, pidió ayer el fin de las armas nucleares. Antes de que la multitud guardara un minuto de silencio mientras sonaba el tañido de una campana, el alcalde de Hiroshima, Kazumi Matsui, recordó que «en nuestro mundo hay más de 15.000 armas nucleares». Para acabar con esta amenaza, invitó al presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y a otros políticos «a venir a las ciudades bombardeadas y escuchar a los “hibakusha” para conocer la realidad de las armas atómicas».

A sus espaldas, entre la bandada de palomas liberada para simbolizar la paz, dicha realidad emergía fantasmagórica entre las ruinas de la cúpula del Pabellón de Congresos de Hiroshima, el único edificio del centro de la ciudad que no quedó totalmente destruido por «Little Boy» («Niño Pequeño»), como los americanos apodaron al devastador artefacto arrojado desde el bombardero «Enola Gay» a las 8.15 de la mañana de aquel trágico 6 de agosto de 1945.

De los 350.000 habitantes que tenía entonces Hiroshima, se calcula que ese día murieron unos 80.000, así como otros 60.000 en los meses siguientes. A dicha bomba, que arrasó once kilómetros a la redonda, siguió tres días después otra sobre Nagasaki, apodada «Fat Man» («Hombre Gordo»), que mató a entre 40.000 y 70.000 de sus 270.000 habitantes.

En memoria de todos ellos, el alcalde y otras personalidades llevaron a cabo una ofrenda floral ante el cenotafio que preside el Parque de la Paz, donde se presentó el registro con los nombres de los 5.359 supervivientes fallecidos en el último año. En total, ya suman casi 300.000, mientras que aún quedan más de 183.000 «hibakusha» vivos, cuya edad media es de 80 años.

«Como Japón ha sufrido la guerra y la bomba atómica, nos esforzaremos por conseguir un mundo sin armas nucleares de forma práctica y realista», prometió el primer ministro Shinzo Abe, quien increpado por algunos asistentes a la ceremonia pacifista por su ambigüedad ante una sociedad cada vez más polarizada ante las futuras opciones militares del país.