Willy Brandt se arrodilla frente al monumento dedicado a las víctimas del gueto de Varsovia
Willy Brandt se arrodilla frente al monumento dedicado a las víctimas del gueto de Varsovia - afp
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Alemania después de la Segunda Guerra Mundial: las ruinas de la catástrofe

Durante un acto celebrado este viernes en el Bundestag, la canciller Angela Merkel conmemoró el final del conflicto

julio tovar / silvia nieto
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Berlín recordó este viernes la tragedia del nazismo en el Bundestag. El edificio, sede de la cámara baja alemana, se eleva sobre los restos del antiguo Reichstag, destruido durante la Segunda Guerra Mundial. Su cúpula transparente, de cristal, diseñada por el arquitecto Norman Foster, simboliza la reunificación de Alemania en 1990. Allí se encontraron este viernes Angela Merkel y el presidente del país, Joachim Glück, para conmemorar el setenta aniversario del final del conflicto. El discurso corrió a cargo del historiador Heinrich August Winkler, quien afirmó que «no hay ninguna justificación moral para no mantener vivo el recuerdo atroz de esos hechos atroces, ni tampoco olvidar las obligaciones morales que se desprenden de ellos». La nación germana todavía paga el precio del delirio nacionalsocialista, el cual llevó a que algunos autores, como el ensayista exiliado Sebastian Haffner, llegaran a pedir el «asesinato» de todos los altos cargos nazis o su uso como fuerza de trabajo internacional.

Berlín en ruinas

Tony Judt, el desaparecido historiador británico, tenía el humor ácido. Quizá por eso sabía encontrarlo en el pasado. En el primer capítulo de su obra clave, «Postguerra», recuerda la frase que los alemanes intercambiaban días antes del final de la Segunda Guerra Mundial: «disfruta de la guerra, porque la paz será terrible». Precisión teutona: no se equivocaban. Según los cálculos, más de 87.000 mujeres fueron violadas tras la entrada de las tropas del Ejército Rojo en Berlín. El verano de 1945, los cadáveres se apilaban en sus calles, y la putrefacción de los cuerpos comprometía la salubridad. El hambre hacía estragos. Entre los escombros de la capital del nazismo, 53.000 críos perdidos padecían las consecuencias de un sueño criminal. Ese mes de julio, cientos de ellos perecieron por disentería, ya que los sistemas de depuración de agua estaban destrozados.

George Kennan, el diplomático estadounidense, aclamó esa ciudad fantasma que era el Berlín de la postguerra: «¡Qué ruinas! De repente había una quietud, una belleza, un sentido del infinito y tristeza elegíaca que nunca había experimentado. La guerra, claro, estaba reciente y el aire susurraba muerte y nada más». Roberto Rossellini, el director de cine italiano, también reflexionó sobre ello en su filme de 1948, «Alemania, año cero». Allí recogió una capital sumida en la miseria, que pasó de ser la ciudad opulenta del Tercer Reich, que se pretendió capital europea, a una urbe miserable, poblada por ruinas. El inicio del film es muy claro: «Aquí viven tres millones y medio de personas una existencia terrible, desesperada, sin darse cuenta. Viven la tragedia de manera natural, no por su fuerza o fe, sino por el cansancio que les provoca».

El viacrucis alemán

Hitler se voló la cabeza en su búnker un 30 de abril. El 8 de mayo, un Tercer Reich en ruinas aceptó la capitulación sin condiciones impuesta por las naciones aliadas. Entonces empezó el drama de los desplazamientos. Nadie quería alemanes en sus territorios y terminada la guerra, los germanos del este de Europa sabían que su futuro era incierto. Muchos niños, como muestra la reciente película «Wolfskinder» de Rick Ostermann, vagaron por los campos de combate orientales, mientras otros fueron adoptados por familias eslavas con una nueva identidad.

El odio a los alemanes era especialmente pronunciado en Checoslovaquia, donde todavía recordaban con rabia la anexión de una de sus regiones, los Sudetes, realizada por Hitler en octubre de 1938. Francia y Reino Unido habían presenciado la función de brazos cruzados. Pero con el nazismo derrotado, los checos exigieron una venganza que nadie cuestionó. Un total de tres millones de germanos fueron expulsados del país entre 1945 y 1946. Alrededor de 267.000 de ellos murieron en la empresa.

El fallecido escritor alemán Günter Grass, nacido en 1927, conocía bien esta experiencia. En «Pelando la cebolla» —sus polémicas memorias, donde confesó su adhesión al nazismo durante la juventud—, recuerda los «refugiados y expulsados de la Prusia oriental, Silesia, Pomerania, los Sudetes y mi ciudad natal de Danzig, y además soldados de todas las armas y grados, bombardeados y evacuados, millones de personas que se buscaban mutuamente». En muchos casos sin posibilidad de encontrarse.

Esta dramática situación alarmó algunas voces del bando vencedor, que no dudaron en criticarla. En un artículo de octubre de 1946, el diario estadounidense «The New York Times» sentenciaba que nadie que hubiera presenciado ese horror podía «dudar de que se trata de un crimen contra la humanidad por el que la historia exigirá un terrible castigo».

Desnazificar Alemania

Tras el final del conflicto mundial, Alemania quedó dividida en cuatro zonas de ocupación, gestionadas por cada una por las potencias vencedoras: la estadounidense, la soviética, la inglesa y la francesa. Una tras otra vivieron la desnazificación. Esta iniciativa buscaba extirpar el nacionalsocialismo del pueblo germano. En 1946 se creó el Comité de Control de los Aliados, encargado de dirigir este proceso. Así quedaron establecidas cinco categorías, de criminales mayores —altos cargos del partido nazi, acusados de genocidio— a simples seguidores, a los que se les limitaba la salida del país, el empleo o los derechos políticos. Si tras las derrota la sociedad germana afirmaba que «el nazismo había sido una buena idea mal aplicada», en los años 50 la mayoría tenía mala opinión de Hitler, según recoge Tony Judt.

Como dijo ayer el historiador Heinrich August Winkler, Alemania aún tiene obligaciones morales por lo que sucedió entre 1933 y 1945. Sin ir más lejos, el país todavía paga indemnizaciones a las víctimas del Holocausto. Pero la nación germana también ha sabido pedir perdón.

Ahora que se conmemora el setenta aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial, quizá es el momento para recordar el gesto de Willy Brandt el 7 de diciembre de 1970. Ese día, el que fuera canciller de la República Federal de Alemania entre 1969 y 1974, se arrodilló ante el monumento de las víctimas judías del levantamiento del gueto de Varsovia. Un gesto por el cual todavía es recordado, y que coronó con su frase el Congreso de la Internacional Socialista en el mismo Berlín, en 1992: «Permitir una injusticia significa abrir el camino a todas las que siguen».